HuertoLab, segundo 'round'
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Se cumplen ahora dos años del primer conato de desalojo, cuando el entonces concejal Guillén colocó un candado en la puerta para contener el exceso de participación¿Sabéis el HuertoLab? Sí, el huerto urbano de Santa Eulalia, sí. Habéis estado seguro. Plantando cosas vivas. O echando la tarde junto a ellas. ... O de excursión con el cole. O en alguno de los cientos de eventos, entre mercadillos, conciertos, asambleas, actos culturales o presentaciones de todo tipo. Los 357 metros cuadrados mejor aprovechados de la ciudad: parterres portátiles, arbolado de quita y pon, un poquito de mobiliario y a funcionar. Y barato, oiga. El Ayuntamiento pone luz y agua, pero absolutamente todo lo que ha ocurrido allí se lo ha currado el vecindario. Abrir y cerrar, limpiar, mantener la convivencia, sembrar, regar, alimentar la agenda cultural y hasta educar la conciencia medioambiental de los zagales y zagalas de Murcia. Todo eso gratis, durante cinco años. Mejor que gratis, porque es el propio barrio el que invita.
El Huerto es un pequeño oasis en medio del casco histórico de la ciudad, el área con menos zonas verdes del municipio (no, las explanadas para hostelería no cuentan, lo sentimos). Es también un pequeño milagro de participación vecinal, un laboratorio de democracia en una comunidad que también sufre una sequía de convivencia. Cuando aprieta el calor, y la ciudad se vuelve irrespirable entre el cambio climático, el exceso de humos y el déficit de árboles, el Huerto es refugio. También lo es contra la ansiedad y la futurofobia de una sociedad en crisis que ve retornar fantasmas totalitarios. Cuidar esa poquita tierra es cuidar la Tierra. Juntarte con tus vecinas es plantar cara al colapso de la civilización.
Pero me estoy viniendo como muy arriba, ¿no? No, pero recapitulemos. El Huerto se creó allá por 2017, lo puso en marcha el equipo del alcalde Ballesta con fondos europeos para rehabilitación de barrios (ADN Urbano, acordaos) bajo la premisa de la participación vecinal. De todo aquello no queda mucho, las cosas como son: unos cuantos grafitis aquí y allá, unos suelos de colores que poco a poco se borran. Pero el Huerto, por lo que sea, agarró. Los vecinos, ese incordio, hicieron por una vez lo que se les pedía en el programa: participar. Y ya la tenemos liada. Se cumplen ahora dos años del primer conato de desalojo, cuando el entonces concejal Guillén colocó un candado en la puerta para contener el exceso de participación. Unos meses después llegó la moción de censura y el cambio de signo político en la Glorieta, y con eso algo de esperanza para los huertanos urbanos, que aún recordamos como si fuera ayer el tuit del alcalde Serrano del 7 de mayo del 21: «El huerto de Santa Eulalia seguirá siendo de todos los murcianos».
El pasado miércoles, bien temprano por la mañana, operarios del Ayuntamiento pegaron un folio en la reja avisando del desalojo inminente y dando cinco últimos días a los vecinos para recoger sus aperos. El mismo día –cágate lorito– del lanzamiento de la Mesa por el Clima. En los últimos meses, entre Concejalía y huertanos urbanos ha habido de todo: promesas, entusiasmos, decepciones, anuncios y desencuentros para parar un tren. Supongo que la Glorieta tendrá su versión; sin duda en HuertoLab tienen la suya y han decidido empezar a contarla, pero por ir al grano creo que es evidente que la incapacidad hasta ahora, por parte del Ayuntamiento, de reubicar nuestro roalico en alguna plaza del barrio tiene que ver con la oposición de la poderosa hostelería de la zona, que no ve con buenos ojos ceder unas cuantas mesas de sus terrazas para la instalación del bancal portátil.
Cuando decimos que el capitalismo, sin una estricta regulación, se fagocita a sí mismo, no siempre nos referimos a abstrusos fenómenos macroeconómicos de hiperfinanciarización a manos de grandes fondos buitre internacionales. A pie de calle, otorgando a los bares el control de los usos del espacio público acabamos con una saturación de terrazas para hostelería que convierte las plazas en lugares recalentados, inhóspitos, sin sombra, fuentes ni bancos, no-lugares a los que finalmente no nos apetece ir ni para tomar cañas. Un caso parecido es el que estamos viviendo en el barrio de El Carmen, donde desde cierta mirada cortoplacista una parte del pequeño comercio se ha revuelto contra el plan de movilidad del Ayuntamiento. Plan que apoya la mayoría de carmelitanos, por cierto, porque entienden que, a veces, sin fricción no se avanza, y el papel de las instituciones, en el actual contexto de emergencia climática y social, siempre consiste en avanzar.
En el Huerto, claro, no se rinde nadie. Si lees esto a tiempo bájate un rato, que se han juntado hoy domingo los vecinos a ver qué se puede hacer. Mientras hay vida, dicen, hay esperanza; y de ambas cosas tienen, en HuertoLab, a capazos. Porque crecen allí, prima. Como si fuesen bajocas.
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