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Hace unos días, la OMS, en la comparecencia de su director Tedros Adhanom, nos anunciaba el fin de la emergencia de la mal llamada viruela ... del mono. Una epidemia vírica global, de transmisión sexual en la mayoría de los casos, en la que curiosamente poco, o mejor dicho nada, han tenido que ver los monos. La comparecencia también sirvió para recordarnos el riesgo permanente de que emerjan nuevas pandemias, bien procedentes de algún virus que evolucione del SARS-CoV-2, el famoso virus causal de la covid-19, o incluso de cualquier otro virus o bacteria más letal que esté ahora mismo en cualquier rincón del mundo y pueda cruzarse en nuestro camino repentinamente. De eso, sabemos algo en los últimos años.
Lo único que sigue haciendo la OMS es recordarnos que no se debe olvidar lo sucedido, y que, tal y como el virus de la covid-19 surgió, llegó y se quedó entre nosotros, nuevos virus pueden surgir y generar situaciones similares, o peores. Hasta aquí, puede parecer un mensaje repetitivo y aburrido, pues, a fin de cuentas, los virus, las bacterias, las enfermedades, siempre han existido y nos han acompañado. Ejemplos hay todos los que queramos: la tuberculosis, la peste, el cólera, el sida, la viruela.... entonces, ¿dónde está la novedad? ¿Por qué tanta insistencia? Tal vez palabras como cambio climático o globalización puedan tener la respuesta. Este tipo de eventos están acelerando o incrementando el riesgo para que este tipo de epidemias globales sucedan cada vez más rápido. Veamos:
El cambio climático, con periodos de lluvias copiosas, inundaciones y tormentas en épocas inhabituales, periodos de sequía prolongada, o un aumento generalizado de las temperaturas en todo el planeta, tiene consecuencias en nuestra forma de vivir. Esto es evidente. Lo que tal vez no está tan claro para el gran público son las repercusiones directas que también tiene a nivel sanitario. Por ejemplo, genera la supervivencia de mosquitos o garrapatas durante todo el año, sin que los rudos y largos inviernos, que ya no existen, acaben con ellas en esa época del año. Así, la llegada y supervivencia de vectores como el famoso mosquito tigre u otros abre la puerta a la presencia de enfermedades que antes no teníamos como la fiebre del Nilo, el virus de Crimea-Congo o el dengue –cuya primera transmisión autóctona en España fue en la Región de Murcia precisamente– y tantas otras que esperan su turno pacientemente para estar entre nosotros y quedarse.
Por si fuera poco, esta 'ensalada' debemos aderezarla con un poco de globalización, una facilidad de movimientos de personas y mercancías que es capaz de poner a miles de personas de un extremo al otro del mundo en cuestión de horas, algo inédito en siglos anteriores, y que motiva que personas que estén 'incubando' infecciones, aun sin síntomas, puedan recorrer medio mundo antes de que la enfermedad dé la cara. No hace falta explicarlo, pudimos comprobarlo de primera mano con la pandemia de covid-19.
Por todo ello, no debe extrañarnos el mensaje de la OMS. Simplemente, está en su papel. Piensen que, en lo que va de siglo, apenas dos décadas, llevamos ya un puñado de epidemias (gripe aviar, gripe porcina, zika, covid-19 o viruela de los monos, por mencionar algunas) y otros tantos eventos generados por virus como el ébola, el lassa, el MERS-CoV o tantos otros, que, sin llegar a ocasionar pandemias globales, han generado situaciones críticas.
No hay que ser alarmistas, pero tampoco olvidar. Hay que seguir vigilantes, trabajando a todos los niveles, bajo la premisa de 'Una sola Salud', desarrollando todos los mecanismos que nos permitan responder de la forma más eficiente ante los nuevos retos sanitarios que se nos planteen.
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