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Afinales del siglo XX asistimos a cambios profundos en la configuración del mundo como un sistema integrado e interdependiente, imponiéndose la geopolítica y la globalización ... con promesas de un mundo mejor. Sin embargo, en 2025 constatamos que la rápida expansión del comercio internacional se ha convertido en un nuevo capitalismo dominado por lógicas especulativas, acentuando la diferencia entre países ricos y pobres, lo que, entre otras consecuencias, incrementa los movimientos migratorios, evidenciando la interacción entre globalización, capitalismo neoliberal, movimientos migratorios, la organización social y los procesos estructurales que propician la desigualdad.
El premio Nobel de Economía (2001) Joseph Stiglitz se manifiesta defensor de la globalización, del comercio mundial y los mercados financieros, pero siempre que ello suponga una mejora en la vida de las personas, tanto las que viven en los países ricos, como en países pobres; proclamando que el sistema en el que vivimos padece una «hemorragia interna» cuyo tratamiento sigue perjudicando a los más desfavorecidos y se está extendiendo como metástasis a sectores sociales de las clases medias, cada vez más desprovistas de los atributos sociales y económicos que las caracterizaban. Situación que no se revertirá mientras los 'lobbies' económicos sigan presionando a los gobiernos legítimos, para dirigir las políticas estatales.
Tenemos el ejemplo en los Estados Unidos de América, donde el sátrapa Trump, apuntalado por Bezos, Zuckerberg, Elon Musk y otros oligarcas supremacistas como los componentes de la llamada 'Mafia del PayPal' (Peter Thiel, Reid Hoffman, Luke Nosek, Ken Howery, Keith Rabois), asesta un duro golpe al estado de bienestar, eliminando departamentos e instituciones que sostenían los pilares básicos de las políticas sociales. El propio Musk se ha convertido en el responsable del Departamento de Eficiencia Gubernamental, precisamente con ese objetivo: acabar con la Administración Federal. Este grupo asesor ha sido el principal soporte económico de la campaña de Trump. Algunos de ellos, como David, Sacks y Roelof Botha o el propio Musk, con raíces en el movimiento del 'poder blanco' en Sudáfrica, que crecieron en ese país convencidos de que eran una raza superior, hoy son poderosamente influyentes en 'la nueva política': atravesada por autoritarismo, ultraliberalismo y racismo.
No extraña que exista una corriente de animadversión a las instituciones democráticas y a la población inmigrante, utilizada como chivo expiatorio sobre el que descargar todas las culpas, ignorando y ocultando el potencial que tiene la inmigración, a nivel demográfico, económico, social y cultural en los territorios de acogida. Esta corriente es muy preocupante porque ese 'lobby' controla los mecanismos de información más importantes y no duda en utilizarlos desinformando a la ciudadanía mediante bulos. Sería como la versión trumpiana de la película 'No mires arriba', dirigida por Adam McKay, donde un mar de sobreinformación no deja ver la realidad de una más que previsible catástrofe de la que, naturalmente, se salvan unos pocos privilegiados entre los que, por supuesto, están el constructor de cohetes espaciales y la presidenta. La realidad supera a la ficción.
Esto es posible cuando una sociedad está adocenada, adormecida y se muestra insensible ante la gravedad de la involución a la que se está llegando. Una ciudadanía más pendiente del próximo capítulo de su serie favorita que de indignarse y movilizarse ante situaciones que socavan los derechos de ciudadanía, de participar activamente en la mejora de la sociedad, no limitándose a emitir un voto cada cuatro años.
A determinados sectores políticos y sociales les conviene una población dividida y enfrentada que no piense, no participe, no pregunte, se desentienda de la política 'porque todos son iguales', utilizando a pseudomedios de comunicación para falsear la realidad con noticias interesadas y bulos que socavan la confianza en las instituciones democráticas. Esto ocurre en una sociedad en donde los discursos políticos y educativos ocultan todo un proceso complejo de estructuración social, un modelo de sociedad sujeto a las leyes de la oferta y la demanda. Por eso, no sólo en Estados Unidos, sino en la vieja Europa, peligra el estado de bienestar, poniendo las bases de una sociedad en la que no todos puedan participar en igualdad de condiciones, ni todos tengamos los mismos derechos de ciudadanía.
Es ineludible estar preparados para actuar ante los discursos de odio, los que se enarbolan frente a una persona que ha nacido en España, que ha estudiado en un colegio español, en una universidad española, que tiene reconocido un título español..., pero a la que 'se le recuerda' el hándicap de la procedencia de su familia a la hora de ser seleccionado para ejercer una profesión, aquí, en su país de nacimiento, porque su nombre es Hassan y su apellido Naïr, importando poco que su identidad sea española y él mismo se sienta ciudadano español. Alumnos que han pasado por nuestras aulas nos lo cuentan descorazonados. Contra esos prejuicios hay que luchar, recordando que la diversidad es un factor de riqueza y que es necesario a través de la educación evitar la segregación, trabajando por la convivencia intercultural.
Puede que aún haya motivos para la esperanza en la construcción de una sociedad para todas y todos, sin discriminación, respetuosa con la diversidad de las personas y los territorios. Debemos creerlo porque existen diversos actores sociales nacionales e internacionales que trabajan por el impulso de políticas de responsabilidad social y sostenibilidad, políticas de integración y convivencia intercultural, por una educación inclusiva transmisora de valores y no solo conocimientos, por el respeto y cuidado del medio ambiente, el apoyo a las comunidades científicas, académicas, intelectuales y artísticas, haciendo pedagogía sobre la necesidad de aumentar los impuestos para construir carreteras, hospitales, escuelas...
Hoy, más que nunca, debemos promover una educación democrática e inclusiva que garantice el derecho de todas y todos a recibir una formación de calidad basada en los principios de igualdad, equidad y justicia social, garantizando la inclusión y la participación de cualquier persona, independientemente de su color, credo u origen.
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