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¿Qué tal los Reyes? Ya, ya, no atraviesan su mejor momento, pero yo me refería a vuestros regalos. ¿Así-así? ¿Mucha salud? ¿Tres pares ... de calcetines? Venga, que os los mejoro: aquí estoy para obsequiaros con un #Espejismo espectacular, valga la redundancia. ¡El primero del año! Y hoy hablaremos de: de qué hablaremos este 2024 recién estrenado. No, no de qué hablaré yo. De qué hablaremos, en plural, en los medios, las redes, las comidas familiares, las barras de los bares, con el piti postpolvo (si es que siguen existiendo, los pitis y, ejem, los polvos), con el vecino en el ascensor, con la señora del rottweiler en el pipicán, etecé, etecé. Me voy a poner en plan completamente bola de cristal con esta temática. A ver quién da más.
Una de las cosas de las que más hablaremos es, obvio, de que ya no se puede hablar de nada. En las portadas de la prensa en papel de mayor difusión, en entrevistas en 'prime time' en las cadenas y emisoras con más público, algunas de las personas más famosas e influyentes del país seguirán apareciendo para hablar de, bueno, de nada, es decir: de que viven silenciadas por un régimen totalitario que censura cada una de sus palabras. Muchas de estas apariciones (a cuento de un nuevo disco, libro, éxito, lo que sea) se viralizarán, permeando el debate público. Se producirá entonces una nueva epidemia de brasa: gente atorrándote durante tres cuartos de hora sobre la problemática de que el sistema no le permite decir una palabra. Era bastante fácil, sí, pero esa es mi primera predicción.
Hablaremos, cómo no, de guerra. De la guerra de coña, como la que le han declarado nuestros mandantes al cambio climático. Tras la edición de Abu Dhabi, la COP29 de este año tendrá lugar en otro petroestado, en este caso Azerbaiyán, ¡chupi! De la guerra verdadera, como la invasión de Ucrania, la civil de Sudán o el genocidio en Palestina, que amenaza con desencadenar un conflicto multinacional inminente en Oriente Próximo. De la guerra material, con las acciones de las armamentísticas tan disparadas como el precio del petróleo. Y, por supuesto, de la guerra cultural, la de la 'alt-right', esa energía nuclear político-mediática que está cambiando el mundo para nada bueno desde hace unos años y que explica tantas cosas, desde la perriñata de Nochevieja en la calle Ferraz hasta la investidura de Javier Milei en Argentina; desde el continuo «ya no se puede hablar de nada» o «nunca ha habido menos libertad» hasta la competición por poner el árbol de Navidad más caro y hortera entre tantas y tantas ciudades españolas.
Esto último no es tanto una predicción como un deseo: que seamos capaces de hablar de guerra cultural como lo que es, un mecanismo complejo increíblemente inflamable que apela al miedo, el odio y las bajas pasiones de la población para extraer combustible electoral. El fracking de la política, vaya. La ecuación clave de la fórmula tiene que ver con la producción de victimización, conseguir que quienes agarran la sartén por el mango sientan que se fríen en el centro del aceite. Es un algoritmo tan revolucionario como el de la relatividad, ¡pero funciona! Si hasta Amancio Ortega, la persona más multimillonaria de nuestro país, se considera un mártir de la Hacienda española y declara en Holanda y Suiza la parte del león de sus beneficios (no sabe na el payo), cuánto más fácil no será hacer sentir a un autónomo cualquiera que es víctima de un Estado confiscatorio. O a un señor cishetero de mediana edad cabreado con el presente que 'el lobby LGTBI' ha venido a joderle la vida. O a un divorciado con 'el feminismo' a.k.a. manutención de los críos. O a un currela cualquiera que los inmigrantes no sé qué. O a un usuario de la segunda lengua con más hablantes nativos del mundo, solo por detrás del chino mandarín (y por delante del inglés, ojo), que los otros idiomas de su país están a punto de hacer desaparecer el suyo por ciencia infusa.
Frente a todo este 'totalitarismo fake' se plantea un concepto caricaturesco de 'libertad' que no es más que una especie de irresponsabilidad orgullosa, un victimismo señorito. ¿Que te demandan algo, cumplir con Hacienda, tratar mejor a las mujeres, contaminar un poco menos o respetar los Derechos Humanos? Siempre está la opción de marcarte un piscinazo y agarrarte muy fuerte el menisco. Nunca hubo menos libertad que ahora. Penalti lo chuto.
Por desgracia –también– para todos estos estrategas de la piñata, la energía oscura que libera la guerra cultural no se puede controlar tan fácilmente, y tiende a engullir hasta a sus propios hechiceros. Hablaremos, mucho y por nuestro propio bien, de esto en 2024. Permaneced en sintonía y felices –es un decir– Reyes, gente bonica.
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