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Un buen madrileño se caracteriza porque tiene el íntimo deseo de largarse de Madrid para siempre y la íntima certeza de que jamás lo hará. ... En esta vida se puede salir de casi todo, menos de Madrid. De Madrid no se sale. De Madrid a uno lo arrancan.
El Madridcentrismo es una perversión del intelecto que hace del madrileño una criatura desorientada que confunde la brújula con la veleta. No importa donde esté el norte, para el madrileño siempre señala dirección Madrid. Todo esto lo vengo pensando después de visitar en un par de ocasiones una exposición de Javier de Juan en el Conde Duque, que me ha hecho regresar a mi propia vida de madrileño trabado de exilios. La expo se titula 'Cada vez que me miras' y es una reflexión muy aguda plásticamente sobre la ciudad. Como es habitual en el artista, la obra tiene varias capas y niveles de lectura y disfrute. Yo me quedo con todos, desde los directamente físicos, pictóricos, plásticos, visuales, matéricos, hasta los sónicos, virtuales, formales y filosóficos.
Este Madrid de Javier de Juan, por supuesto, es un Madrid fingido, subjetivo, javierjuanesco, en definitiva. Pero sobre todo, si uno profundiza un poco en la propuesta, se da cuenta de que es un Madrid construido por alguien que conoce el afuera, el no-Madrid, el exilio, la ausencia de la ciudad. Es un Madrid imaginado, no imaginario, un Madrid construido desde el cruce de la experiencia externa y la experiencia interna. Como buen madrileño, se nota que Javier de Juan cumplió en su día el mandato imposible de largarse de Madrid para siempre y regresar ineluctablemente a la Villa. De hecho, el artista anduvo por los años 90 exiliado en Murcia.
Y su expo me ha corroborado lo que decía antes, que de Madrid no se sale. Le arrancan a uno. Por aquellos mismos años, también yo recalé en Murcia, con la intención de encaminarme a la Complutense, algo que, ¡gracias al Daimon!, jamás ocurrió y me pasé toda la carrera en aquella ciudad por dos motivos, principalmente: la fiesta y, sobre todo, una rubia de ojos verdes que conocí en octubre del 94. Así que hice mi camino de buen madrileño: dejé Madrid atrás, bendecido por el cielo de Murcia.
Yo soy mucho de mirar los cielos... y de caerme en las zanjas. Es por eso por lo que desde entonces tengo dos cielos como vara de medida de mi relación con una ciudad. El cielo de Madrid y el cielo de Murcia. Pues bien, cuando viajo a un sitio, inconscientemente, estúpidamente, comparo la ciudad con el cielo de Murcia si es invierno, o con el cielo de Madrid si es verano. La vida me llevó un tiempo por California. Esta ciudad a veces tiene el cielo madrileño y a veces murciano. Así la caminaba yo. Y así con todo.
Ya me disculpará el desocupado lector que haya empezado el año en plan 'grandpa' cebolleta, pero es que, mientras en Murcia festean en los Huertos, aquí, en el postexilio madrileño el cielo es espléndido pero la agenda se impone con su reloj de acero. Así que me dan ganas de marcharme de aquí a ver el cielo de Murcia, aunque secretamente lo que pasa es que no quiero hincarla, pues no hay huerto menos fastidioso ni menos cansado que aquellos.
Así que salgo del Conde Duque y pienso que el madrileño es una criatura bien capaz de tener varias ciudades imaginadas, no imaginarias, en la cabeza. Mi Murcia está hecha de cielo limpio, calle correos, callejuelas del Horno, de Victoria, Miguel y la chica rubia de ojos verdes. El final de esta historia es la propia en todo madrileño. Madrid es la chica más atractiva que conozco. Así que me volví por donde había venido y aquí estoy... con la rubia de ojos verdes que se cruzó en mi camino en Murcia.
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