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La próxima pandemia, alerta el sociólogo e investigador de la Universidad de Murcia Juan Carlos Solano, será la soledad. La crisis sanitaria empieza a ... tener efectos visibles en las curvas demográficas, y después del brutal incremento de mortalidad anotado en enero, es previsible que la esperanza de vida de los murcianos descienda por primera vez desde la posguerra española.
–Si comparamos los datos de enero de 2020 con los de enero de 2021 vemos que el número de fallecimientos ha aumentado un 24%. Es una cifra lo suficientemente elevada como para que tenga impacto en la curva demográfica...
–Los datos demuestran que, por unas cuestiones u otras, durante las dos primeras olas, la pandemia no tuvo tanto efecto en la mortalidad como en otras comunidades. En el primer semestre del año 2020 el impacto fue casi nulo, con una incidencia relativa en términos demográficos. En el segundo semestre se prevé que tampoco haya generado cambios de peso, aumenta un 4%, un poco más de lo normal, pero no es un crecimiento drástico como el que se ha dado en Madrid, Cataluña, La Rioja, País Vasco... Por eso los datos de enero evidencian que la Navidad nos ha hecho mucho daño, y ahora sí nos encontramos con un incremento sustantivo de la mortalidad. Entre enero de 2020 y el mismo mes de 2021 hay un incremento del 24%, y ese sí es un dato muy preocupante. Esa mortalidad se ha concentrado en los mayores de 65 años en un 87%. No es de extrañar porque la mortalidad siempre se concentra en esa edad.
FACTOR ESTRUCTURAL «La Región tiene una población más joven que la media y, sin embargo, la esperanza de vida saludable es la más baja de España»
CONSECUENCIAS DE LA PANDEMIA «Cuando apelamos al papel del estado del bienestar y no hay respuesta, se produce una desafección del Estado»
MORTALIDAD «No sabemos aún qué porcentaje es achacable a la Covid y cuál al retraso en los diagnósticos, la falta de seguimiento de otras patologías...»
–Ese dato, ¿tendrá impacto en la esperanza de vida de los murcianos?, parece inevitable.
–Si esto se prolonga en el tiempo, sí. Hay que esperar, pero si se prolonga veremos un descenso de la esperanza de vida. No estamos hablado de descensos muy destacados, quizá unas décimas, algún año. El impacto es menor en la medida en que la mortalidad se concentra en las etapas más altas de la pirámide de población. No sabemos qué parte de esa mortalidad es efecto de la Covid, y qué otra parte es producto del descenso de los diagnósticos, retrasos en la atención, falta de seguimiento de enfermos de otras patologías... es posible que perdamos esperanza de vida. No auguro que sea una gran pérdida, pero sí un punto de inflexión: desde la posguerra hemos ido creciendo sistemáticamente todos los años hasta tener una de las mayores del mundo. En Murcia es de 82,7 años, y en España de poco más de 83.
–Hay un factor estructural llamativo: la Región es una de las comunidades españolas más jóvenes, pero a la vez su esperanza de vida saludable es la más baja de España.
–La esperanza de vida saludable es un indicador subjetivo que utiliza la percepción del ciudadano sobre sus condiciones de vida. Se les pregunta si tienen alguna limitación o achaque. La esperanza de vida saludable en Murcia es la más baja de España, con 55 años, y Cantabria la tiene en 71 años. La diferencia es enorme. La media en España es de 63,2 años, casi siete años por encima de Murcia. En un informe sobre esta cuestión que hicimos para el CES recomendamos que se realizara un estudio epidemiológico de Murcia que estudie la sobremortalidad a partir de los 45 años y que explique cuál es la causa. Es extraño cuando es la quinta comunidad con menor envejecimiento, y habría que averiguar por qué.
–¿Qué otros efectos ha tenido la pandemia sobre la demografía?
–Que se frene la esperanza de vida es recuperable en una sociedad avanzada, no tiene que ser un problema. Pero hay otro efecto importante de la pandemia, que es el freno en el crecimiento natural de la población. La Región es la que más ha crecido en términos vegetativos en el primer semestre del año. Pero las circunstancias han cambiado; las condiciones económicas son difíciles, tener hijos es una decisión personal y meditada, y si se frena el crecimiento vegetativo, frenamos el crecimiento demográfico de la población. La consecuencia va a ser una aceleración del proceso de envejecimiento de la Región. Pasará igual en toda España. En los últimos años hemos compensado el crecimiento vegetativo negativo con la inmigración. Si el exceso de mortalidad se mantiene afectará a todos los tramos de la vida social: los matrimonios han bajado un 58%. Además, vivimos una época de revolución reproductiva, nos morimos poco y tenemos pocos hijos, y hay una participación de todas las generaciones en el trabajo reproductivo. Los abuelos también forman parte del proceso de crianza de los nietos. Pero si desaparecen los abuelos, si ya no es fácil conciliar, será más difícil.
–La pandemia nos ha puesto frente al espejo como sociedad. ¿Qué cambios aprecia?
–Está afectando a las relaciones sociales. Somos seres sociales hasta el extremo, y el distanciamiento nos afectará al estado de ánimo y a la forma de enfrentarnos a los problemas, habrá más depresiones, más divorcios, más violencia de género... Pero para que haya cambios sociales las pautas deben ser recurrentes, y los valores sociales están muy arraigados.
–Se escuchan dos hipótesis: que saldremos más reforzados como sociedad, y que el individualismo repunta...
–Todas las crisis generan luces y sombras. Saldremos reforzados, hay ejemplos de solidaridad todos los días que nos dicen que tenemos una sociedad bien construida; pero también encontramos elementos negativos, como los brotes xenófobos, la culpabilización al inmigrante porque se contagia, el rechazo a las personas que van a trabajar estando enfermas porque si no, no comen... Hay luces y sombras. Cuando el ciudadano reclama el papel del estado del bienestar, y no responde, se genera un proceso de desafección hacia el Estado. Lo vemos en los hosteleros, que piden ayudas cuando están viviendo situaciones complicadas. Si no se apoya a la gente y a las empresas, a las pequeñas empresas, y a los ciudadanos, se genera un caldo de cultivo de esa desafección por lo público, que facilita que los populismos más extremistas campen sus anchas.
–Hemos multiplicado las divisiones entre nosotros: entre los sanos y enfermos, entre quienes tienen patologías, los vacunados, los de riesgo...
–Cada vez hay más categorías, pero muchas pueden ser coyunturales. Pero cuando las diferencias las empezamos a justificar y las institucionalizamos, ya se convierten en desigualdades. El caldo de todo esto es el miedo, la incertidumbre. Nunca habíamos tenido una certidumbre vital como la que disfrutábamos. Y cuando llega una crisis como esta, esa certidumbre se quiebra, y el miedo saca lo peor del ser humano.
–La pandemia nos ha obligado también a tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad, que nos define; somos seres interdependientes y vulnerables.
–Somos muy vulnerables, siempre hemos vivido muy bien y esta incertidumbre nos afecta. Vivimos en una sociedad del riesgo y, a la vez, globalizada a interconectada.
–¿Cómo valora la gestión que se ha hecho de las residencias en plena crisis? ¿Hay que revisar el modelo?
–En términos generales no han funcionado, no han tratado bien a los trabajadores ni a los residentes. Esta pandemia nos ha enseñado que habría que medicalizar parte de los centros para mayores para que reciban una mejor atención.
–Hemos tomado conciencia de la soledad y el aislamiento de miles de ancianos.
–La soledad será la próxima pandemia. Vamos a vivir más tiempo, y una parte importante de nuestra vida la pasaremos solos y a una edad avanzada. En los países escandinavos es frecuente que se encuentren personas mayores que llevan tiempo fallecidas. Aquí es distinto. La familia sigue teniendo más peso, pero nos encontraremos con que en el futuro los hogares unipersonales estarán ocupados en su mayoría por personas mayores, y la soledad va a hacer mella en su salud mental e incluso en la esperanza de vida. Siempre que no pongamos remedio, claro.
–La pandemia de la Covid ha aflorado desigualdades, como la brecha educativa.
–Si esto se prolonga más tiempo, afectará a las clases trabajadoras, y se generará mayor brecha entre los alumnos, abocados al fracaso en mayor medida que quienes tienen acceso a medios digitales. La pandemia está acrecentando las desigualdades, las clases trabajadoras del sector servicios han perdido el 30% de su capacidad económica. En términos económicos, a Madrid le impacta menos la Covid porque tienen un porcentaje mayor de población con empleos cualificados susceptibles de ser realizados con teletrabajo, y esa tasa es mucho menor en Murcia. En una estructura productiva como la de la Región, el cierre de la hostelería, el parón del turismo y del pequeño comercio tiene una repercusión mucho mayor. Hay que apostar por una transformación del sistema productivo. No podemos seguir siendo competitivos solo en agricultura.
–¿Qué cambios en los modelos sociales podemos esperar?
–Creo que habrá más familias monoparentales. El divorcio va a hacer estragos, también por la crisis económica. En Murcia quizá menos porque los hogares son más grandes, y aún no es una sociedad envejecida. También habrá cambios por la ausencia de los abuelos como apoyo en la crianza.
–Adela Cortina advertía hace unos días de que el futuro se prepara cultivando el presente, y apreciaba que finalmente tampoco hemos cambiado nuestras actitudes como sociedad.
–Cuando empezamos a ver aquellas de fotos de Murcia sin polución pensaba: 'qué bonito, pero qué poco va a durar'. Y lo hemos visto. En cuanto hemos vuelto, el transporte público ha sido uno de los primeros afectados, y en lugar de haber más autobuses hay menos.
–También pensábamos que habíamos redescubierto la solidaridad, y en cuanto ha empezado la vacunación hemos visto actitudes poco empáticas.
–Somos seres humanos; a veces por desconocimiento y otras por maldad, somos egoístas. Se debería fomentar la formación en valores universales, haría falta un curso de empatía para toda la ciudadanía.
–¿Nos creemos la revalorización de la ciencia?
–La ciencia es la gran directora de nuestra vida, pero a la vez han cogido fuerza los bulos, las 'fake news', la anticiencia. Yo estoy haciendo un trabajo con mis alumnos, 'buleando', en el que les invito a refutar o desmentir un bulo. Tienen que investigar la fuente, las motivaciones, contrastarlo con datos... La ciencia ha cobrado protagonismo, pero también sus antagonistas.
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