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Parieron los montes: con la renovación del 'perrisidente' se pone en marcha el Gobierno correspondiente a la XV Legislatura, sin que sepamos si uno u ... otra durarán los años habituales. A la del jueves no sabemos si llamarla investidura o embestidura, todo va a depender de en qué España esté cada cual y cuál haya de helarle el corazón, como decía Ismael Serrano, o Antonio Machado, qué más da. En todo caso ha sido dura, eso sí. Como duro está siendo el intenso psicodrama que vienen performando las derechas patrias a cuenta de la nueva Ley de Amnistía: España se rompe más que ayer, pero menos que mañana, y si coges la A7, pasando Vinaròs lo mejor es bajar a 30 no vaya a ser que te encuentres de golpe con la grieta y te estampes, el Señor no lo quiera.
Nah, no te vas a estampar. Vamos a calmarnos una miaja. Inspira. Ahora espira. No, no de morirte, de soltar el aire. Ahí. Muy bien. Piensa en un sitio bonito, un bosque, una cala. ¿Ya? Es tu zona segura. Aquí el apocalipsis no puede alcanzarte. El Estado de derecho sigue entero. Como el país. Y ahora vamos a imaginarnos juntos qué va a pasar estos cuatro años, qué podemos esperar. Una cosa es segura: el hiperventilar se va a acabar. Sí. Confía en mí. Te cuento:
El hiperventilar se va a acabar. Es una ley de la física y también de la política, al menos en situaciones de democracia en las que uno puede, además de aspirar locamente todo el oxígeno que le quepa, votar y ver qué votaron sus paisanos. Si no para otra cosa, la democracia sirve para liberar presión y evitar que nos desmayemos por hiperoxia (o por aburrimiento, que también). Sí, claro que las derechas están viviendo su momento 15-M, y han colocado hasta Quechuas en Ferraz. Claro que están en modo 1-O y pidiendo que #HelpSpain como si esto fuera Ucrania (les están haciendo el mismo caso que a Palestina). Pero estos momentos durarán lo que tardan las banderas de bazar en amarillear en el balcón: un verano. Por experiencia lo digo: yo fui de los que se movilizó contra la amnistía fiscal del primer Gobierno Rajoy, en 2012, y para cuando nos llegó el turno de las urnas a finales de 2015 la corrupción era el tema único de la campaña. La barra libre de Montoro con su larguísima lista de evasores fiscales era agua tan pasada como lo es ahora la gracieta aquella de Txapote o el contador de delincuentes sexuales supuestamente beneficiados por la ley del solo sí es sí.
Para recuperar la iniciativa política e intentar la reelección, en su segundo Gobierno Rajoy decidió agitar y judicializar el conflicto catalán. La reforma del Estatut, en términos muy parecidos a la del andaluz, se convirtió en el episodio número 11.698 de #EspañaSeRompe, esa serie más larga que 'Cuéntame'. Una profecía con voluntad de autocumplimiento que puso al país en la vía del 1-O y sacó a millones de catalanes a las calles diada tras diada, pero que no le consiguió a don Mariano ni a su partido la deseada amnistía de sus infinitos problemas con la Justicia. El trauma de la moción de censura de 2018 todavía aporta excesos de oxígeno a las derechas españolas, que van saltando de pretexto en pretexto para transmitirle el berrinche a la población: los lacitos negros por los muertos de la covid trocaron en acusaciones de totalitarismo por confinamientos y prohibiciones sanitarias, que luego mutaron en catastrofismo económico por la gestión de la pandemia, y después en que la excepción ibérica era un timo, y finalmente devino en colapso inminente por la crisis de suministros causada por la guerra en Ucrania. La movilización permanente tiene ventajas, claro está: tapa o legitima las miserias propias, desde las pifias del PP madrileño hasta la okupación (cinco años ya) del CGPJ; y también minimiza los aciertos del adversario, con el empleo, la inflación y el crecimiento económico en unos números envidiables para nuestro entorno. Pero cansa. Aburre. Obliga a buscar desesperadamente nuevas cepas de la ansiedad que sustituyan a las viejas en cuanto empiezan a perder poder viral. Mi pronóstico es que el tema de la amnistía ya parecerá una batallita del abuelo para la cena de Nochebuena.
El problema para nuestras queridas derechas es que ninguna de las dos puede permitirse pisar el freno antes que la otra. La batalla por el relato es encarnizada y ganarse la bandera del descontento popular tiene premio en forma de bolsa de voto derechizado que no quiere quedarse hiperventilando solo. Pero también tiene castigo: el de ser percibido por ese otro sector más moderado como una pandilla de ultras trumpistas sobreactuados indignos del timón de la nación.
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