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Vivimos haciendo tantos equilibrios entre la calma y la histeria que a veces uno no sabe ya a qué carta quedarse: si confiar en que ... todo va a salir bien o ponerse, definitivamente, a gritar que viene lo peor. Lo natural es creer una cosa un día y al otro la contraria, sobre todo si tenemos en cuenta el contexto contradictorio en que nos desenvolvemos: un sistema que nos anima a asumir que es normal y seguro comprometerse a pagar una vivienda durante 30 años y a la vez no se ve en condiciones de garantizar que no vayamos a tener que echar mano cualquier día de un kit de supervivencia para aguantar 72 horas por nuestros propios medios.
La concordia es hija del miedo. Eso es, a grandes rasgos, lo que andan subrayando estos días los gobernantes de los países europeos que tratan de explicarnos a los ciudadanos el motivo por el que van a emprender un superlativo incremento del gasto en defensa, después de muchos años apoyados en una certeza que parece rota: que Estados Unidos ayudaría a frenar cualquier ataque externo que pudiera sufrir la Unión Europea. Ahora, con varios miembros del Gobierno estadounidense apostando públicamente por abandonar la OTAN, son muchos los países que han echado una mirada a sus ejércitos y han creído verlos más pequeños.
Nunca hay equilibrio suficiente en un pacto para no asesinarse. Siempre se descose el traje por algún punto. Sospechamos que incluso si se pudiera crear un sistema capaz de eliminar toda amenaza antes de que se materializara, no pasaría mucho tiempo hasta que, en la ausencia prolongada de problemas, alguien planteara las primeras dudas sobre la necesidad de mantenerlo, lo que a la larga haría que la creación del sistema fuera la razón principal de su desmantelamiento.
La pérdida de la confianza en el paraguas americano apela ahora a la búsqueda de nuevas alianzas y al fortalecimiento militar con intenciones disuasorias: la vieja trampa de la guerra, que nos armamos para evitar que exista y existe porque nos hemos armado.
Pedro Sánchez ha abogado por unificar el poder militar en la Unión, un posicionamiento que comparte el expresidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, quien cree que, más pronto que tarde, tendrá que llegar el momento de dejar atrás el actual modelo de 27 ejércitos. Pero eso supondría enfrentarse a otro callejón sin salida: no puede haber ejército único sin que se produzca un profundo avance en la integración europea en una cuestión más sensible que la economía, y este debería forjarse en pleno avance de los ultranacionalismos, que ponen en duda la propia conveniencia de la UE. No pinta mal el año para los fabricantes de navajas suizas, radios, linternas y cerillas.
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