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Alfonso es alto, pero nunca mira por encima del hombro. Es normal, pues según he venido observando a lo largo de los años, la mirada ... altanera es más propia de sujetos moralmente chiquititos, que se ven asfixiados por un ego plúmbeo, como de mármol seco. A Alfonso esas cosas tan feas no le pasan. Alfonso es alto, no obstante, como digo, no mira nunca a nadie por encima del hombro. Sin embargo, su mirada es alta, como si estuviera siempre subido a una torre interior desde la que contempla cosas que, a veces comparte y otras silencia para mejor ocasión.
Es tipo discreto, morigerado, de tal modo que, si llegara a leer este artículo, lo consideraría una exageración. «No exageremos» es frase que emplea para domeñar la intemperancia del gozo expresivo, por justo que éste sea. A mí esa frase me hace siempre gracia, por lo que tiene de humildad y disciplina a la vez. Así que si Alfonso, desde su torre, leyera esto, diría: «No exageremos». Y al escucharlo yo, respondería: «Preferiría no hacerlo», pero a diferencia de Bartleby el escribiente, aunque lo prefiriera, termino siempre por hacerlo. Me refiero a esto de que mi memoria recomponga la realidad del modo que lo hace en esta columna de 'El hombre perdido'. El desocupado lector concluirá si acuerda conmigo cuanto digo.
Es que estaba yo el otro día muy bien acompañado no por casualidad, sino con alevosía estética, en la inauguración de una exposición, cuyo título reza 'Salvador Victoria. Un mundo otro [Una revisión antológica]'. Como no soy crítico de arte, no me voy a poner a hacer consideraciones sobre la misma, pues no lo haría bien, pero como sí soy yo desde hace tiempo, no tengo más remedio que dejar por escrito aquí mi opinión sobre la obra de este pintor. La obra de Salvador Victoria es maravillosa. Su evolución pictórica se puede interpretar en paralelo a los procesos de la vida interior que desarrolla el misticismo. Desde el informalismo parisino de sus inicios, en donde se observa la soberanía del gesto, la pulsión de la vida en su inmediatez abrupta y delicada hasta la culminación en el desarrollo de un misticismo sin religiosidad, un misticismo de la inmanencia, en el que la obsesión por lo esférico entronca con la perfección imposible, una perfección racional, matemática, pero a la vez áurea, sutil, etérea. Bueno, quiero decir que en este estado estaba yo tras ver la exposición, cuando descendí por mis propios medios al patio del edificio en donde se celebraba el evento. Alguien amable me hizo llegar una copa de vino blanco. Era de noche ya. El edificio era un antiguo convento de monjas carmelitas, suspendido en lo alto de riscos que miran soberbios hacia una sima. Con la copa, miré el horizonte imposible de una oscuridad leve y sólida a la vez. Me encaramé un poquito, como para tocarla un poco más con los ojos. Era una oscuridad exenta de penumbra, limpia, que descendía hacia un antiguo convento de dominicos. En este punto, Alfonso, que es más alto que yo, se acercó al lugar, que conocía bien, y lo miró como quien sabe mirar por primera vez lo familiar, lo visto ya innúmeras veces y me dijo: «Aquí vivían las monjas carmelitas. El único lugar que les conectaba con el mundo era este patio que da, precisamente, al convento de los dominicos del otro lado, en hondonada. Ellas escuchaban sólo el canto de los pájaros y el de los dominicos. ¿Te imaginas qué mundo? Me gusta describir este lugar como una nave varada en medio de La Mancha. Como si una embarcación milenaria hubiera encallado en esta hoz ya para siempre». Y ahora es cuando viene Alfonso, lee sus propias palabras aquí descritas y proclama: «Bueno, no exageremos». Pero no exagero, aquel paisaje antiguo, oscuro, de impenetrable claridad, es el paisaje de un mundo-otro que a veces, sólo a veces, logramos habitar.
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