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Eso me pasa por parlanchín. Que me agrada perderme en horas de pensionista –cuando puedo, que es siempre poco–, y mezclarme con el respetable público ... en eventos culturales cuyo coste suele ser cero para el visitador o de lo contrario nadie iría. Yo me trinco mi moscoso a lo loco e incursiono aleve en zona periférica, donde me aseguro la visita a un lugar de exteriores horrorosos y sin encanto, de esos cuyos barrios fueron construidos para acoger las pesadillas de los habitantes de las ciudades dormitorio. Pero como el país ha avanzado mucho y bien, algunos de estos engendros urbanos del extrarradio tienen hoy centros de arte en donde se programan actividades de buen nivel. En medio de estas ciudades todas feas existen islas de belleza, quiero decir, de arte, que no se me enfade el personal de estética, que ya sabemos que arte y belleza no van de la mano. Y aprovecho ahora para hacerme una pregunta, y me pregunto: ¿de quién va de la mano el arte hoy? No tengo ni idea. Debería preguntarle a un crítico.

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