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A quienes tenemos una edad y algún resto de memoria se nos suele levantar una ceja cuando nos hablan de 'fake news' como si se ... hubieran inventado ayer. Esa fabulita que contrapone un virtuoso y contrastado periodismo tradicional frente a la manipulación populista de los medios digitales nos arranca una sonrisa a quienes vivimos –por ejemplo– la cobertura que dio el periódico más leído de la derecha española a los atentados del 11 de marzo de 2004. Portada tras portada, la cabecera planetaria fue extrayendo de la febril imaginación de su director una historia delirante en la que el responsable de las detonaciones no era el terrorismo islamista, sino una oscura conspiración participada por ETA, los servicios secretos marroquíes, Rubalcaba y Zapatero con el objetivo de cambiar el signo de aquellas elecciones.
Todo esto no significa que en la actualidad no tengamos un problema agudo de desinformación y manipulación de masas. Pero tampoco la sociedad española acaba de caerse de un guindo. Nuestra tradicional desconfianza hacia los medios de comunicación tiene, por una parte, algunos motivos de ser; por otra, puede servirnos de vacuna ante determinadas operaciones de agitación, demasiado burdas, de esas que abundan últimamente. Yo las llamo 'infofracking': sirven, es verdad, para extraer las últimas reservas de combustible político fósil, pero a costa de destruir el terreno social que tienen encima y la veracidad del debate público. Se supone que lo inventó el tal Steve Bannon y que le sirvió para hacer a Trump presidente o sacar al Reino Unido de la UE, pero bien pudo inspirarse en 'Ciudadano Kane', o en Joseph Goebbels, ese genio de la propaganda.
Esta semana, a santo de la festividad de la Constitución y el España-Marruecos, hemos visto a nuestra extrema derecha embarcarse en una nueva operación de 'infofracking'. Los días previos se distribuyó por redes sociales una supuesta alerta policial por fuertes disturbios a cargo de grupos violentos de inmigrantes, invitando a la población a no salir de sus casas esa noche. Inmediatamente tras finalizar el encuentro, medios (es un decir) digitales difundieron todo tipo de imágenes manipuladas para construir un escenario de 'kale borroka', consiguiendo hacer 'trending topic' el odioso hashtag 'leña al moro'. A continuación, desde esos mismos medios y cuentas de ultraderecha se intentaba conectar la supuesta violencia inmigrante con la permisividad de alcaldes progresistas, como el de Parla. Entre las plataformas más activas de esta repugnante operación figura, debemos recordar, una web –con la palabra 'alarma' ya en el título y un director condenado en repetidas ocasiones por difundir bulos– que recibe miles de euros de nuestro Gobierno regional para publicidad institucional. Sería más honroso y útil pagarles esa cuantiosa suma para que evitasen utilizar el nombre de nuestra comunidad en sus tóxicos contenidos.
Un capítulo de relleno de esta operación de 'infofracking' iba a ser el de la iluminación de Aguas de Murcia, una historia tan delirante que se quedaba para el lector más fanatizado del submundo 'fake news'. Eso sí, venía al pelo para seguir caricaturizando al alcalde Serrano –ese peligroso bolchevique– con cuernos y rabo: nos quiere quitar la Navidad, va a prohibir los coches y, de propina, odia a España y celebra nuestra derrota con los colores de Marruecos. Tal vez la mayor sorpresa de todo el asunto la dio el grupo municipal del PP al subirse el martes al carro (de Vox a nadie le extraña). Dio igual que el edificio lleve años iluminándose así, también con Ballesta como alcalde. Dio igual que el PP murciano tenga a dos miembros (el propio Ballesta y Navarro Corchón) en el órgano de gobierno de la empresa de aguas. Dio igual que el eje de la campaña de los populares para esta primavera sea el de la gestión: tanto el exregidor como sus lugartenientes Pérez y Guillén difundieron el bulo. El miércoles, ya con la noticia (no la de la iluminación, claro, sino la del PP envuelto en fango) en medios nacionales, debió de celebrarse algún tipo de gabinete de crisis donde se resolvió sostenella y no enmendalla. Salieron entonces figuras con un perfil más técnico del PP municipal, como Martínez-Oliva o Pacheco, a embarrar públicamente su imagen en solidaridad con sus compañeros. No sé si han extraído mucho petróleo electoral con todo esto, pero en el pelo y debajo de las uñas les ha quedado para unos meses. Truco: dos partes de bicarbonato y una de agua, y frotar.
Llama la atención, para acabar, el contraste entre esta hipersensibilidad conspiranoica y xenófoba con la placidez que les genera la celebración de un evento de la magnitud del Mundial de fútbol en un país bajo la sangrienta dictadura catarí. Además de racismo, lo suyo es odio al pobre y al currela. El petróleo (aunque provenga de 'fracking') todo lo tapa.
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