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Se podría pensar que un periodista de opinión es lo contrario de un contable: al tema libre y la exuberancia recursiva de los plumillas se ... contrapone el rigor y los rígidos casilleros debe / haber que dictan el trabajo de los segundos. Pero hay un periodo en que nos acercamos. Cerrar un año conlleva, tanto en la empresa como en la prensa, hacer balance. 2023 ha sido el año de. ¿De qué? A ver, tampoco aprietes, ¿vale? Hago lo que puedo. El añico ha sido muy loco y el hilo lo perdí como en febrero. A ver si me cuadra la cuenta en los párrafos que me quedan.
¿Y si hago una miaja de trampa? Voy a bichear cuál ha sido la 'palabra del año' según las instituciones habituales y así me hago una idea del concepto clave de 2023. Bueno, pues no. Para el Diccionario Oxford, autores del invento, el palabro del año ha sido: 'rizz'. Como lo oyes. 'Poder de seducción', en jerga internáutica. Al menos se escudan en datos lexicológicos: el término ha sido el que más ha crecido en internet en estos meses. La Fundéu, que es la institución que decide estas cosas en nuestro idioma (un extraño chiringuito donde se mezclan la Agencia EFE, la RAE y el BBVA), ha fallado (en todos los sentidos) también: 'polarización' es la palabra en español del año y uno se pregunta si no será esta distinción un poco como los premios Planeta, donde gana la cara que interesa promocionar y la literatura ni está ni se le espera. Porque ya me dirás tú qué parte de 2023 explicas con esto de la polarización. ¿Un año más de polarización en Ucrania? ¿La polarización entre Israel y Hamás se salda con 10.000 niños palestinos asesinados? ¿Avanza la polarización medioambiental de la Tierra? ¿Ha ahogado la polarización de 2023 a más de 2.500 migrantes que intentaban cruzar el Mediterráneo? Gol en propia puerta del pereodismo extremocéntrico patrio.
Cuando te quedas sin palabras ni pistas, lo suyo es tirar de hocico, y a eso me dispongo, literal y figuradamente. Para mí 2023 es la sensación que experimenté el miércoles, volviendo a la ciudad después de una comida con amigos en la huerta. Habíamos alargado la sobremesa, ya era de noche al ir entrando con la bici a Murcia. Lo primero que percibí fue, claro, la peste de motor, esa aprensión a respirar veneno que se va instalando en nuestra vida, de unos años a esta parte. A continuación, las luces como de parque temático, una mezcla entre un concierto de Abba y una sala de tragaperras de Uzbekistán. Sí, cómo no, todas las ciudades de Europa Occidental se iluminan en Navidad, pero las de Murcia son verdaderamente una cosa. Ya llegando al Malecón, y echando muy fuerte de menos una mascarilla (ya estábamos en alerta de nivel 2 por contaminación del aire), me encontré una larguísima cola de familias con niños, entre el disuasorio y el Plano de San Francisco, que esperaban para ver la movida esa con leds del 'Jardín de los Sueños'.
No, mi palabra del año 2023 no es 'contaminación'. Mi palabra del año 2023 no existe aún, pero ojalá. En mi palabra del año están las partículas PM2,5, las PM10, el dióxido de nitrógeno, la combustión automovilística y las quemas agrícolas, pero también está ese hacer como si nada, esos pelillos a la mar de nuestros mandantes y parte de nuestra sociedad, ese negacionismo. Están las estadísticas que nos señalan como una de las ciudades más irrespirables de Europa y está el cochismo rampante, el atrasismo, el índice de motorización, el no-sin-mi-carro. En mi palabra de laboratorio tendrían que caber los datos empíricos y la reacción social a los mismos, las fases del duelo con que Murcia encara el humeante trauma: la negación, obvio, ese «pues siempre ha habido una boina negra sobre la ciudad». Si lo deseamos muy fuerte, será 1955 otra vez. La ira contra, yo qué sé, los ecologistas, lo woke, el Plan de Movilidad, la izquierda o las estaciones de medición. La negociación: la derogación parcial del plan, el adoquín print, la bonificación del transporte hasta el 7 de enero o el mete luces y después de fiestas ya veremos. La depresión (generalizada). Y la aceptación (espero). Y (añado) la palabra: una que describa todo esto, la ansiedad por programar cientos de movidas navideñas en el centro de la ciudad en medio de una alerta roja por contaminación, y la ansiedad por ver el problema fuera del debate público, y la preocupación por niños y ancianos, y los conciertos de las Hermanitas de los Pobres en la Plaza Circular. Y el sabor a ceniza del pastelico de carne que te regala Ballesta si bajas a su fiesta.
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