Un carguero llamado Libertad
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La marea de plástico no es el único asunto que los populares tienen que minimizar si quieren revalidar el Gobierno en uno de sus feudos históricosDesastre tras desastre, va quedando patente la doctrina del Partido Popular en materia de crisis medioambientales. Si es que a apretar los puñitos y desear ... muy fuerte que el problema se solucione solo se le puede llamar doctrina. Tras el Mar Menor, Doñana o el aire tóxico de Murcia (y con este 'tras' no quiero decir que nada de todo eso se haya solucionado), llega ahora la crisis de los 'pellets', la Marea Blanca que, vertida por el buque 'Toconao', se extiende por Galicia y otras regiones del norte peninsular. Bajo el foco, la gestión de la emergencia realizada por la Xunta, a poco más de un mes de su cita anticipada con las urnas autonómicas. En el retrovisor, el desastre de aquel otro carguero liberiano, el 'Prestige', negligencia política incluida, y un Nunca Máis ya reconvertido en Outra Vez ante la magnitud del nuevo vertido tóxico.
Al mando, el Ejecutivo regional de Alfonso Rueda, que en plena carrera por la revalidación al frente de la Xunta se ha atenido al guion vigente en su partido: la negación-ocultación-minimización del problema (han llegado a decir, en un primer comunicado casi un mes después del vertido, que los 'pellets' son aptos para el uso alimentario) hasta el momento en que la crisis alcanza una envergadura tal que se puede acusar al Gobierno central. Rueda ha negado haber tenido conocimiento del desastre hasta hace una semana. Se ha desdicho después, al hacerse públicas conversaciones entre instituciones que demostraban que no era así. Se ha negado a elevar el nivel de alerta para no solicitar ayuda estatal, tildando de inofensivo el vertido. Se ha vuelto a contradecir tan solo un día después, declarando la emergencia nacional. A estas bajuras de la película, se ha negado a recibir ayuda en forma de equipos de limpieza costera y ha solicitado navíos al Estado. Crece la movilización cívica en forma de equipos de voluntarios y de descrédito institucional. A modo de guinda, esta semana hemos sabido que la Xunta repartió a dedo dos millones de euros entre las cuatro principales cabeceras periodísticas de la región tan solo ocho días después de la convocatoria electoral.
La marea de plástico no es el único asunto que los populares tienen que minimizar si quieren revalidar el Gobierno en uno de sus feudos históricos. Casi 200.000 argentinos tienen derecho a participar en estos comicios -más fácilmente desde la desaparición del voto rogado- por formar parte del Censo Electoral de Residentes Ausentes de Galicia (CERA). Dada la situación actual de caos económico y social en el país andino tras la primera batería de medidas ultraliberales de su nuevo y extravagante presidente, apuesto a que no veremos a nadie del PP volver a aplaudir a Javier Milei hasta pasado el 18-F. La Libertad Avanza cual carguero liberiano entre la sociedad gallega.
Más cadáveres que esconder bajo la alfombra: las coaliciones con Vox. La extrema derecha es una fuerza residual en todo el norte del país y Galicia no es una excepción. Su discurso ultranacionalista y antiautonómico no encuentra eco en unos territorios orgullosos de su cultura, sus tradiciones y su gestión de las competencias propias. Apuesto también a que no veremos a ningún portavoz popular presumir de las maniobras que los gobiernos PP-Vox de Valencia y Baleares están llevando a cabo contra sus lenguas cooficiales. Hasta después de las gallegas, esto es.
A nadie se le escapa la paradoja de que una eventual derrota de Rueda en febrero significaría el principio del fin para su mentor, líder y predecesor en el Palacio de Rajoy, Alberto Núñez Feijóo, y la vía libre para el sector más ultramontano del PP -en torno a Isabel Díaz Ayuso y la prensa conservadora de Madrid- en la disputa por el control del partido. Con las primeras encuestas apuntando a un resultado ajustadísimo (recordemos que Galicia votó izquierda el 23-J), la tensión popular se puede cortar con un cuchillo. Si los medios de derecha del entorno de Cibeles entran en campaña con una línea editorial antiautonómica, la relojería sucesoria podría ponerse en marcha, y con ella una rasgadura más en el tejido sociopolítico del país, un norte alérgico a la radicalización de la capital, una ultra capitaneando (y -ay- unificando) la oposición con discursos netamente alt-right, un pepedrama.
¿Y los 'pellets' sin barrer? Ajenos a todas estas intrigas palaciegas, los ecosistemas costeros del norte de la Península encajan una catástrofe más, una negligencia más, una incompetencia más. Bajarán los vecinos con sus cubos y su dignidad inquebrantable a hacerse cargo, outra vez, de las mierdas de sus mandantes. A lo lejos, otro barco con bandera liberiana volverá a irse de rositas. No sé si es mejor que pase de largo. Podría parar y presentarse a las elecciones. Habría quien lo votaría.
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