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Antonio Murcia se quedó de piedra cuando en febrero de 2023 un análisis rutinario reveló que su nivel de PSA (antígeno prostático específico) llegaba a ... 23,9. «Era una cifra altísima, tanto que mi médico también se sorprendió y me repitió la prueba. No había sentido molestias de ningún tipo, era algo que no me esperaba», recuerda. El indicador era alarmante, y había que correr. Fue derivado a La Arrixaca, donde le realizaron biopsia y pruebas de imagen. El diagnóstico no fue alentador: tenía «un cáncer de próstata de grado alto». Se sometió a una extirpación completa de la próstata, realizada por cirugía robótica. Desde entonces, sigue un tratamiento hormonal, una pastilla diaria que afortunadamente tolera muy bien.
Con 73 años, este antiguo comercial de Repsol ha recuperado su vida. Por las mañanas camina unos 45 minutos, desde su casa en el barrio de San Antón en Murcia hasta el Infante, donde desayuna con su cuñado. Después hace la compra y, por la tarde, sale a pasear con su mujer. Dos días a la semana practica deporte con la Fundación Never Surrender, dedicada al fomento de la actividad física en pacientes de cáncer. Tiene también una huerta que cuidar. «Aunque ahora no tengo muchas ganas», bromea.
Con la perspectiva que dan estos dos años desde aquel diagnóstico que le dejó conmocionado, Antonio ofrecerá este viernes su testimonio en el III Congreso de la Asociación de Cáncer de Próstata (Ancap), que se celebra en el Hotel Sercotel Amistad de Murcia bajo el lema 'Sin filtros'. Quiere, sobre todo, dar las gracias al equipo que lo trató, a su familia y a todos los que le han apoyado en el trayecto.
Pero también hay cosas que reivindicar. La intervención con el robot Da Vinci a la que se sometió Antonio tenía la máxima prioridad, dado lo avanzado de su cáncer. Esto significa que debía realizarse en el plazo de un mes. «Mi urólogo me advirtió de que había que actuar antes de que se extendiese más, pero me incluyeron en lista de espera y al final se pasaron dos meses. Me recorrí La Arrixaca hasta que conseguí que me operasen», lamenta.
Los pacientes reclaman más agilidad en los diagnósticos, las pruebas y el acceso a los tratamientos. A Rafael Rosa, de 72 años, le detectaron el cáncer hace ya 8, y el diagnóstico precoz le salvó de muchas complicaciones. «Tuve mucha suerte. Mi mujer es enfermera, trabajaba en La Arrixaca y yo me hacía mis análisis periódicamente. Pasé por 28 sesiones de radioterapia y un tratamiento hormonal que ya terminé. No necesité cirugía», relata. Por eso, Rafael participará en el congreso para reivindicar un cribado poblacional que cubra a todos los hombres a partir de unos 50 años, y «antes de esa edad si hay antecedentes familiares». La asociación Ancap defiende este plan preventivo, que sería similar al de mama, con pruebas periódicas. Se trata de una medida sobre la que no hay a día de hoy consenso científico. El Plan Europeo de Lucha contra el Cáncer recomienda implantar programas piloto que permitan comprobar diferentes opciones para evaluar su eficacia.
Los testimonios que se escucharán mañana en el congreso de Ancap buscan, sobre todo, «derribar barreras como la vergüenza, el miedo o la desinformación». La asociación se mira en el espejo de las mujeres que hace ya años dieron un paso al frente para visibilizar el cáncer de mama. En el caso del cáncer de próstata, sigue pesando cierto «estigma», en parte por los efectos que los tratamientos pueden provocar en la función sexual y también por los valores culturalmente asociados a la masculinidad, reflexiona Irene Lorente, psicóloga de Ancap. «Hay una masculinidad tradicional que nos ha enseñado que el hombre es fuerte, no se queja, no llora. La sociedad ha educado al hombre para que no lo manifieste. Es uno de los motivos de la creación de Ancap: dar visibilidad a esta enfermedad y ayudar a que los hombres se unan y compartan sus experiencias», explica. De los movimientos que han visibilizado el cáncer de mama han aprendido lo importante que es dar voz a los pacientes para avanzar «en prevención, investigación o apoyo psicosocial».
Antonio tuvo claro que debía abordar de frente la enfermedad. «Vivo en un edificio con 165 vecinos, y yo creo que prácticamente todos saben lo que tengo. Me preguntan, se interesan por cómo estoy», resalta. Rafa Rosa coincide. «Hay a gente a la que le da vergüenza hablar, no quieren que se entere nadie. Pero eso no trae nada bueno», advierte. El apoyo de la pareja y la familia se convierte en vital. También el del resto de la sociedad. Por eso mañana sus voces se escucharán alto y claro en el congreso de Ancap.
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