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No es errata, no. El título de este artículo es correcto, además de fetén y más profundo de lo que pudiere parecer. El culto lector ... habrá caído en la cuenta 'ad initium' de las connotaciones platónicas de la cosa.
Sucede que esto del mito de la taberna no es invención del que suscribe, sino que es ocurrencia cerebro-hormonal estudiantil con la que se ha encontrado más de uno que haya invertido parte de su tiempo en corregir exámenes de filosofía de Bachillerato. Aquí y allá y de vez en cuando, algún estudiante explica con toda seriedad el mito de la taberna cuando se le pregunta por la cuestión platónica. A uno le dan ganas de ponerle matrícula de honor al ocurrente tabernario, porque no cabe duda de que en las tabernas, los bares, los antros en donde el alcohol tiene una presencia protagónica, se producen efectos de liberación y penetración de la realidad que ya quisieran para sí los pobres desgraciados del mito de la caverna de Platón.
Todo bar que se precie es una caverna. Eso sí. En los bares hay que saber estar y no estar, es decir, saber entrar y comprender que hay que irse antes que el camarero. Es dura lección, pero como muy bien sabe y enseña mi amigo y gran escritor Paco Giménez Gracia en su precioso 'El fulgor del bronce', saber beber (y emborracharse) es un arte propio de gente civilizada. Ésta es lección platónica también, que uno aprende en 'El banquete', libro quizás el más hermoso de Platón y por tanto, del universo terráqueo.
Una cosa muy importante que debe saber quien quiera recorrer la ruta tabernaria es que a los bares uno va con amigos o solo, pero no a hacer amigos. Uno se va con los amigos ya hechos al bar. Es muy difícil gestar nuevas amistades en un bar. Lo que el alcohol une por primera vez lo separa el suspiro de la mañana. Desde luego soy consciente de que quizás estoy hablando de un modo de vida tabernario en peligro de extinción. Al menos en Madrid. Ya casi no queda lugar en los bares para construir el mundo, para planear el incendio de la ciudad, para anudar el corazón al destino de un amigo. Ahora es más la cosa de turistas que toman sepia con café y calamares con té frío. Pero a lo que iba. Yo hablo de un arte de entrar al bar con el mismo espíritu que el esclavo valiente de Platón. Al salir de la caverna, aquel esclavo entró en una taberna. Esto no lo dice 'La república'. Lo digo yo para que usted lo sepa. Allí, en la taberna, junto con el resto de sabios bebedores, comenzó a ver un mundo nuevo, más real porque se podía soñar, más real porque no estaba previsto en la oscuridad hipotecada de la rutina, más real porque estaba construido de libertad, risas y pisadas de acero y miel.
Ahora bien, este viejo arte de la taberna, este verdadero mito de la taberna, no se puede ejercer junto a académicos de la cosa filosófica. Nadie menos apto para saborear un buen banquete tabernario que un catedrático. Existe una genuina filosofía de la taberna que el filósofo de universidad (sic. oxímoron) no conoce. Hay que buscar en otro lado. Yo creo que el poeta y el pintor son la especie humana adecuada para reelaborar el mito de la taberna. Tuvo su época dorada en los felices años 80, llegando a los 90. Sin embargo, pervive. Basta acercarse a la obra pictórica de la generación de Malasaña (así me gusta llamarles). Dos pintores han creado su obra alrededor del mito de la taberna: Fernando Bellver, gran arquitecto de las cervezas del mundo, y Javier de Juan (que murcianeó), cuya Fortuna siempre aguarda apoyada a una barra de bar. A mí me encantaría invitarla. Siempre lo intento. Nunca se deja. Por eso siempre vuelvo. Para intentarlo de nuevo y sentir el dulce fracaso que envuelve en sus labios de humo.
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