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Uno de los yacimientos más fructíferos para la publicidad se halla en las obras sublimes de la historia del arte. La marca Montblanc presentó recientemente una colección de plumas en 'homenaje' a 'El Principito', de Saint-Exupery, por el 75 aniversario de su publicación. En el plumín figura un dibujo original de esta obra, el del niño y el zorro. Fiesta de presentación en el 'rascacielos más alto de Occidente', en Nueva York. Apoyaba el evento un sobrino-nieto del autor como representante de la Fundación que conserva su legado (no sé de qué modo, como no sea el de explotar económicamente la herencia del escritor). Imaginamos el resto de asistentes al evento: magnates, financieros, vedettes de todo pelaje, artistas de cine y personajes de la moda y el 'glamour'. Hoy vemos la estilográfica anunciada a toda plana en los periódicos por el actor Hugh Jackman con el nombre de 'Montblanc Le Petit Prince'.
Esta 'profanación' viene de lejos. Recuerden los atentos lectores cómo hace años un conocido detergente anunciaba el eslogan 'Lave su ropa con Persil' a los compases, reducidos a ruin música de chichinabo, de la 'Marcha Nupcial' de Mendelssohn.
Nos indignó (pero solo mientras la noticia duró en los telediarios) que los talibanes derribaran monumentos señeros del Oriente mesopotámico, pero no levantamos una ceja con reprobación cuando una obra de considerable valor literario se envilece con fines comerciales, situándola a la misma altura que una pluma y sirviendo de sostén a lo que no deja de ser un producto, todo lo exquisito que se quiera, de fabricación industrial. Supongo que organismos como la Unesco, encargados teóricamente de salvaguardar el patrimonio mundial de la cultura, tendrían algo que decir sobre este mercadeo. Considero que obras artísticas que han alcanzado la categoría de logros excelsos del espíritu deberían estar protegidas contra las manipulaciones con que herederos, fundaciones, gobiernos y mercaderes desaprensivos atentan contra ellas.
Hace años que circulan los coches de la marca Citroën, subespecie Xara y tribu Picasso. De Pablo Picasso, que creó parte de la modernidad pictórica europea y es figura imprescindible en la historia universal del Arte. Su hija y heredera malbarató la firma asociándola a una marca de automóviles. Cuando la estupidez general, que se agudiza irreversiblemente, se asiente entre nosotros; cuando llegue el fin de la historia, como han vaticinado algunos pesimistas, y se instale el olvido, enterrado bajo toneladas de información inútil, habrá jóvenes que identificarán esta firma con un automóvil. Y cuando no quede un átomo de papel escrito y alguien quiera consultar el origen de ese signo buscará en las redes, que le devolverán millones de bits informativos referidos al automóvil en cuestión antes de que en una perdida página se entere de que corresponde a uno de los grandes pintores españoles del siglo XX.
Qué decir del saqueo sufrido por la célebre imagen de la creación del hombre realizada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, en la que de la diestra del Creador se desprenden la mano y el cuerpo de Adán, el primer hombre según la mitología hebrea. Su utilización por explotadores de todos los campos: artes gráficas, publicidad, seguros, cine... ha conseguido que una de las más bellas imágenes de todos los tiempos ande tirada por los suelos y degradada hasta extremos inconcebibles.
Salvador Dalí, con cuyo nombre se dice que el surrealista André Breton creó el anagrama 'Avida Dollars' por su excesivo apego a los caudales, aprovechó esta desnaturalización del arte al servicio del dinero. Algunos estudiosos aseguran que firmaba cuadros en blanco, tras observar que la firma era más valiosa que su propia pintura. En un famoso programa televisivo, 'Un dos tres, responda otra vez', que llenó de ruido, diversión y vodevil muchas veladas de los ochenta, llegó a rifarse, entre ulular de sirenas, frenéticos toques de campanilla y gritos de un público entregado, una tela con una calabaza llamada 'Ruperta', pintada por el artista de Cadaqués.
Recientemente, y según noticias, un fotógrafo, entiendo que desaprensivo o demasiado falto de inspiración, ha tenido la ocurrencia, que no la idea, de 'asaltar' las pinacotecas para extraer de sus cuadros figuras emblemáticas como la Mona Lisa, una bailarina de Degas y el Adán de Miguel Ángel, situándolas en fotografías de contextos extraños a su historia y sus circunstancias: la de Leonardo sentada en la primera fila de un concierto, la de Degas apoyada en la espalda de un bailarín y la de la Capilla Sixtina tumbada sobre la hierba con un vaso de bebida verde en la mano.
Basar el arte, y en ocasiones la publicidad lo es, en expoliar y malbaratar lo que otros hicieron antes es una manera de favorecer la demolición de un patrimonio con el que creadores excelsos contribuyeron al engrandecimiento y el progreso del espíritu humano.
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