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Creo que se debe considerar el turismo como una cuestión migratoria y demográfica, no como un mero asunto económico.
La película de Berlanga 'Bienvenido Mr. ... Marshall' enseña cosas muy profundas. Un país que espera que la riqueza le caiga de las visitas de los extranjeros, terminará vendiendo incluso su identidad y su dignidad, para que ese extranjero encuentre en ese país justo lo que sus prejuicios esperan. Por eso los manchegos se disfrazaban de andaluces en la película. No se debe desilusionar los prejuicios del consumidor que paga por visitarnos; si para ello nos hemos de disfrazar de lo que no somos para ser lo que él espera que seamos, tendremos que hacerlo, pues estamos al servicio del que paga.
Si queremos un turismo cívico debemos desactivar los prejuicios que el turismo de masas tiene respecto de España. Pero esto es muy difícil. Si vendes un país de fiesta, estás vendiendo un país en que las normas cívicas se suspenden de continuo, del mismo modo que la rutina se rompe con las fiestas. Si lo que vendemos es toros, el mensaje que lanzamos al mundo es que España es un país exótico de bárbaros sanguinarios; si vendemos flamenco, daremos la impresión de que nuestra sensibilidad artística se basa en el quejido. Lo primero que hay que cambiar es la marca 'España', y mostrar lo que este país es realmente: un país moderno, plural y cosmopolita, mucho más complejo que esa imagen turística del país barato y atrasado que adora por las calles imágenes religiosas de madera policromada, que disfruta con la sangre en los ruedos y que cuando canta, emite atronadores lamentos.
La cuestión es: ¿podemos exigir el ejercicio de valores cívicos a turistas que vienen atraídos por una marca España que, en general, se define por lo contrario de las virtudes cívicas?
El turismo-masa es una realidad del sistema capitalista que no va a desaparecer. Ahora bien, el hombre-masa es siempre una forma de vida humana capaz de cumplir con las virtudes cívicas, aunque sea en la forma de rebaño bien dirigido. El hombre-masa, como su propio nombre indica, es moldeable como toda masa. Basta que el entorno normativo y coercitivo lo guíe hacia un lado u otro, para que reaccione en consecuencia. Francia es una potencia turística, pero no es un país servil, porque la marca 'Francia' es la de un país que vende refinamiento, belleza y firmeza.
Quizás lo primero que debería hacer España es cambiar su imagen en el exterior. Si España lograra exportar una imagen más real de lo que es, podríamos conseguir exigir al hombre-masa que nos visita que actúe conforme a los valores cívicos. Un turista, antes de venir a España, ha comprado una idea de país, una marca que define unas expectativas que quiere que se cumplan en el menor tiempo posible.
El turista-masa se caracteriza por la inmediatez: quiere deshacerse de su abulia cuanto antes. Para ello consume y consume todo cuanto está a su paso. Si para ello tienen que desestabilizarse los barrios más bellos del centro de las ciudades, lo hará. Y esto me lleva a una última consideración.
El turismo de masas produce movimientos demográficos acelerados, razzias postmodernas las llamo, que resultan muy perniciosos para la convivencia. Las nuevas tecnologías permiten hoy transformar cada piso del centro urbano en una habitación de hotel. Esto es letal para la conformación cívica de una sociedad, porque produce la expulsión de los residentes habituales por nuevos habitantes fugaces, que ocupan sus antiguos barrios. No importa que un piso esté alquilado sólo puntualmente, la cuestión es que los residentes se marchan y esos espacios vacíos son ocupados por nuevos huéspedes siempre transitorios. Son vecinos fantasmas que devoran los vecindarios. Pueden ser turistas perfectamente educados; y actuar del modo más cívico; ya dará igual, porque no hay siquiera vecinos a los que molestar.
El turismo se ha convertido en una nueva invasión bárbara. Todos somos en algún momento uno de esos bárbaros.
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