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'Suecia, infierno y paraíso' es un libro escrito en 1973 por un periodista italiano casado con una sueca, en el que volcaba todas las ... cosas que le llamaban la atención del país nórdico en comparación con su cultura mediterránea y su país de origen. Yo lo leí años más tarde, en plena transición democrática, cuando la igualdad entre hombres y mujeres era un ideal en España, una entelequia.
De entre todos aquellos relatos recuerdo la reclamación de una mujer ante una especie de Observatorio de la Igualdad, porque a ella le tocaba conducir el coche más pequeño de los dos que tenía el matrimonio. Aquello me pareció una frivolidad, máxime desde una España en la que la nómina de una mujer se ingresaba en una cuenta cuyo titular tenía que ser el marido o ser autorizada por este para viajar al extranjero. Esa misma sensación la he tenido cincuenta años más tarde, al oír a la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, autodefinirse como víctima de una situación de machismo por el comentario de un periodista: «Cada día estás más guapa».
La banalización del machismo, «una de las principales causas, junto a la educación, de situaciones de violencia contra la mujer», distorsiona la gravedad del problema, amén de perjudicar al feminismo serio y riguroso, por el rechazo que provocan hacia el movimiento en general estas declaraciones ridículas o desmesuradas, que ven machismo incluso en el simple gesto de ceder el paso por deferencia, respeto o educación.
Otro fenómeno perjudicial es la patrimonialización del feminismo. Para que te reconozcan como feminista en este país tienes que ser de izquierdas y defender el aborto. Pero, mal que les pese a muchas, feministas somos todas las que creemos en la igualdad de hombres y mujeres; las que nos hemos pasado la vida trabajando dentro y fuera de casa, demostrando que somos tan capaces como los hombres; las que no se rindieron y tuvieron la valentía y el coraje de penetrar y abrir caminos en un mundo de hombres, como lo fue en sus inicios la propia universidad o las Fuerzas Armadas; incluso las que tuvieron que quedarse en casa por imponderables económicos o familiares, y no han renunciado a seguir aportando, a seguir aprendiendo, a superarse.... como se puede apreciar en las más sencillas asociaciones de mujeres.
El cinismo y la hipocresía de que hacen gala nuestros responsables públicos son también un hándicap para que las nuevas generaciones tengan claras las cosas respecto al machismo y a la violencia de género. No hay credibilidad alguna en una clase política que no condena el 'qué' sino el 'quién', mira para otro lado cuando los 'empotradores' son de su cuerda y se rasga las vestiduras cuando los 'abusadores' son adversarios. Por ende, asistimos perplejos a una ceremonia de la confusión, en la que un beso no consentido se convierte en escándalo nacional, mientras el abuso de menores vulnerables por parte de empresarios, políticos de uno u otro signo o magistrados, no concita comparativamente la misma condena pública y parecido interés mediático. Se les hace llegar a nuestros adolescentes que 'sólo sí es sí', mientras acceden libremente al consumo temprano de pornografía, en la que la mujer es sometida con técnicas de dominación y cosificada como un mero objeto de placer. Se criminaliza, en fin, a los autores de determinadas violaciones grupales y se oculta la nacionalidad de los de otras por miedo, dicen, a la xenofobia, en lugar de dedicar tiempo y esfuerzo a exigir, como contrapartida al acogimiento de cuantos vienen de fuera, la asunción de nuestra cultura y nuestros valores, estableciendo como innegociables la igualdad entre hombres y mujeres y el rechazo a la violencia de género.
Prefieren, como nos tienen acostumbrados, las declaraciones grandilocuentes y vacías, los mensajes simplistas, en vez de actuar en el origen del problema, para lo que hacen falta más análisis serios y rigurosos y menos ocultismo y demagogia. Y abordar este y otros problemas de manera global, facilitando a la mujer las herramientas necesarias para elegir con libertad y autonomía su destino: desde el acceso al mercado laboral en plena igualdad con el hombre, hasta la protección de su derecho a la maternidad, pasando por múltiples medidas para facilitar la conciliación de su papel como mujer trabajadora y su condición de madre, sin tener que renunciar a una de ellas. Porque una mujer económicamente independiente tiene más garantías de romper amarras, ejercer su libertad de decidir y construir su autonomía.
Con todos estos mimbres, no resulta extraño que un alto porcentaje de jóvenes en nuestro país consideren la violencia machista como un invento ideológico.
Que las nuevas generaciones nieguen un problema que destruye y condiciona la vida de miles de mujeres es muy preocupante. Por eso, señora vicepresidenta, frivolidades, las justas.
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