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En los últimos tiempos hemos aprendido que la política tiene mucho que ver con el fútbol, quién nos lo iba a decir. De hecho, se ... parece mucho a un partido amistoso: el resultado no importa, da igual lo que ocurra, porque, pase lo que pase, no pasa nada. Puedes irte a comer el día de la DANA, estar frente al mantel cuando debieras estar frente a la riada, que no pasa nada; se puede asaltar el Capitolio con hordas alunadas y atuendos carnavalescos y ser reelegido presidente años después, no pasa nada; puedes timonear un país y ser bendecida tu mujer con un trato de favor por mor de tu cargo, que no pasa nada.
Cuando la clase política, que debería agavillar algunas de las cualidades más eminentes que se le suponen al hombre, se convierte en el circo de los horrores, el resultado es esta desafección galopante. No nos puede sorprender que la juventud sienta un desapego por el chiringuito político como nunca antes. Cuando más del 30% dice que no le importaría vivir en un sistema autoritario, lo que están diciendo no es eso: en realidad, lo que dicen es que para lo que hay, tanto monta, monta tanto.
Y claro, eso es peligroso, porque lo que viene da cierta cosilla, si no pavor. Solo hay que ver el nuevo equipo titular de Donald Trump para que a uno le dé el tembleque: exmarines y exmilitares, un antiabortista en Justicia, un antivacunas en Salud y, cómo no, Elon Musk, que llevará Eficiencia Gubernamental, sea lo que sea eso, y ha dicho, con su habitual suficiencia, que hará temblar el sistema, signifique lo que eso signifique. Todos, eso sí, con un discurso barnizado de petulancia y una bandera por encima de la de las barras y estrellas: la del ombliguismo. Aunque lo intenten, no pueden contener el superyó que parecen llevar dentro, empezando por quien es su capitán general. Viendo cómo actúan, se mueven y hablan, con la hipérbole como forma de respirar, quién puede creer en esta gente.
Claro, frente a semejante tropel uno ve a Nadal y solo tiene un deseo. El balear ha sido tan grande que su retirada ha sido la retirada más esperada y aun así nos ha pillado un poco de sorpresa a todos. Escuchas su discurso, un aglomerado de cordura, sensatez y humildad, y sí, solo puedes tener un deseo: Nadal, por Dios, preséntate tú a presidente.
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