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Eso me pasa por parlanchín. Que me agrada perderme en horas de pensionista –cuando puedo, que es siempre poco–, y mezclarme con el respetable público ... en eventos culturales cuyo coste suele ser cero para el visitador o de lo contrario nadie iría. Yo me trinco mi moscoso a lo loco e incursiono aleve en zona periférica, donde me aseguro la visita a un lugar de exteriores horrorosos y sin encanto, de esos cuyos barrios fueron construidos para acoger las pesadillas de los habitantes de las ciudades dormitorio. Pero como el país ha avanzado mucho y bien, algunos de estos engendros urbanos del extrarradio tienen hoy centros de arte en donde se programan actividades de buen nivel. En medio de estas ciudades todas feas existen islas de belleza, quiero decir, de arte, que no se me enfade el personal de estética, que ya sabemos que arte y belleza no van de la mano. Y aprovecho ahora para hacerme una pregunta, y me pregunto: ¿de quién va de la mano el arte hoy? No tengo ni idea. Debería preguntarle a un crítico.
Que estaba yo donde no debía, o más bien, que estaba yo donde quería pero más me habría valido dejarme el criterio en donde suele estar mejor. El moscoso me llevó hasta un centro de arte en el extrarradio de esta gran capital. Fue un imprevisto. No era ese mi destino, pero como nadie sabe bien su destino, como pasaba cerca de allí, me desvié. Así que me fui a ver la exposición al antedicho centro de arte (cuyo nombre no diré, por respeto y consideración al centro en sí y, especialmente, al protagonista de este artículo, que el pobre no tiene culpa de ser como se verá a continuación, pero a quien yo he bautizado como el 'criticón de arte').
Siento un respeto profundo por la crítica de arte. Me parece que es el último género literario en el que todavía se puede mezclar con feliz armonía la libertad expresiva y el rigor analítico. Al menos en ese sentido benjaminiano en donde la inteligencia y la sensibilidad del pensador penetran en la obra artística hasta conformar cierta unidad que hace de la crítica un acontecimiento cultural en sí mismo unido insoslayablemente al objeto artístico. Tal vez por ello esté en peligro de extinción. Yo entro y salgo de las exposiciones con estos postulados a cuestas, claro está. Y así salí yo el otro día de una, cuando me topé con el cuidador del centro. Le pillé en mal momento. Tenía dispuesto un cigarro en los labios. Se disponía a salir, pues allí, una vez salía yo, no había nadie más. Era un día feo, no había ni jubilados. Estaba yo, 'flâneur' de extrarradio. Vi que vendían unos catálogos de exposiciones anteriores que me interesaban y, sin ánimo de perturbar su proyecto tabacalicio, le pedí que me mostrara uno. Me lo trajo amable y me dijo, advertidor: «De la exposición que acabas de ver no hay catálogo. No lo han traído aún. Échale un vistazo a ése. Yo estoy fuera. Si necesitas algo, me dices», me dijo con total confianza. Y no se me ocurrió a mí, 'flâneurillo', otra cosa que dejar entrever mi opinión sobre la exposición que acababa de ver. «No, de esta no quiero catálogo». «¿Es que no te ha gustado?». «No». Hete aquí que el cuidador suspendió su proyecto de salir a fumar y decidió emprenderla de este modo: «Pues a mí me ha encantado. Es de las pocas. A la gente le está encantando. Normalmente ponen unas mierdas, que la gente me dice 'Tú, qué sinvergüenza, ¡cómo traen esto!' Y yo les digo: 'Decídselo al Ayuntamiento si no os gusta'. Es que joder, mantener esto abierto cuesta una pasta, para que luego te traigan exposiciones que no gustan a la gente, que sólo vienen dos flipaos a verla. Ésta me gusta mucho, y a la gente también. Está siendo un éxito. Si quieres el catálogo, puedes escribir a esta dirección y te avisan cuando lo traigan». No volví a repetirle que no me gustaba.
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