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Marcel Proust solía referirse al país de los cimerios cuando caminaba por la playa y una niebla espesa se apoderaba del ambiente. Era tan densa ... que no dejaba ver la ciudad de Balbec, al otro lado, el sueño literario que había creado en las costas de Normandía. Alude a los cimerios en muchas ocasiones como un agente misterioso de su memoria, una luz parpadeante que se enciende y se apaga en las horas de insomnio. Existe y no existe. Balbec fue la dicha, la plenitud, y ahora solo tiene un folio en blanco para reconstruirla. El cimerio fue un pueblo comentado por Heródoto en sus Historias. Poco se sabe de ellos. No dejaron registro escrito. Tal vez encontremos su origen en el Cáucaso. Se desplazaron, se alimentaron, amaron y murieron. Veinticinco siglos después apenas podemos afirmar que existieron. Eso es todo. Se han convertido en niebla.
España corre el riesgo de erigirse en el país de los cimerios sin necesidad de que los siglos se acuesten a su lado. Bastan cinco años para inculcar en la sociedad un manto de amnesia, de olvido perezoso. Uno siempre sigue la actualidad con voluntad objetiva y muchas veces debe cuestionarse si los hechos que ha presenciado son reales. La vuelta de tuerca de los últimos meses con respecto a la pandemia de covid-19 supera todos los estratos morales. La diatriba es clara: ¿a quién vas a creer sobre lo que sucedió, a tus ojos, tu experiencia, tu piel y tus meses encerrado en casa, o al relato oficial amasado por el Gobierno? Hasta para eso hay gente fiel que prefiere sacrificar su vivencia, su memoria, su razón, con tal de apuntalar un día más a Sánchez en La Moncloa.
Tengo buena memoria y desde luego, aquellos días se me han clavado a fuego en mi conciencia. No dejaré a la mitología de los cimerios el recuerdo de que desde el mes de enero ya había alertas sanitarias por un virus que se había originado en China y que había explotado en Italia. En los primeros días de febrero, Venecia, la Serenísima, la ciudad de los mil años de orgullo, decidió suspender su Carnaval por alto índice de contagio. El 12 de febrero, el Mobile World Congress de Barcelona también se canceló, por las alertas sanitarias. Sin embargo, el Gobierno de coalición decidió abrir los ojos el día después del 8 de marzo. Antes, todas las declaraciones a este respecto definían un estado de inconsciencia. No existía el virus. Después era poco menos que una gripe. Apenas causaría uno o dos contagios, como comentó públicamente Fernando Simón, alzado como héroe nacional en un giro tan inesperado como si los belenitas aclamasen a Herodes tras la matanza de los Inocentes. Antes de acabar esa semana de marzo, se declaraba el estado de alarma y todos nos veíamos obligados a encerrarnos en casa.
Saldremos mejor, nos prometieron. El Gobierno estaba preparado para confrontar un virus que hasta hacía unos días era insignificante. ¿Qué se hizo durante esos dos meses de avisos? ¿Con qué instrumentos nos prepararon para afrontar la mayor crisis mundial en décadas? Los meses siguientes también aspiran a convertirse en materia pantanosa, efímera, como los días de los cimerios. Nadie habla de los comités de expertos vacíos, fraudulentos, de la inexistencia de material sanitario, de cómo desde los organismos gubernamentales afirmaban que las mascarillas FP2 eran insolidarias, solo porque la Comunidad de Madrid las estaba facilitando. Olvidamos que durante el confinamiento podían salir los perros, pero no los niños, que abrieron antes los bares que las escuelas. A los cimerios quieren mandar también que la gente moría sola en su casa, que les privaron de la mayor dignidad posible, la de enterrar a los padres, a los hijos, para masticar en soledad el duelo.
Hoy sabemos que mientras miles de personas morían por la imprevisión y ceguera de un Gobierno más preocupado en las luchas intestinas, miembros del Ejecutivo robaban dinero de todos los españoles en sobresueldos y elegían prostitutas por catálogo. Usted no podía despedirse de su madre, ni honrar su memoria en el tanatorio, pero dirigentes del PSOE en activo se lucraban con el dolor de todos. Y no han saldado cuentas, ninguno. Illa, el ministro de Sanidad en aquel tiempo, ha pasado por la historia de puntillas, refugiado en las refriegas catalanas. Pablo Iglesias, a quien escuché en televisión afirmar durante los peores momentos que se haría cargo de las residencias de ancianos, ahora se dedica a pontificar en la barra de un bar. Todo eso existió, aunque quieran que nos convirtamos en el país de los cimerios, aunque el relato oficial pretenda construir que la culpa la tuvo la presidenta de una sola comunidad.
Lo que sí pertenece al país de los cimerios de forma irreversible es el número de muertos totales que dejó la pandemia. Ni eso puede ofrecernos el Gobierno, el listado de las ausencias, de vacíos. Tal vez ya seamos ese pueblo errante que no tiene memoria, que renuncia a contemplar Balbec tras la niebla.
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