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No sé si fueron ustedes conscientes de una noticia aparecida en los medios de comunicación hace tan solo unas pocas semanas, que alertaba de la ... presencia en el Hospital Universitario La Fe de Valencia de un paciente sospechoso de padecer la terrible enfermedad o fiebre de Marburgo. El paciente, un varón de 34 años con sintomatología compatible con la infección, habría regresado recientemente de Guinea Ecuatorial, país que a mediados de febrero de este año decretaba la alerta sanitaria por la presencia del virus tras ocasionar la muerte de al menos 9 afectados y provocar el confinamiento directo de más de 4.000 personas. Esta enfermedad vírica, originada por un virus directamente 'emparentado' con el virus ébola, provoca un cuadro de fiebre hemorrágica similar e igual de contagioso y letal que su más conocido y famoso 'colega'. Por eso, la mera posibilidad de su presencia despertó el lógico revuelo mediático.
Es el Marburgo otra zoonosis –procedente de los animales–, que parece mantenerse en la naturaleza gracias a algunos murciélagos sitos en el continente africano, de los cuales se transmite esporádicamente al ser humano por contacto directo o indirecto con sus secreciones. La infección también puede adquirirse por el contacto con las personas infectadas. Es en estos momentos cuando uno se pregunta cómo es posible que la enfermedad lleve el nombre de esta preciosa ciudad alemana, casi sacada de los cuentos de hadas de los hermanos Wilhem y Jacob Grimm. La respuesta es sencilla. Como en tantas ocasiones, su nombre se debe a la primera descripción de la infección, que, asociada a la importación de monos infectados –concretamente cercopitecos– procedentes de algún lugar de Uganda, ocasionó en 1967 un brote en 31 personas en diversas localizaciones de Alemania y en la capital de la ya desaparecida Yugoslavia, Belgrado. Cuando este tipo de infecciones se presenta, la letalidad es bastante elevada. Siete personas fallecieron y su nombre quedó asociado para siempre a este precioso rincón de Europa, un continente donde curiosamente, su presencia es anecdótica y circunstancial.
Fueron apenas unos pocos días, no más, los necesarios para confirmar que el episodio valenciano se trató de una falsa alarma. Los que tardó el laboratorio del Carlos III de Madrid en confirmar la ausencia del virus en las muestras remitidas. El paciente fue dado de alta y, tal y como apareció la noticia en periódicos, radios y televisiones, se esfumó sin dejar rastro. Afortunadamente para el paciente. Afortunadamente para todos. Porque, aunque sea muy complejo que, en el contexto de nuestro país, una enfermedad así que genera unos síntomas tan graves y evidentes, pueda ocasionar muchos casos, tener que manejarse con un virus de estas características nunca es un plato agradable.
Más allá del afortunado desenlace, lo sucedido no hace más que poner en evidencia nuevamente una serie de cuestiones que debemos tener siempre presentes. La facilidad que tienen las enfermedades infecciosas para desplazarse de un lado a otro del mundo en tan solo unas horas. O que, aunque la inmensa mayoría de ellas no se encuentre en Europa, sino que se mantenga en los continentes africano o asiático repletos de múltiples enfermedades hoy consideradas emergenes, las posibilidades de que, tal y como sucedió con el SARS-CoV-2, y surja donde surja el problema, lo tengamos encima sin casi, literalmente, tener tiempo a reaccionar, son muy elevadas.
Curiosamente, y sin que haya una única explicación en estos momentos, los datos disponibles indican que enfermedades como el ébola, la fiebre hemorrágica de Lassa o el propio Marburgo, por citar solo algunas de las más conocidas y graves, cada vez se detectan en un mayor número de personas en sus zonas de origen. ¿El cambio climático?, ¿la movilidad de personas y mercancías?, ¿el mayor contacto con la fauna silvestre en las zonas de origen?, ¿la invasión de hábitats o la superpoblación? O tal vez un poco de todo eso y más. Lo cierto, lo indiscutible, es que, con ello, y sin ánimo de generar ningún alarmismo, parece evidente que aumentan las probabilidades de que alguna de ellas nos visite algún día, casualmente a partir de algún viajero o por cualquier otra vía. Como pudo suceder estos días. Ante esa posibilidad, solo nos queda estar vigilantes y obviamente, lo mejor preparados posible.
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