
La guerra en la lengua
Espejismos ·
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Resulta casi imposible acreditar las imágenes y vídeos que inundan las redes y la desinformación viral se convierte en un arma geopolíticaLa pipa de la paz. El Polígono de la Paz. Déjame en paz. El Océano Pacífico. Paz Padilla. La Paz (Bolivia). Descanse en paz. Ser ... un pazguato. O un rapaz. La Paz de Westfalia. Daos fraternalmente la paz. Etcétera. Para qué seguir rebuscando cuando ya queda claro lo que quería dar a entender, que viene a ser que, cuando usamos esa bonita palabra de tres letras, nombramos cosas diferentes. Y que, hasta cierto punto, no pasa nada. Pero su elasticidad no es infinita. Si te pasas la vida declarándote pacifista y exigiéndola urgentemente pero, en el fondo, la paz te la pela y lo único que te interesa es que ganen los tuyos, va a haber una palabra para ti. Una muy poco elástica.
Octubre del 23 y una nueva batalla de la guerra de décadas que asola la otra orilla del Mediterráneo ocupa las portadas de Occidente. Ocupa también nuestras conversaciones, nuestras redes sociales, nuestros músculos cardíacos y, cómo no, nuestras lenguas. Sigue siendo una guerra sucia y sin cuartel, donde todo vale y donde la verdad, como en cualquier guerra, constituye la primera víctima; pero esta escaramuza llega en un momento, tras un año y medio largo de conflicto entre Rusia y Ucrania, en que el debate público está saturado de maniqueísmo, manipulación y testosterona. Resulta casi imposible acreditar las imágenes y vídeos que inundan las redes y la desinformación viral se convierte en un arma geopolítica. Nuevamente se nos invita a posicionarnos, a elegir entre una y otra facción armada. O estás con Israel o con Hamás, de un modo muy parecido a ese o estás con Ucrania o estás con Putin que se llevó por delante, el año pasado, ese tímido revival del 'No a la guerra' que cuatro 'mataos' entre los que me cuento intentamos activar en nuestra sociedad. Si de lo que se trata es de que no quede nadie defendiendo procesos de paz y salidas negociadas a los conflictos, los vídeos borrosos con bien de matanza son el no-argumento definitivo: cualquier postura que se salga de la venganza es de ser una especie de psicópata inhumano.
Junto a la saturación de clips dudosos y bulos de autor (hasta a la presidenta de Madrid la han pillado difundiendo el de los 40 bebés israelíes decapitados) actúa en excelente maridaje el apagón informativo, ese que tapa aquellos conflictos que no se ajustan a la narrativa habitual de buenos y malos. Si lo que está ocurriendo no parece sacado del Universo Cinemático Marvel, no llega a las portadas, que enfocan a otra parte nada más apagarse las primeras explosiones. Supimos de la existencia de Ucrania cuando la revuelta de la plaza ('Maidán') en 2014 que desafió al gobierno prorruso de entonces, y volvimos a conectar en directo con el conflicto ocho años después, con la infame invasión ordenada por Putin. Las redes se llenan de cadáveres frescos y crímenes de guerra; y nuestros representantes públicos, en lugar de exigir el cese de las hostilidades y la apertura de un proceso de negociación, se posicionan sin pudor a favor de uno de los bandos en conflicto. 'Choose your fighter', dicen, solo que los misiles no están hechos de píxeles ni caen en un puto videojuego. Deseamos muy fuerte la gran victoria final de Los Vengadores contra los malos, pero esta no se produce y, mientras el conflicto se alarga, los muertos (que nunca son nuestros) se amontonan. Nadie se pasa el juego, cada demostración de fuerza provoca otra, una espiral de sangre asola territorios durante décadas y, cuando se nos atenúa la santa indignación, llevamos nuestra atención hacia otra historia. Donde dijimos paz decimos rapaz. La guerra la llevamos en la lengua.
En Oriente Medio se desata ahora un nuevo episodio de un horror que dura ya siete décadas. A las sangrientas incursiones de milicianos de Hamás por los territorios ocupados le siguen ahora bombardeos indiscriminados sobre la población civil de ese inmenso gueto que llamamos Gaza. El veneno del conflicto ha infectado completamente la política israelí y la deriva militarista y ultraderechista del primer ministro Netanyahu no tiene freno. Ni Hamás ni Netanyahu son el conjunto de sus pueblos: evitemos pensar esta guerra desde esa metonimia fatal. Lavémonos la lengua antes de hablar. Es gente como tú y como yo la que está siendo asesinada en este momento y gente como tú y como yo la que lo será mañana y cada día que la guerra siga en marcha. No les importa cuál sea tu bando favorito ni a qué etnia pertenecen las víctimas de ese vídeo que estás compartiendo en Twitter. Paz ya, joder. Derechos humanos. Diálogo. Y todas esas palabras aburridas de las que sin embargo depende la tranquilidad de ese sofá desde el que escribes.
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