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Ocurre que sencillas e inocentes operaciones en el campo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) ocasionan efectos imprevisibles y no siempre ... beneficiosos para quienes las realizan. Hablo de la cotidiana utilización de ordenadores y móviles, aparatos creados para la fluidez, la multiplicación y la instantaneidad de las comunicaciones, que, sin embargo, ocultan trampas sobre las que conviene permanecer alerta.
Hemos ingresado a cuerpo limpio, sin las debidas precauciones, en novedades cuyos efectos se desconocen, en un espacio cibernético por donde campan intereses oscuros, manipulaciones inimaginables, afán de ganar dinero a espuertas y estrategias para convertir a quienes las usan en cautivos de las redes informáticas. Siendo avances incontestables en el camino del progreso, su rápida imposición nos impide ser conscientes de sus riesgos, que con frecuencia dejan inermes a las personas que no disponen de 'contravenenos' ni 'vacunas' que puedan detenerlos.
Suelo utilizar un símil doméstico: han tenido que pasar siglos para ser conscientes de que los cuchillos que utilizamos para comer y de los que solemos poseer casi un arsenal en casa, no son el arma que efectivamente son sino el instrumento inocuo para hacernos menos dificultosa la comida cotidiana y las labores culinarias, para partir el pan y la carne y no para rebanar el cuello de alguien en las discusiones familiares. Aunque ciertamente se produzcan lamentables situaciones, como los casos de violencia de género, en las que los cuchillos vuelven a su antiguo oficio de armas mortíferas.
Tendrá que pasar tiempo para entender que las tecnologías electrónicas son un escalón necesario en la vía de la modernización y que al mismo tiempo conviene estar alerta frente a sus usos perversos por parte de entidades anónimas, cuyas intenciones desconocemos así como el país donde están ubicadas para el caso de reclamar posibles daños. Porque no somos conscientes de los verdaderos efectos de simples operaciones realizadas en la intimidad de los hogares, esos lugares que consideramos libres de asechanzas, protegidos por puertas y muros que nos defienden del exterior y que, sin embargo, pueden ser transgredidos con extrema facilidad para reducirnos a seres alienados y profundamente vulnerables.
Nos congratula saber que muchas operaciones realizadas en las redes son gratis. Lo es buscar información. Cualquiera puede acceder sin coste alguno a un diccionario, ver programas de televisión, escuchar música e incluso leer libros y periódicos. Nada cuesta contemplar las obras de un museo por muy lejos que se halle. Puede consultarse el tiempo meteorológico, la hora, las películas que proyectan los (escasos) cines de nuestra localidad, dónde se encuentran y los precios de los hoteles para un viaje, qué restaurantes hay cerca y su precio... El truco, la engañifa que esconde esa gratuidad, es que el producto que se vende somos nosotros, que nos entregamos atados de pies y manos para ser receptores obligados de todo tipo de campañas publicitarias. Hemos vendido nuestra identidad y nuestra independencia a cambio de ser los productos de un mercado abierto a todas horas. Somos, en fin, los nuevos indígenas, ahora cibernéticos, que entregamos el oro de nuestra intimidad a cambio de baratijas digitales.
De la sencilla operación de teclear un clic en el ordenador o el móvil se desprende una información que, convenientemente procesada, ingresa en un universo conocido como el 'big data' (gran base de datos), al que no se tiene acceso individual, pero que nos vigila constantemente a través de las pantallas, como el Gran Hermano que vaticinaba Orwell en su novela '1984'. Con millones de referencias procesadas por algoritmos pueden rastrearse gustos y tendencias (políticas, sexuales, de consumo, emocionales, culturales...) de grandes masas de población y actuar en consecuencia. Esa información sirve para influir en resultados electorales, para dirigir la moda que conviene vender a enormes masas de población, para manipular opiniones produciendo noticias falsas o interesadas, para crear la necesidad de consumir determinados productos por medio de campañas publicitarias o, simplemente, para ocultar informaciones perjudiciales para personas y para espiar a gobiernos y a enemigos de esos gobiernos.
Como esas informaciones son anónimas, generales, y parecen no afectarnos, nos sentimos ajenos a sus posibles daños. Esto no va con nosotros, decimos. Lo peor ocurre cuando la información se refiere a nosotros como individuos, en cuyo caso, si alguien quiere herirnos, el daño puede ser irreparable. Recordemos las veces que hemos dado nuestra dirección y número de teléfono, nuestra edad, nuestras preferencias (solo con cliquear en el ordenador sobre un libro, una película, un producto del mercado quedan contabilizados nuestros gustos), las ocasiones en que hemos pedido cita con un médico especialista (de lo que deducen las enfermedades que tenemos). Todos esos clics sumados se convierten en una información perjudicial. Una información que es poder y que se ejerce o ejercerá arteramente, cuando menos lo esperemos, contra nosotros.
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