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Yo fui portero de la cantera del Real Madrid. Recuerdo muy bien aquellos tiempos; quedaron indelebles en mi memoria y, estoy seguro, marcaron mi forma ... de enfrentarme a la vida. Nunca cuento esta historia, que aconteció en aquellas temporadas dominadas por la Quinta del Buitre. Creo que la única vez que intenté contarla en la universidad fue junto a un kantiano, pero el muy culto desvió la conversación porque el auditorio comenzó a interesarse más por los pormenores de un chiquillo canterano que por los pormenores de un pedante kantiano. Cosas. Pero lo cuento ahora para dar solaz a mi historieta futbolera de chavalín.
El caso fue como sigue. Estaba yo en la Ciudad Deportiva esperando a que saliera mi hermano de las duchas. Él era central en el equipo de élite de la cantera, era un jugador de paso lento, inteligencia rápida y pase inesperado, pura clase. Yo siempre iba a verlo entrenar con mi padre. Salíamos de clase y para Castellana. Un día, mientras esperábamos a que mi hermano saliera de las duchas, mi padre estaba tirándome unos penaltis en una zona exterior. En esto, pasó por allí un tipo alto, algo adusto, al que todo el mundo conocíamos por allí; se le llamaba el Sr. La Cuesta. Era el director de la cantera. Se dirigió a mi padre y le dijo: ¿Puedo pegarle unos tiros al chaval? Y mi padre, obviamente, le dijo que sí. El tipo, entonces, comenzó a pegarme unos tiros brutales. Entendí la primera lección: mi padre me disparaba con cuidado, para jugar, sin hacerme daño. El Sr. La Cuesta lanzaba con saña, con una dureza que no había experimentado nunca. Paré todos los disparos. Tras esto, sin decirme nada a mí, le pidió mi nombre a mi padre y le dijo: si quiere, que venga a entrenar a partir de la semana que viene. Y así fue. Pasé toda la semana pensando en mi debut.
Como yo no había hecho las pruebas reglamentarias previas, sino que entré como acabo de decir, por feliz casualidad, llegué a un equipo que ya estaba hecho. Integrarme iba a ser muy difícil. A pesar de lo jóvenes que éramos, nada más entrar al vestuario, se sentía, se respiraba un aire competitivo que imprimía carácter. La primera prueba era sobrevivir a la bienvenida. A mí nadie me decía ni explicaba nada. Yo llegué sólo con mis botas y mis guantes y no sabía nada más. Miraba a todos, intentaba presentarme. Y me dediqué a hacer lo que hacían ellos. En un momento dado, fuimos a una zona a que nos dieran la ropa. Como jugábamos en liguillas internas del club, cada equipo tenía su color. Creo recordar que el mío iba de naranja. No lo recuerdo muy bien porque el bedel o lo que fuera solo me preguntó la talla, que yo no supe responder, y me dio una camiseta. Me la puse y un compañero me dijo, «pero no decías que eres portero?», «Sí», «Pues dile que te dé la de portero, no ves que llevas la nuestra?». Y entonces me llegué a aquel señor y le pedí que me diera la de portero. Eras verdecita. Me flipó. Me quedaba un pelín grande, porque de pequeño carecía de perfil, dada mi delgadez. Fue un instante de felicidad indescriptible. Yo, porterillo en la cantera de mi equipo, del Equipo. Me miré a mí mismo, después me dediqué a observar al resto del grupo, que hablaban sin parar y hacían bromas. Yo, recién llegado, les miraba, cortadillo y feliz. De repente, me di cuenta de que, de todos los que estábamos allí, había uno que formaba parte del equipo, cuya camiseta era diferente, es decir, no cumplía con el uniforme que vestía el resto. Así hasta hoy.
Salimos al campo. Les seguí. Yo ni sabía aún quién era mi entrenador. Entonces vi a lo lejos al Sr. La Cuesta. Me dirigí hacia él para preguntarle. Antes de que pudiera decir palabra, me dijo: «Vete con tu equipo». Yo pensaba que tal vez me recordaría, dado el modo en que entré en el club. Me ignoró por completo. Sentí la pesantez de la jerarquía.
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