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Una oferta educativa irrenunciable

No liemos al personal con falsas disyuntivas ni lo enfanguemos en el meandro de la psicopedagogía, que la cosa es más sencilla

Miércoles, 9 de septiembre 2020, 02:09

Mi detector de basura está pitando y el ruido me está volviendo loco. Pontífices del pensamiento vociferan sobre las cabezas de las madres con funestos augurios legales para el absentismo escolar por miedo al bicho. Hay muchas patologías previas, pero no se admite vulnerabilidad ni voluntariedad ni logística para los que tengan que aguantar en casa, a pesar de que esto aliviaría el conflicto que se han negado a presupuestar.

Resulta insólito que los políticos de todas las jerarquías del conglomerado español se hayan puesto de acuerdo, como si se tratara de subirse el sueldo o asegurar sus aforamientos cual seguro de responsabilidad penal. Tratan de convencernos que la prudencia radica en una temeridad, y con la nariz tapada y la sufrida población docente militarizada, pretenden hacernos respirar verdades malolientes.

Los científicos somos cazadores de conocimiento entre malezas de información. Así que no me pude resistir a patrullar cuando comprobé que me estaban borrando comentarios de Facebook desde que publiqué mi última columna en este medio ('Los muertos cierran los ojos de los vivos'). De la indagación me resulta irrebatible que existe un discurso oficial y demasiados informes técnicos sin publicar o conclusiones ridículas que van desde afirmar que los niños apenas contagian a que no enferman cuando conviven. Tras la propaganda, baterías observacionales poblacional o espacialmente sesgadas o insuficientes para obtener conclusiones sólidas. También demasiadas noticias contradictorias. Los jaleos siempre resultan convenientes para silenciar la verdad.

Sabemos ahora que el virus contagia por aerosoles, que lo hace más en interiores, con acumulación de personas

Pero la ciencia contrastable no está confirmando el amaño televisivo sino lo contrario. Sabemos ahora que el virus contagia por aerosoles, que lo hace más en interiores, con acumulación de personas y durante intervalos largos de cohabitación. El colegio es pues, el espacio ecológico ideal para el SARS-Cov-2. La conducta de los pequeños hará el resto.

Hace unos días se leía esto en el mejor periódico científico del mundo, 'Nature': «Si las escuelas se vuelven a abrir en áreas con altos niveles de transmisión comunitaria, los brotes importantes son inevitables y, como resultado, se producirán muertes en la comunidad». Por otro lado, la Academia Americana de Pediatría ha demostrado que el virus está empezando a ser más grave en los niños. Y más allá de los estudios prospectivos, está la fenomenología: el aula se ha demostrado contagiosa en Israel, Corea, Estados Unidos, Alemania, en Francia y en otras regiones del mundo donde los colegios han abierto.

No liemos al personal con falsas disyuntivas ni lo enfanguemos en el meandro de la psicopedagogía, que la cosa es más sencilla. Si algo he aprendido como biólogo evolutivo es que la naturaleza es amoral. A Darwin, creyente confeso, también le sorprendió lo cruel que son algunas avispas que cazan arañas y las entierran adormecidas para servir de alimento a sus larvas. Al virus le dan igual nuestros problemas de conciliación, estilos de vida, las expectativas del Ibex 35 o los planes de enriquecimiento de los que llaman a filas a los niños veinte años después de la desaparición de la mili obligatoria.

Uno de los dictámenes del Código de Hammurabi dice que si alguien construye una casa que luego se derrumba y mata al que le pagó por hacerla, el constructor lo pagará con su vida. No esperen justicia precristiana en este caso. Nadie les puede garantizar que, tras la apertura, su hijo no se convertirá en pólvora Covid contra los más débiles de su casa.

Hay algo experiencial que no precisa experimento, porque ya pasó el más infalible, el del tiempo profundo. Se llama teorema de la prudencia. No necesitamos informes técnicos para saber que hay que evitar los peligros. Los cálculos son susceptibles de error, pero la cautela nos trajo hasta aquí. Ese principio dictamina que cuando hay demasiada incertidumbre, es mejor actuar de forma conservadora.

Hablan de riesgos bajos que no son capaces de cuantificar, pero ellos nunca asumen riesgos de ningún tipo, ni aprenden nunca nada porque nunca son víctimas de sus errores. Igual ni recuerdan que los riesgos altos solo se confirman después de la ruina o la tragedia y que son irreversibles. Un riesgo de bajo coste se asume con la lotería, pero no jugándose la vida.

Los políticos proponen a los padres una dialéctica del tipo 'la bolsa o la vida', economía o colegio. Después de meses de meditación contemplativa, la coacción se camufla de oferta educativa con protocolo de seguridad. Una oferta que –dicen– no se puede rechazar, como la del 'Consigliere' de Don Vito Corleone.

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