Secciones
Servicios
Destacamos
Retomo aquí la segunda y última parte de esta pequeña historia futbolera. Es obvio para el discreto lector que esta historia acabará mal o, por ... lo menos, con una gran decepción para el protagonista. Sabe el lector discreto que aquel chiquillo no acabará siendo portero del Real Madrid, dado que es públicamente notorio que terminó sus días en la caverna académica y libresca, que no es mala caverna tampoco.
Y continúo ya la historia por donde la dejé:
Después de que el Sr. Lacuesta (director de la cantera) me ordenara sañudamente que me fuera con mis compañeros, tuve que entender en medio segundo que este tipo adusto y frío era el mismo que, tan solo una semana antes, le había dado la enhorabuena a mi padre con afecto por «lo bien que para su chaval». La pesantez de la jerarquía. Adquirí ya una intuición del arte de cómo esquivarla. Me giré de inmediato y me fui a toda velocidad hacia mi equipo. Mi equipo. De repente formaba parte de un equipo.
Yo traía además ya unos esquemas humanos futbolísticos, que se aprenden el primer día que vas a jugar al fútbol a la calle o en el recreo del colegio. Todo el mundo conoce estos esquemas. Es público que existen dos tipos de porteros: el portero por vocación y el portero por obligación. Como aquello de Max Weber, pero en divertido. El portero por vocación es y será siempre portero, forma parte de su carácter, es algo natalicio. El portero por obligación es gordito. Como corre poco y molesta, los demás compañeros, que no tienen piedad, le obligan a jugar en el lugar donde menos molesta y más ocupa. Es cruel, pero pasó en el pasado y sigue pasando. El portero por obligación tiene un modo de liberarse de su condición: poniendo él el balón. Sólo si el balón es suyo, el portero por obligación podrá jugar en otra posición excepcionalmente. Si el gordito tiene la suerte de que anda por ahí un portero por vocación, se librará de ser portero, pero en su fuero interno, sabe que él será siempre, por lo menos, portero reserva.
El portero por vocación ama el estatuto de Cerbero. Su mayor disfrute es vivir en esa tensión llena de riesgos de impedir que ningún disparo rebase la sagrada línea blanca en que habita. Y no tiene más arma que su cuerpo para impedirlo. En tanto que mi constitución siempre fue delgaducha, nadie albergó nunca dudas de que yo era portero de vocación. Cuando el balón cruzaba mi línea me jodía como si se hubiera abierto una herida en mi costado. Y da igual si vas ganando 10 a 1. Ese uno duele.
Esta división entre porteros por vocación y porteros por obligación no se cumplía en el Madrid. En la cantera sólo había porteros por vocación. Se notaba al primer vistazo. Por tanto, mis compañeros y rivales en el puesto compartíamos la gran división antropológica que conforma el fútbol: los seres humanos se dividen en porteros y resto de jugadores. Del equipo que sale a jugar al terreno de juego, hay uno que juega a otra cosa diferente al resto. Mientras la mayoría aspira a derribar al contrincante, hay uno que les mira a cierta distancia, que está a la vez dentro y fuera del escenario, cuyo mayor deseo no es atacar, sino cuidar de un pequeño territorio existencial en el que le va la vida al conjunto.
De aquella vivencia me quedó el aprendizaje de saber estar siempre dentro y fuera, el arte de ser a la vez siempre actor y espectador. Guardameta es aquel que ejerce el arte vital del ironismo, una santidad humorística.
Una vez, mientras caminaba con mi padre hacia el vestuario, una mano grande me pasó por la cabeza. No era la de mi padre. Al adelantarme, vi la figura de un gigante. Quien me había pasado su enorme mano por la cabecilla era Buyo. Se giró y me sonrió. Sentí que había dejado algo de su santidad en mi cabeza. Su mano desnuda y sin guantes había tocado la cabeza de aquel chiquillo, portero de vocación, que jamás lograría cumplir su sueño.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.