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Según Ortega, la existencia auténtica consiste en la libre construcción de uno mismo, del libre proyectarse uno su propia vida. El hombre no tiene una ... naturaleza fija, sino que el ser humano es la suma de razón e historia. Por tanto, tiene que habérselas con el tiempo de su vida, que está inserto en su presente. Este presente es un tiempo histórico con sus ideas y creencias. Pues bien, el ser humano que vive auténticamente su existencia es aquel que habita de modo activo su circunstancia. De aquí el célebre aforismo orteguiano de «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo».
Sin embargo, cuando la vida del ser humano se despliega en la forma de hombre-masa, la vida pierde su carácter de vivir libre. El hombre-masa es esa forma de vida pulsional, que no tiene límites, que ha renunciado a sí mismo, y se ha echado en brazos de la estandarización de la existencia. Es una vida cosificada, cuya capacidad de elección no tiene nada que ver con la elección auténtica por la vida, sino con la simple elección de productos y cosas, siempre renovados. Da completamente igual la clase social. El hombre-masa no es una distinción de tipo económica, sino filosófico-existencial.
Pero lo que más nos interesa a nosotros de la cuestión del hombre-masa es su repercusión en las formas de ocio, que Ortega capta con gran profundidad. En su análisis de las aglomeraciones, el filósofo español se da cuenta de que el hombre-masa ha ocupado los lugares que antes estaban destinados a las clases más refinadas y, en general, cultivadas. Así, han ocupado los teatros, los museos... Esto me recuerda siempre a una profesora italiana amiga mía, genuina amante del arte. Ella siempre se quejaba de que ya era imposible poder disfrutar de la contemplación de un cuadro en un museo. Y decía amargamente: «¡Es imposible que a tanta gente le guste el arte!». Y yo creo que tiene razón. No es posible que a todo el mundo le guste el arte. De hecho, el 99% de la gente que visita un museo jamás ha dedicado una tarde de su vida a leer sobre arte. Pero la pregunta es: ¿acaso no tienen derecho a visitar y mirar esos objetos que cuelgan, hacerse un selfi y poder colgar su experiencia en las redes? Si han pagado la entrada, tienen tanto derecho como cualquiera. Pero todos, íntimamente, sabemos que las quejas de mi amiga italiana tienen sentido.
Ortega señala que la abulia es una de las cualidades propias del hombre-masa. Igual que Fichte se quejaba en el siglo XIX de que los burgueses paseaban su aburrimiento por Europa, Ortega denunciaba en el XX que el hombre-masa es una forma de existencia devorada por la abulia. El modo de escapar del tedio es la perpetua renovación del tedio mediante nuevos objetos de consumo. Por tanto, es fácil comprender que en cierto sentido el hombre-masa de Ortega es la reducción del ser humano a la categoría de consumidor. Y aquí todos somos responsables.
Hoy todos admitimos que nos describan como consumidores. El turista es un consumidor, no un ciudadano: consume paisajes y devora barrios, consume todo lo que le vendan: consume belleza, patrimonio arquitectónico, gastronomía, sol, incluso consume hogares y personas.
Creo que no se ha incidido lo suficiente en que los seres humanos residentes forman parte de los objetos de consumo del turista, en la forma de paisaje o de servidor. El turismo de masa cosifica el lugar y las gentes que visita. Él paga por un servicio, que consiste en que el lugar que visita le dispense placer. Él paga como consumidor y como consumidor actúa en todo momento. No es un ciudadano inglés quien visita nuestras costas; sino un consumidor que ha pagado por adquirir un tiempo de relax, en el que no está dispuesto a ser limitado por los corsés cívicos de su vida normal.
El hombre-masa lo devora todo. El turismo es una industria que genera una riqueza explotadora y tóxica que tiene consecuencias letales para la principal categoría política de la democracia: la de ciudadano. Los ciudadanos hemos sido sustituidos por los consumidores.
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