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Los millones de estadounidenses que votaron a Trump no tienen excusa. Sabían perfectamente lo que hacían. Trump no engañó a nadie. Quienes le votaron eran ... conscientes de que se trataba de un hombre zafio, grotesco, chabacano, de modales brutales, de ignorancia política ilimitada, y de vanidad infinita. Un delincuente condenado y un político que había incitado el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, cuando se estaba efectuando el recuento de votos en una elección presidencial que había perdido. ¿Qué cabía esperar de un hombre así? No valen excusas: los que le votaron tendrán que asumir su responsabilidad, aunque seremos todos los demás los que suframos las consecuencias.
De todas formas, tratemos de encontrar esperanzas: a las democracias occidentales les vendría muy bien que alguien, en los Estados Unidos, desde dentro, empezara a enfrentarse a Trump, a reprocharle abiertamente sus disparates, a desprestigiarlo por sus sandeces, y a frenarlo en sus desatinos. Pero, ¿quién podría hacerlo? ¿y cómo?
En el sistema democrático de USA hay dos contrapesos que deberían evitar los excesos del poder ejecutivo y frenar las tendencias autoritarias. En primer lugar, está la opinión pública. Antes, la opinión pública se formaba a través de los medios de comunicación, que transmitían información y ayudaban a formar criterios entre los ciudadanos. Ahora, este papel está asumido en gran parte por las redes sociales, en donde el anonimato y la masificación favorecen la manipulación y la consagración y difusión de toda clase de mentiras. Parece evidente que no cabe mucha esperanza de que este contrapeso tradicional al poder ejecutivo pueda operar actualmente para frenar a Trump. Las redes sociales son de su propiedad, o de la de sus amigos multimillonarios. Y grandes medios de comunicación con solera, como el 'Washington Post', que en otra época fue capaz de acabar con Nixon, ahora está en manos de amiguetes de Trump.
Otro contrapeso tradicional sería el Poder Judicial. En el Tribunal Supremo, Trump ya consiguió que la mayoría de sus jueces sean de procedencia republicana. De este modo, el Tribunal Supremo, no sólo le garantiza a Trump su impunidad por los desmanes en los que incurre, sino que tampoco servirá de freno al ejecutivo, por cuanto que parece que está dispuesto a respaldar todas las ocurrencias de Trump. Sin embargo, es verdad que algunos jueces federales han destacado la ilegalidad de algunas medidas del presidente. Uno, incluso, anuló la orden de desplazar a emigrantes venezolanos a una cárcel de seguridad en El Salvador. Pero Trump hizo caso omiso a esta orden judicial, amparándose en una antigua Ley prevista para situaciones de guerra.
Realmente, quienes están más obligados a reaccionar y a defender la democracia, frente a las tendencias autoritarias y arbitrarias de Trump, son los partidos políticos. No obstante, poco podemos esperar del viejo Partido Republicano. El partido que fue de Abraham Lincoln o de Ronald Reagan, se encuentra como drogado, como ebrio de poder, sin sentido crítico alguno, y totalmente abducido por Trump. Cabría pensar que en algún momento el viejo partido va a reaccionar, y recuperará la lucidez suficiente para comprender que Donald Trump es una desgracia nacional, que terminará perjudicando a todos, incluyendo al propio Partido Republicano. Sin embargo, no hay que confiar mucho en esto. La reacción puede ser insuficiente y tardía, de modo que, cuando se produzca, el daño causado sea ya irreparable.
La única esperanza, pues, sería el Partido Demócrata. Pero, después de la derrota electoral sufrida, el Partido Demócrata está como noqueado, como aturdido, como sumido en la más absoluta incertidumbre, sin saber qué hacer para frenar a Trump. Hay, sin embargo, una pequeña luz de esperanza. El senador por Vermont, Bernie Sanders, de 83 años, acompañado por la miembro de la Cámara de Representantes por Nueva York, Alejandría Ocasio-Cortez, de 35 años, se han lanzado a la calle para luchar contra la oligarquía y el autoritarismo. Han pronunciado discursos, con mucho éxito, en mítines en Nevada, Colorado y Arizona. Están tratando de movilizar a las decaídas bases demócratas. Están advirtiendo de los riesgos del autoritarismo, y de que con Trump peligra la democracia y las conquistas sociales de la clase trabajadora. Esperemos que el mensaje de Bernie Sanders, demasiado izquierdista, se extienda también a la clase media que, junto con la clase trabajadora, va a ser la gran perjudicada de las políticas de Trump.
Pero, ¿cómo hacerlo? Para combatir la demagogia, el populismo, la normalización de las mentiras, y las tendencias autoritarias, tanto en USA como en Europa, es preciso que la sociedad recupere la confianza en los partidos políticos tradicionales. Esta confianza se perdió en parte con la crisis de 2008, cuando muchos ciudadanos de las democracias occidentales se vieron desamparados, desprotegidos e ignorados por los dirigentes políticos. Los partidos conservadores y socialdemócratas de las democracias occidentales han de recuperar la confianza de los ciudadanos. Y para ello se necesitan tres cosas, que no siempre se tienen: líderes creíbles, ideas y propuestas sobre los problemas reales de la sociedad, y capacidad para conseguir que esas ideas se conviertan en consignaciones presupuestarias.
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