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Hay un hombre tendido en el suelo con una herida en la cabeza. El vaivén de sangre le baja por el cuello y rojea en ... el asfalto. Lo curioso no es que esté herido, es que está esposado con las manos en la espalda y un poli encima. Desconozco las causas, pero no quiero saberlas. Saciada mi curiosidad, aprieto el paso frente a la gente que se apretuja alrededor y ajirafa el cuello buscando también su ración de morbo.
Y es que hay mucha gente. Es sábado por la tarde y la multitud se amazacota en las calles con esto del 'Black Friday'. Algunos se quejan, como si ellos no hubieran hecho lo mismo y no hubieran acudido al centro como los demás. Me recuerdan un poco a quienes despotrican de todos los políticos y hablan de ellos como si vinieran de otro planeta. Quizá la política los vuelva más insinceros, no sé, pero sí sé que han salido de nuestras calles, barrios y aceras, no de una platillo volante, así que no son extraterrestres, sino un espejo de la sociedad en que vivimos. Y sí, es verdad que son mentirosos, cínicos e hipócritas, y es verdad que quizá todos lo somos, pero ellos parecen serlo un poco más que el resto. Solo hay que ver lo pasado en Sevilla hace unos días. Aplauso genuflexo a un líder que miente sin que se le mueva un pelo. Ya lo dice Hernán Díaz en 'Fortuna': todo ventrílocuo tiene sus muñecos.
En fin. Un día raro este. Me quito el mal sabor de boca comprando un cartel, el de la película 'Manhattan', ese tan célebre en blanco y negro con Woody Allen y Diane Keaton sentados a los pies del puente de Queensboro, una imagen otoñal y un poco afantasmada por la bruma. Es de 1979, cuando Allen tenía poco más de 40 años. Hoy, con casi 90 y después de hacernos ver lo locos que estamos sin perder la gracia que es marca de la casa, Allen sigue siendo uno de los grandes genios del cine. Siempre estuvo en forma, pese a quien le pese. Posterizo el cartel para ponerlo en mi piso y acabo el sábado viendo de nuevo, cómo no, 'Manhattan', para olvidar las quejas de la gente, la sangre del tipo tendido y el tumulto del centro mientras oigo aquello de «Él era tan duro y romántico como la ciudad a la que amaba. Tras sus gafas de montura negra se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería».
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