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Sin poder olvidarnos de la Covid-19, una segunda enfermedad viral, en este caso con nombre de simio, parece extenderse sin control ni remedio por ... todo el mundo, ante la mirada atónita de una sociedad que asiste incrédula a otro episodio 'epidémico' de origen animal. ¿Qué está pasando? ¿Se han conjurado algunos virus animales para amargarnos la existencia en esta fase del siglo XXI?
Desafortunadamente, la respuesta es que no. Simplemente, asistimos a una demostración más de un hecho que debemos asumir, nos guste o no. Que todas las especies que habitamos el planeta compartimos casi todo, incluyendo nuestra salud. Porque, a pesar de que algunos virus o bacterias sean exclusivamente nuestros, más de un 60% de los que nos infectan proceden de los animales –zoonosis–, y estos saltos interespecie de virus y bacterias se han producido siempre, y seguirán produciéndose.
Pero vayamos por partes, porque nada tiene que ver el virus de la viruela de los simios con, por ejemplo, el SARS-CoV-2, agente causal de la Covid-19. Descrito por vez primera en 1958 a partir de muestras analizadas en una colonia de simios de experimentación procedentes de África, no son estos animales precisamente los que mantienen el virus en la naturaleza, al menos en exclusiva. Ese papel, parecen desempeñarlo pequeños roedores africanos, encargados de contactar esporádicamente con otras especies, como los propios monos o nosotros mismos, hasta ahora, casi siempre en zonas de África central y oriental. El primer caso humano descrito data de 1970, y hasta la presentación del brote actual, las descripciones del virus fuera de este continente podrían contarse con los dedos de una mano.
Es lógico preguntarse entonces cómo ha podido transmitirse esta vez por todo el mundo –a finales de agosto rebasamos los 50.000 casos descritos–. Es plausible atribuir lo que está sucediendo a lo mismo que hemos observado en otras infecciones en las últimas décadas. La facilidad de movimientos de las personas y mercancías, todo lo que conlleva la globalización, que posibilita el acceso de las personas a sitios antaño remotos, todo ello incrementa las posibilidades de generación de este tipo de eventos. En España, en la última década se ha descrito la presencia de personas infectadas con la enfermedad del Nilo o la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, desconocidas anteriormente. Y es que, si a la globalización unimos el cambio climático, que, por ejemplo, facilita la supervivencia de vectores como mosquitos y garrapatas que antes no soportaban los rudos inviernos, y que participan en la transmisión de estas infecciones, tenemos el cóctel perfecto.
Afortunadamente, la viruela del mono no se transmite tan fácilmente como laCovid-19. Requiere de un contacto directo con personas afectadas que estén manifestando los síntomas. Tampoco es una enfermedad de transmisión sexual, como algunas personas creen erróneamente. El contacto con las secreciones y excreciones de una persona infectada, o con su ropa, puede generar nuevas infecciones, lo cual puede facilitarse durante las relaciones sexuales, pero no exclusivamente durante las mismas. Pero seamos realistas. La evolución de esta nueva epidemia no nos hace ser optimistas en referencia a su pronta finalización, pues lo cierto es que no hemos sido capaces de cortar la transmisión de la infección en las fases iniciales, y los números actuales no creo que permitan plantearnos ya ese objetivo a corto plazo.
Independientemente de ello, debemos evitar a toda costa que el virus llegue a determinadas especies de roedores o pequeños mamíferos que convivan en nuestro entorno y que pudieran mantenerlo en la naturaleza, tal y como sucede en África. Mientras eso no suceda, y solo circule entre las personas, el objetivo de la erradicación en nuestro entorno estará justificado. Pero si el virus logra contactar y establecer algún reservorio animal silvestre, nos dirigiremos casi ineludiblemente a una situación endémica como la que acontece en el continente africano. Por eso, si tenemos la viruela del mono, hay que evitar el contacto con nuestras mascotas, cuya infección, ya demostrada, aunque no ponga en peligro su vida, incrementa la probabilidad del virus de transmitirse a otras especies silvestres. Hay que mantenerlas en cuarentena, contactando con los profesionales ante cualquier duda.
Gripe aviar, gripe porcina, Covid-19, virus del Nilo Oeste, viruela de los monos...como antes fueron el sida, la tuberculosis, la brucelosis (fiebres de Malta), la peste y tantas otras infecciones procedentes de los animales...un mundo, una salud, dicen los expertos.
Sin ir más lejos, hace unas semanas, recibíamos noticias de un nuevo virus que parece haber emprendido el mismo camino en China, Langya lo llaman. De momento, no parece que debamos preocuparnos, pero... los antecedentes deberían hacernos ser precavidos.
Solo podemos trabajar en la prevención, en el diagnóstico temprano y en la vigilancia, con el objetivo de actuar lo más rápido y eficazmente posible cada vez que tengamos algún encuentro fortuito con alguno de estos diminutos microorganismos con los que compartimos nuestro día a día.
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