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Madrid se despeña. Es cierto. Todos los datos económicos y los 'rankings' ponen a la capital de España siempre entre los primeros puestos. Madrid siempre ... aparece como la más algo. Tiene el mejor sistema sanitario, dicen, es la primera ciudad que elegirían los emprendedores para vivir, es la que bate todos los récords en visitas turísticas, es la que más se ha encarecido, en donde el acceso a la vivienda es imposible para el ciudadano, no ya desfavorecido, es imposible para el ciudadano medio; es la ciudad en donde el transporte público comienza a dar señales alarmantes de fallos, en donde el turismo de baja calidad, el de bocadillo y paseo granviático más ha crecido, en donde el facherío más se ha normalizado, en donde nadie hace nada por borrar las cruces gamadas en los centros educativos, pues son chiquilladas, en donde los profesores de instituto trabajan más horas y están más quemados; Madrid es la ciudad en donde los pobres están mejor ordenados en su zonas de confort, quiero decir, de confort para los pijos y los turistas, que tienen el espacio bien acotado para impedirles el acceso a su territorio libre de humos populares.
El Madrid de Ayuso apesta porque es un Madrid que machaca al madrileño, que hace del ciudadano que paga aquí impuestos un paria al servicio de intereses económicos que no revierten en la sociedad sino en la forma de migajas. La putada es que parece que no hay alternativa, porque la izquierda aquí también sólo ofrece migajas y carriles bici. Los madrileños somos cada vez más pobres.
No hace falta ser muy listo para vaticinar que Madrid va a morir de éxito, o en argot de barra, que se va a dar una hostia del copón bendito de aquí a diez años. Tiempo al tiempo, camaradas, ya me lo diréis, aunque para entonces ya será inútil y los titulares hablarán de viejos casos de corrupción urbanística, que uno tiene olfato y es memorioso, y suele suceder en esta patria que cuando hay grandes proyectos urbanísticos, hay grandes titulares futuros.
No es una cuestión subjetiva, de que a mí me guste más o me guste menos Madrid. Yo adoro Madrid. Conozco bien las ventajas de vivir aquí, pero soy lo suficientemente madrileño como para reconocer cuándo Madrid empieza a apestar. Es entonces cuando le entra a uno esa melancolía de Murcia.
Me voy a poner pitoniso un poco más; darle al vaticinio es gratis. Un ejemplo. Hubo un pequeño escándalo en un pueblo que conozco. En dicho pueblo, el alcaldillo, pequeño emperador rubio y aterciopelado, compró unos localillos. Un tiempito después, el prudencial, a alguien se le ocurrió la idea de que, para dar salida al problema de vivienda de la localidad (en la que está carísima) sería fantástico permitir la transformación de los locales de oficinas en vivienda, y además agilizarlo, hacerlo como a toda hostia. El alcaldillo se forró un poco con la cosa, pero todo era por bien de los vecinos, que con dicha medida han visto como los locales se han transformado en infraviviendas de cuarenta metros cuadrados, compradas por especuladores, que las han alquilado a familias enteras, normalmente migrantes, cambiando, en menos de un año, el perfil del vecindario. El éxito ha sido total: se ha conseguido hacinar a familias en unos minipisos que son lo único que pueden pagar.
Ayuso ahora propone lo mismo. Transformar las oficinas en viviendas «asequibles», dice la presidenta, pero no veo el modo en que vayan a ser asequibles, pues no hay modo de evitar que suceda lo mismo que ya ha pasado en el pueblillo gobernado por el aterciopelado especulador alcalde: las oficinas se transformarán en miniviviendas que se comprarán a precio de cojón de obispo samaritano, porque lo de asequible es un mentira de esas que se dicen gordas y piadosas, a no ser que por asequible se quiera decir lo suficientemente pequeña como para que puedas pagarla, pobre desgraciado.
Lo del futuro distrito financiero de Almeida, para otro día. Él, que es tan menudito, quiere llenar la Villa de rascacielos. Y lo hará. Se vienen comisiones. Pero son cosas de ciudadanos privados. Una gloria.
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Fernando López Hernández
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