La lluvia que cae sobre la tierra
CAYETANO PELÁEZ DEL ROSAL
Lunes, 24 de marzo 2025, 00:16
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CAYETANO PELÁEZ DEL ROSAL
Lunes, 24 de marzo 2025, 00:16
Después de unos meses de sequía extrema en los que en la Región murieron un millón de árboles, sin poder salvarlos, con tanta falta que ... tenemos de ellos, para fijar el suelo, evitar el desmadre de las aguas locas y proporcionar oxígeno, el cielo lleva derramando unos días el agua bendita que riega la tierra desesperada. Y alegra a las plantas, los animales, los campos yermos; y al hombre, fenómeno no muy normal aquí, para una tierra sedienta y suplicante que pide, por justicia, que nos envíen agua y no corten la que debe venir en el futuro, la que hace falta.
Esta lluvia era un agua que no se esperaba cuando la tristeza de la sequía se había adueñado de los hombres del campo, de los cultivos, de las plantas y los animales, que miraban hacia el cielo suplicando al Sumo Hacedor que parara aquella sequía que lo agostaba todo, que trastornaba a los pájaros, a los animales y al hombre, haciendo sufrir lo indecible a los árboles de los bosques que, agotados y no pudiendo resistir más sin el agua de la vida, entregaban sus restos a la sierra que los cortaba y hacía leña para evitar incendios y epidemias. ¡Cuánto árbol muerto por falta de agua y tan escasos que estamos de ellos!
Los montes verdes de vida iban mudando, poco a poco, el color verde, a un ocre oscuro de muerte. Daba pena y angustia ver los cadáveres de los muertos a punto de desplomarse con estertores de horror. No había agua para ellos, y conforme iban muriendo, el viento iba llevando por las alturas el eco de la muerte de aquellos árboles que habían prestado servicios de vida a la gente sin nada a cambio. El ambiente se llenaba de terror con los ecos de la sequía. El viento era su mensajero.
El agua, que se hacía rogar, vino con furia, matando a muchas personas, hecho que se podía haber evitado si se hubieran hecho las obras necesarias para embridar a aquellas aguas supernaturales, furiosas y locas, destructoras, homicidas y sin que el pueblo hubiese sido avisado con antelación para ponerse a salvo, pero por unos o por otros, nadie dio la voz de alarma a tiempo pillando a la gente desprevenida, provocando la muerte, la destrucción y el caos.
Y lo que era dolor y muerte para unas tierras, en otras, después, se recibían las aguas con alegría, con alborozo, se llenaban balsas, se colmataban pantanos, se regaban los campos extenuados, respiraban los árboles a punto de expirar, cosa no vista hacía tiempo, y los pajarillos aprovechaban el charco del suelo y se daban un baño relajante y limpiador, y el agua de la vida caía sobre las tierras que la recibían con agradecimiento y reverencia.
De lo sucedido hay que tomar nota, y que no se nos olvide, que el agua mata, pero que con el agua, también se vive. Esas aguas locas, desbocadas, buscando la salida hacia el mar, arrasándolo todo, se pueden contener, se pueden almacenar para ser utilizadas en caso de necesidad, para riego, para beber, para la higiene, para el ocio... Lo que es una pena es que se dejen ir hacia el mar, a su aire de muerte, tan necesitados que estamos de ellas, y mucho peor, que no se hayan establecido todavía, en su totalidad, los cauces de alarma para la población.
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