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La pandemia está revelando una crisis muy profunda de lo verdadero y de lo justo. Tanta muerte, ruina y desesperanza en el parnaso de la ... ingeniería social y el arribismo político.
Dicen en TV que «los docentes ya se están vacunando». Quiero precisar que hablan de los profesores de Infantil, Primaria y Secundaria. La verdad oculta es que los de universidad no estamos en ningún plan de vacunación. Al parecer, algún representante de sí mismo en algún Comité de unos cuantos, estableció que no era necesario. Sin embargo, los universitarios trabajan grupalmente por laboratorios y aulas, como cualquier docente. Bastantes son responsables de proyectos de investigación y las cuarentenas suponen pérdidas económicas y de competitividad. No en vano, los ingresos que retienen las universidades por los fondos externos logrados meritoriamente por sus investigadores son considerables. Y aun así, no son considerados esenciales. El personal técnico y administrativo también trabaja en condiciones de riesgo por contagio viral.
Por añadidura, nuestra población profesional está envejecida. Están enfermando y cayendo colegas muy queridos, eminentes y necesarios; otros malviven incapaces después de salir del hospital. Mientras tanto, las aulas universitarias son un hervidero de jóvenes con la promiscuidad social que deriva de su edad, expectativas de ocio y condición hormonal. El SARS-CoV-2 resulta expeditivo en esta franja de edad. Y aun así, los universitarios no somos considerados vulnerables.
Un rector puede iluminar a su público revelando que la Universidad es el origen milagroso del Brote Cero. Los demás podemos también pensar por nosotros mismos y comprender que se trata de un brindis al sol. La verdad incómoda es que, salvo anomalías locales, no se han habilitado ni permitido mecanismos para conocer el origen de los brotes. Dice Thaleb que el «mundo académico es al conocimiento lo que la prostitución es al amor: a primera vista se parecen, pero no son exactamente lo mismo para el que no es un incauto».
Resulta caricaturesco que los que priorizan la 'vacunabilidad' de niveles preuniversitarios sean los mismos que ocuparon el espacio mediático para propagar la falacia incontestable de que las aulas eran seguras, pasándose por el arco del triunfo las advertencias publicadas en las mejores revistas científicas del mundo. Era sencillo: bastaba con un poco de pornografía de falsos expertos y mucha saturación desinformativa. Decía Napoleón que la repetición es la figura más importante de la retórica.
Supongo que como la Enseñanza es un mosaico de votos geolocalizados, los que mandan estarán haciendo sus cuentas. Interesaba la estabulación de los hijos con excusas ideológicas. Y como los universitarios somos pocos y apenas estamos sindicados, nuestro único amparo corporativo quedaba en manos de la Conferencia de Rectores (CRUE), la cual solamente publicó un tímido ruego para la vacunación del colectivo. Todo muy distinguido, sin escándalos. Como las excusas de ahora.
¿Quién podía imaginar que el nivel de flojera de nuestros rectores sería tan notorio? Desconozco si hay precedentes en la historia de la universidad española. Sin embargo, nuestra indolencia es todavía mayor. Hemos aceptado sin rechistar una discriminación fatal mientras nos envalentonamos defendiendo la autonomía y la inclusión. En la universidad, si te saltas cualquiera de los centenares de normas que brutalizan nuestra existencia, ten por seguro que alguien vendrá para estigmatizarte. Todo depende del número y terquedad de los envidiosos con cargo que tengas en tu centro. Pero si amenazan nuestra salud, nos ponemos de acuerdo en la autocensura y la derrota preventiva. La estructura se ha militarizado y todos lucimos una voluntariosa lealtad mientras digerimos mentiras institucionales como clásicos televisivos.
Igual los universitarios no necesitamos vacunas. Nos sabemos fáciles, nos sentimos prescindibles y ya parece que ni podemos concebir un futuro diferente. Cada día más incapaces para ponernos a salvo de nosotros mismos, repetimos a nuestros discípulos mantras diseñados desde tabloides curriculares. Desde luego que los muertos no se pueden contagiar. Y así preparamos a los hijos de los demás para el adocenamiento social («tendrán la sensación de que piensan y serán felices»: Ray Bradbury, 'Fahrenheit 451').
Lo que les cuento no les resultará extraño porque no hablo de la universidad, sino del país y del mundo. Nos ajustan y conforman con vueltas de tuerca. En este caso, una nueva expulsión de la democracia, otro acercamiento a la dictadura del olvido; nada que no le vaya a pasar a usted dentro de poco, en otro ámbito, por otro asunto. Pues conocen todos los trucos. El camino desde la subordinación al pasotismo se está llenando de cadáveres, pero la circulación no se detiene, salvo trombosis. Como en toda pobreza, nuestro principal enemigo es la resignación.
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