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Me crie en un barrio humilde. Eran otros tiempos y la violencia física no estaba tan mal vista. En la calle tuve que vérmelas con ... gentecilla de toda índole y para probar mi entereza, pelear y sangrar de vez en cuando. Las disputas a empujones y zancadillas eran lo más frecuente; se medían la fuerza, el coraje y la destreza dentro de ciertos cánones estilísticos. Aprendí que, al final, siempre ganaba el que estuviera dispuesto a llegar más lejos: un puñetazo certero en la nariz, una patada entre las piernas, una pedrada en la cabeza. Aprendí también a evitar a ciertos tipos con navaja. De familias desestructuradas, su pendencia no era opcional como la nuestra, sino una necesidad inexorable. La experiencia me llevó a una especie de astucia primordial en la observación de la caracteriología masculina, entre otras habilidades menos intelectuales que no detallaré aquí.
Comprendo ahora, sin sorpresa, que los burócratas europeos no parecen haberse peleado jamás a hostia limpia, pues su incompetencia antropológica solo parece comparable a su candor y supongo que a su corruptibilidad. Me refiero a no haber previsto la personalidad e intenciones del principal matón de las calles globales del siglo XXI. Un tipo, Putin, que encaja en la clasificación de Claudio Naranjo a través del Eneatipo 8 en su faceta más extrema: una personalidad despreciativa y arrogante, con autoestima hipertrofiada, que se mueve por instinto, obsesionado con el control y siempre vigilante a la traición; que no suele permitir que se cuestione la validez de sus pretensiones y que será el primero en golpear alegando legítima defensa, pues en el mundo solo sobreviven los fuertes. Un líder por obra y gracia del miedo y el castigo, siempre rodeado de indulgencia con sus manejos, mentiras y atrocidades.
A menudo, este carácter se forja por una infancia inconsolable. Putin es hijo de un antiguo oficial de la Marina Soviética que durante la II Guerra Mundial quedó discapacitado por una granada. Su madre casi muere de hambre y sus dos hermanos mayores fallecieron, uno a los pocos meses de nacer y el otro de difteria durante el asedio de Leningrado. Supongo que el mundo le falló y él decidió ser fuerte, independiente y desconfiado. El resto sería vengarse de una infancia en la que no pudo completarse como ser humano.
Pero alguien que ya en 1975 era director de la KGB y que no ha permitido en décadas que nadie lo aparte del poder absoluto en Rusia, no es alguien a quien se deba ignorar. Mucho menos alguien a quien hacer la pelota. Quiero recordar que en 2007 la revista 'Time' le nombró 'Personaje del Año' y que a lo largo de su carrera ha sido nominado tres veces al Premio Nobel de la Paz. O no lo han visto venir, o es que no verlo ha sido un buen negocio. A él, supongo, le habrá fascinado. Dice Miguel Delibes que a los mayores tiranos siempre les gustó tener fama de libertadores.
No lo frenaremos con sanciones o descalificaciones. Ha ganado sus peleas porque siempre anda dispuesto a llegar más lejos. Sus códigos no están legislados, pero sí descritos en los tratados de zoología. A los occidentales nos desprecia por acomodados y cobardes: no entenderá nada que no sea por la fuerza. En el caso de Ucrania, como discapacitado emocional, ha cometido un error al no pulsar las preferencias afectivas del pueblo invadido. Pero no importa: si no lo quieren, el mejor ucraniano será el ucraniano muerto. Zelenski lo sabe bien y por eso ha dicho a los israelíes que «puedes navegar entre intereses, pero no puedes navegar entre el bien y el mal».
Imaginen a uno de esos maltratadores de la TV. Pónganle en el sótano un arsenal de armas para vengarse de la exmujer, de psicólogas forenses, jueces, fiscales, feministas y sanchipodemitas. Pues eso es Putin en Europa, pero sin fantasías.
Ignoro hasta dónde llegará, pero la pelea es inevitable y los europeos debemos asumirla, con lo que conlleva de incertidumbre. Lástima que los rusos ya la preparaban mientras nosotros perseguíamos a Snorlax en Pokemon Go. Supongo que Putin necesita recuperar el 'respeto' perdido al gran linaje soviético y en su sofismo supremacista, disfrutar sádicamente de la campaña de pulverización del enemigo. Creo que muchos rusos se arruinarán por generaciones y acabarán abominando del patriota. Pero va a morir tanta gente que mucha gente reaccionará. Sin ser un consuelo, lo que Putin no podrá conocer, esencialmente, será la grandeza de la misericordia o el buen dormir de la confianza. Bien lo señala Houellebecq: «Si agredes al mundo con suficiente violencia, él te acaba escupiendo su cochina pasta; pero nunca, nunca te devuelve la alegría».
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