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Ante la muerte, como ante la vida, el cómo importa más que el qué. No somos (ni dejamos de ser) en tanto qué somos (o ... no), sino en tanto cómo somos (y dejamos de ser). Por eso, aunque como hiciera Epicuro, la muerte podría definirse como la ausencia de vida y, por tanto, de toda sensación, no nos resulta indiferente el modo en que transitamos de una orilla a otra de la laguna Estigia. «Una buena muerte honra toda la vida», escribió Petrarca en el siglo XIV, sabio adagio plenamente vigente setecientos años después.
Esto mismo nos sugiere la investigación desarrollada por Fernando Ignacio Sánchez, investigador responsable del Grupo de Trabajo en Economía de la Salud (GTES) de la Universidad de Murcia. El profesor Sánchez ha estudiado cómo valora la población las ganancias de salud -ya sean en cantidad o en calidad- en las postrimerías de la vida. Su trabajo arroja dos resultados muy relevantes: primero, una misma ganancia de salud es más valorada por la sociedad cuando tiene lugar al final de la vida que en otro momento; segundo, en esas situaciones se valora más intensamente una mejora en la calidad de vida que un aumento de la supervivencia equivalente, lo cual realza el valor que atribuimos a recibir cuidados paliativos en la fase terminal de la enfermedad.
De estas conclusiones se infiere que podría estar justificado que el financiador público pagase más por un mismo resultado en salud si este se produce al final de la vida. Dicho de otro modo, que la disposición social a pagar por una misma ganancia en salud fuese mayor para los tratamientos al final de la vida que para el resto. Obviamente, cabe la existencia de otras situaciones 'especiales', como podría ser la rareza de la enfermedad o la ausencia de tratamiento alternativo, que también podrían legitimar a los ojos de la sociedad el pago de un mayor precio por unidad de resultado. Precisamente el contraste de esta hipótesis forma parte de un proyecto en curso del citado grupo de investigación al que pertenece el profesor Sánchez, el profesor Jorge Eduardo Martínez y un servidor.
El impacto de los cuidados paliativos va más allá de lo que reflejan las medidas convencionales de calidad de vida, incapaces de capturar apropiadamente el bienestar psicológico, emocional e incluso espiritual que este servicio asistencial proporciona a pacientes y cuidadores. Recordemos, a estos efectos, que la salud no es un estado binario que podamos identificar meramente con 'la ausencia de afecciones o enfermedades', sino 'un estado de completo bienestar físico, mental y social', tal y como lo define la Organización Mundial de la Salud. Los cuidados paliativos producen, por tanto, salud (y aún más, dignidad), aun cuando no ofrezcan curación.
La forma de abordar los cuidados paliativos en la Región de Murcia se establece en el Plan Integral de Cuidados Paliativos en el Servicio Murciano de Salud (SMS), iniciado en abril de 2007. Dicho Plan define un modelo organizativo integral, incluyendo equipos multidisciplinares tanto de atención primaria como especializada, que deben colaborar de forma coordinada y continuada en la prestación de los cuidados paliativos, apoyando a la familia, como cuidadora del paciente, y reconociendo el domicilio como el lugar más apropiado para su atención en fase terminal. La evidencia proveniente de otros sistemas sanitarios apunta a que este modelo organizativo ahorra costes frente a la alternativa estándar de atención en hospitales de agudos o en UCI y, presumiblemente, también genera mejores resultados (mayor bienestar), en la medida que la preferencia del paciente sea recibir la atención paliativa en su domicilio. Estos cuidados son, pues, coste-efectivos frente a la alternativa de su inexistencia.
En consecuencia, bien haría la administración autonómica en fortalecer los recursos del programa de cuidados paliativos de la Región de Murcia, al objeto de garantizar la mayor equidad posible en el acceso a los mismos. Me consta la ímproba labor de los profesionales involucrados en su prestación en el SMS, pese a hallarse completamente desbordados. No es este un servicio subsidiario de los tratamientos potencialmente curativos, sino complementario a estos, razón por la cual ambas modalidades asistenciales deben juzgarse en pie de igualdad.
Una implicación del juramento hipocrático al que se deben los médicos es el principio del 'primum non nocere' (lo primero es no hacer daño). Los cuidados paliativos son epítome de esta máxima, en las antípodas de la iatrogenia, o daño causado por la asistencia sanitaria. Las fuentes de este daño son variadas, abarcando desde problemas relacionados con los medicamentos, pasando por infecciones nosocomiales hasta, el daño más cruento, la realización de pruebas e intervenciones invasivas pese a carecer de sentido. Tengamos presente, por tanto, que no siempre más sanidad es sinónimo de mejor sanidad. El tamaño importa, pero aún más su composición, entre la cual los cuidados paliativos son imprescindibles.
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