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Para cuando nos gobierne la certeza de que la democracia es un fraude, ya nos han advertido que los populismos son las únicas alternativas elegibles. ... Lo cierto es que multitud de estudios demuestran que el votante medio está desinformado, que los índices de participación no paran de bajar y que los partidos políticos son considerados las instituciones más corruptas del planeta.
La democracia no ha sido capaz de acabar con la pobreza y la corrupción, ni mantener separados los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Tampoco ha sido capaz de empoderar a las clases medias o bajas, ni facilitar el ascenso social. Sin embargo, sí ha sido capaz de producir votantes melancólicamente desconfiados como usted o como yo, o mandatarios pornográficamente confiados como Trump, Johnson o Bolsonaro. No hablaré de los que han de llegar por estos lares, pues las piras ya están repletas de leña.
Pero qué paradoja, qué fundamentalismo electoralista: despreciamos a los elegidos pero idolatramos las elecciones. La gente se siente bien votando porque se ha creído que así puede cambiar las cosas. Podemos votar, pero hay trampa. Las élites, a través de los partidos, habrán secuestrado todas las opciones y los votantes terminan siendo víctimas de sus escogidos. Decía Herbert Spencer que un hombre no es menos esclavo porque se le permita elegir un nuevo amo en el plazo de unos años.
Jason Brennan, en su ensayo 'Contra la Democracia', establece tres grupos de votantes. Llama 'hobbits' a los desinformados apáticos y con bajo nivel de participación; 'hooligans' a los fanáticos que buscan solo la información que justifica sus opiniones y piensan que los demás están equivocados o incluso que son perversos; y vulcanianos a los pocos que están bien informados, racionales y que son capaces de cambiar de opinión con sentido lógico. El problema es que la inmensa mayoría de los votantes son 'hobbits' y 'hooligans'.
Se precisa una visión instrumental: no repetir lo que no funciona. ¿Qué nos queda, pues? Tal vez algún experimento epistocrático en el que los ciudadanos mejor informados tengan más poder político, con el objetivo de que haya menos perjuicio para las mayorías y más justicia para todos, sobre todo para los más frágiles. No hablo de despotismo ilustrado sino de sufragio restringido: que los ciudadanos se ganen la licencia de votantes durante un tiempo tras un examen básico de conocimiento político, algo elemental sobre ética, ecología, economía básica, ciencias sociales.
¿O por qué no un sorteo? O tal vez una combinación de ambos: un sufragio universal y luego un veto: que los candidatos ganadores fueran seleccionados por un consejo de sabios que estudiaran sus trayectorias y conocimientos para prever su moralidad y su capacidad. Esto facultaría una transición política. Que la democracia se encargara de mantener una epistocracia que nos otorgara un poder superior al del voto: el de ser gobernados por personas que cumplieran las reglas del juego. No es ciencia ficción: ha sucedido ya con éxito en prácticas deliberativas en países como Islandia y Canadá, o en ayuntamientos como el de Utrecht.
Decir que todos no estamos igual de preparados para un oficio solo resulta impopular en política. Para salvar su vida en el quirófano, ¿se pondría usted en manos de un mecánico de coches? ¿Tan injusto es no poder votar si no te has interesado por comprender la política? ¿Es más justo que la gente vote a unas cuantas opciones amañadas que resultarán desastrosas para todos?
La democracia es antigua, pero los partidos son hijastros del siglo XIX. Pronto aprendieron a gestionar las elecciones como argucia de agitación para vender las opciones de los suyos. En Atenas, los cargos caducaban en un año y no era posible la reelección; existían asambleas con cientos de personas elegidas por sorteo. No sé si lo de Grecia será historia o mitología, pero yo votaría por Aristóteles. Ironías aparte, cualquier matemático y todos los filósofos les dirán que la probabilidad de encontrar un político honrado es mayor si muestreas al azar entre la población general que entre la clase política profesional.
Los partidos no están ni en la verdad ni en la necesidad. Están en el poder a través de un espectáculo electoral. Han perfumado la democracia con ideología para ocultar la pestilencia de su cinismo. Peor aún, han logrado estigmatizar el librepensamiento y la disidencia. Dice un proverbio francés que quien quiere ahogar a su perro lo acusa de rabia. Nos falta por ver qué harían los acostumbrados estadistas frente a un sistema político de personas solidarias, éticamente responsables, vigilantes e inteligentes. Más allá de las libertades injustas, las fraternidades fraudulentas o las igualdades imposibles, este podría ser el truco para un progresismo práctico: la honradez inteligente siempre fue un enigma para cualquier sociópata.
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