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Tengo la mala costumbre de enseñar mucho menos de lo que aprendo de los demás. No es farol, es la pura realidad. Con el tiempo ... he desarrollado un arte de la pereza intelectual que tiene resultados muy nutritivos: se basa en escuchar con un oído lo que me cuentan mientras con el otro me conecto al ambiente. Vamos, que escucho la voz y su paisaje. Quienes me conocen (ergo soportan) a veces me pillan en plena faena y suspenden la conversación con frases del tipo «Qué estarás tramando». Yo siempre demuestro que estoy muy atento a la conversación e, infantilmente, repito las últimas palabras de la misma para demostrar que no estoy tramando nada, que sigo ahí, como todo el concurrente. Nunca cuela, me han descubierto, saben que estoy a medias o menos.
Como las palabras se las lleva el viento, yo las persigo con el oído y la mente para ver hacia dónde se dirigen en su vuelo breve de mariposa verbal. Después, a los días, a los meses, nunca se sabe, mi cerebro recupera aquel momento en la forma de una especie de pintura interior, cuyo título siempre es el mismo: 'Verbo sobre paisaje abstracto'.
El siguiente paso de este método mío es el destilado crítico de esa pintura cerebral para reducirla, a la pobre, a idea y escritura. El verbo, entonces, se hace hipótesis, y la hipótesis se hace frase; el paisaje, entonces, se hace lugar, y el lugar se hace contexto espacio-temporal. Y aquí viene el momento más delicado del proceso, pues es cuando la verdad de la pintura mental puede terminar convirtiéndose en la mentira de la escritura. Y creo que este riesgo es inevitable. De hecho, creo que el destilado es siempre traición. De modo que he terminado por considerar que el nacimiento de una idea encubre siempre el sepelio de una verdad innombrable. Y no se puede hacer nada. Bueno, sí se puede hacer algo, pero perfectamente inútil, a saber, no destilar la pintura en escritura, dejarla ser pintura. Por este camino, uno recala en lugares prístinos, presocráticos, en esos espacios en donde el pensamiento podía ser forma, color y línea, esos espacios en donde hacer filosofía no consistía en ceder la verdad a la mentira del concepto. Pero no vamos a seguir por aquí el artículo, no vaya a ser que nos adentremos en profundidades, siempre habitadas por filósofos y lombrices y vaya usted a saber qué más seres subterráneos.
Sí me gustaría, no obstante, contar una historia personal completamente real que explica el origen de esta metodología para oír con un oído mientras dibujo con el otro. Lo de pensar conceptualmente lo aprendí con los años y, especialmente, en la facultad de Filosofía. Pero siempre tuve la suerte de conservar mi secreto método de pensar pictóricamente, en forma de bodegón verbal. Lo desarrollé en la infancia y fue gracias a un médico. Tenía yo unos trece años. Comencé a suspender en el colegio. El tutor le comentó a mi madre que era posible que tuviera problemas de oído. Mi madre coincidió con ese diagnóstico porque yo nunca había tenido ningún déficit de atención y, sin embargo, desde hacía un tiempo, tenía dificultades de escucha. Mi madre me llevó al otorrino. Este me puso unos auriculares y me lanzó pitos a los sesos que yo debía identificar, si podía. Tras el examen, mi madre, que ya se había resignado a recibir un diagnóstico como el de mi tutor, escuchó hablar así al médico: «Su hijo oye perfectamente. Mejor que usted y yo. Lo que le pasa es que no hace ni caso», dijo el médico molesto, por considerar que le hacíamos perder su valioso tiempo.
Ahora, al recordarlo, mi madre y yo nos reímos. Fue entonces cuando empecé a desarrollar este instinto de estar siempre a medias en el mundo, guardando su imagen en esa gran obra de arte inexistente que antes decía: 'Verbo sobre paisaje abstracto'.
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