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En el Estado comercial cerrado, Fichte desarrolló hasta sus últimas consecuencias la lógica del cierre estatal. Según él, la esfera económica debía someterse al mismo ... juego de cierre fronterizo estatal que habían sufrido las esferas del derecho y de la política. La argumentación de Fichte es perfectamente lógica –casi demasiado–: si el Estado se daba a sí mismo la ley y el orden político dentro de un territorio, debía, igualmente, darse a sí mismo el sustento, sin verse sometido a nada fuera de sí mismo que lo hiciera dependiente. Hoy en día ya se comienzan a escuchar de nuevo los ideales de autarquía, de soberanía económica frente a la globalización, por parte de ciertas ideologías.
La esfera económica, sin el control estatal, se había convertido en el terreno de la barbarie, en donde se libraba «una guerra sin fin de todos contra todos», dice Fichte. Mientras que en el orden interno del territorio del Estado los individuos se acogían a reglas políticas y jurídicas estables en un entorno pacificado, la economía, al quedar libre de estos controles de racionalización estatal, se había convertido en el campo de batalla en el que luchaban a muerte los individuos al margen de su procedencia estatal. El hombre económico no era ciudadano de ningún Estado. Actuaba como un individuo egoísta dispuesto a aniquilar a su semejante para obtener enriquecimiento. Como se puede ver, las críticas actuales contra la globalización económica tienen mucho en común con este viejo diagnóstico de Fichte. Unos invocan la justicia social universal, otros el patriotismo, pero todos combaten la libertad de comercio.
Fichte considera que el mutuo conocimiento de las sociedades y los pueblos, derivados de las relaciones comerciales y de la libre circulación de las personas, no había hecho más que convertir cada rincón del mundo en un lugar siniestro, es decir, no-doméstico, no-hogareño. «Pero me parece a mí que, habiéndonos empeñado en ser todo y en hallarnos en todas partes en nuestra casa, no hemos llegado a ser nada de un modo auténtico y completo, y en ninguna parte nos encontramos en nuestra casa».
A su juicio sólo debería viajar una élite mundial de sabios para «comerciar» intelectualmente entre sí e importar los mayores alcances logrados por las otras naciones. Había que prohibir los viajes de simple curiosidad, los viajes «interesantes». «(...) ya no se permitirá a la ociosa curiosidad ni al afán de diversión llevar de un lado para otro su aburrimiento por todos los países».
La utopía fichteana afirma que cada nación cooperaría en la armonía del conjunto a través de las relaciones de sus diferentes elites científicas, pues sus viajes al exterior «redundan en beneficio de la humanidad y del Estado». Sólo este gran cuerpo de sabios estatales conformaría la única institución internacional que permitiría la interconexión de las diferentes culturas.
Así, pues, la propuesta de Fichte es la primera manifestación de turismofobia planteada por la filosofía. El alemán despreciaba a los burgueses que, en su época, comenzaban a interesarse en viajar como forma de ocio, y les acusaba de pasear su aburrimiento por el mundo. Frente a los despreciables turistas burgueses, Fichte soñaba con un turista de alto nivel intelectual, que pudiera reportar un claro beneficio a sus Estados. En la obra fichteana, mutatis mutando, ya se encuentra la distinción entre un turismo de alto nivel y un turismo de baja calidad, un turismo de élite y un turismo de masas. El turismo de sabios de Fichte hoy no existe como tal; podría compararse a los intercambios académicos y científicos internacionales que generan un turismo de congreso. Sin embargo, el turismo actual es un turismo de masas, por mucho que le pese a Fichte en su tumba. Tanto si es un turismo de alto nivel adquisitivo o cultural, como si es un turismo de botellón, el turismo hoy es turismo de masas, porque su protagonista es el hombre-masa. Pero, ¿qué es el hombre-masa? Para ello hemos de recurrir al filósofo clásico al respecto: José Ortega y Gasset. Se verá en mi próximo artículo dentro de 15 días.
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