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CARLOS BENITO
Jueves, 12 de junio 2014, 13:14
2005 fue muy importante para Rafa Nadal. Lo empezó en el puesto 50 del ránking de la ATP, en la línea de las dos temporadas anteriores, pero a la altura de julio ya se había aupado hasta ese top 2 donde ha logrado mantenerse durante prácticamente el resto de su carrera. Además, aquel año, el tenista manacorí se dio cuenta de lo que quería hacer con su vida, más allá de algo tan inmediato como convertirse en uno de los mejores jugadores del mundo: acudió a disputar un torneo en la India y se le quedó grabado todo lo que iba viendo entre el hotel y las pistas, una realidad muy alejada del entorno acomodado que suele rodear a una estrella del deporte. El Nadal de 19 años observó la miseria, se compadeció de aquellos niños andrajosos del otro lado de la ventanilla y tomó una decisión concluyente: «Yo, que soy un privilegiado, tengo que devolver parte de lo que recibo».
Con esas palabras lo resumiría él mismo tres años después, cuando, después de largas conversaciones con su madre para decidir la mejor manera de canalizar su aportación, presentó al mundo la Fundación Rafa Nadal. «Es el principio de mi futuro», aclaró, porque la entidad es la tarea que se tiene reservada para cuando la edad o las circunstancias le aparten de la alta competición. Ya ahora, pese a las exigencias de su agenda, procura estar pendiente de cómo evolucionan las distintas acciones solidarias que lucen su nombre: «Él se implica totalmente, está enterado de todo y no hacemos nada sin que le haya dado el visto bueno. Visita todos los centros cuando puede, aunque en un futuro tendrá todavía más presencia», resume su madre, Ana María Parera, presidenta de una fundación con un marcado espíritu familiar: Sebastián Nadal, el padre, ejerce de secretario, y Xisca Perelló, la pareja del deportista, es la directora de integración social y se ocupa de valorar las necesidades de cada proyecto.
Ana María es una figura particularmente importante, no solo por su actividad al frente de la fundación, sino también porque su inspiración alentó la iniciativa: el propio Rafa ha explicado que fue su madre quien le enseñó a auxiliar a los desfavorecidos, aunque ella prefiere quitarse importancia: «Yo no he hecho nada especial. Todos los padres hacemos lo mejor que sabemos para educar a nuestros hijos: es un día a día. Yo no tengo ningún mérito, porque a Rafael le hemos dado la misma educación que hemos recibido».
¿Y qué le aporta la actividad humanitaria a alguien como él, que lo tiene todo?
Le aporta mucho. Es como tocar con las narices en el suelo y darse cuenta de la suerte que ha tenido. Todos los que tienen la posibilidad de ser referentes deberían dar la cara y ayudar un poquito, porque es al juntarnos todos cuando verdaderamente podemos hacer algo: no es necesario marcharse a la India, se puede ayudar aquí mismo.
El trabajo de la fundación, de hecho, se reparte entre el país asiático y ese aquí mismo, también tan necesitado. Actualmente, hay más de medio millar de niños y adolescentes participando en los tres programas que mantiene activos, en colaboración con otras tantas entidades. Dos de ellos se desarrollan en España: Integración y deporte, junto a Aldeas Infantiles SOS, se orienta a menores en riesgo de exclusión social, a través de centros de día donde se les proponen distintas actividades, no solo deportivas, mientras que Más que tenis, a medias con Special Olympics España, brinda entrenamiento a jóvenes con discapacidad intelectual en once provincias, como Málaga, Murcia o Valladolid. Ambos obran el prodigio de que chavales con problemas se vayan abriendo poco a poco a sus compañeros, adquieran destrezas sociales, hagan suyos los valores vinculados al deporte y sientan nacer en ellos una nueva ilusión: «He mejorado mi golpe de derecha, ¡soy casi como Federer!», resume Alejandro Bonilla, uno de los muchachos de Más que tenis, que con una tarde de entrenamiento a la semana ha logrado mejorar su capacidad de atender y concentrarse.
A esa actividad se suma el centro educativo que las fundaciones Rafa Nadal y Vicente Ferrer inauguraron hace cuatro años en la región india de Anantapur, y que desde entonces ha ido creciendo hasta atender a más de 200 pequeños. Los niños practican el tenis en sus cinco pistas disponen incluso de luz eléctrica, un lujo casi inconcebible que les permite evitar las horas de calor extremo, aprenden inglés e informática y reciben cobertura nutricional y sanitaria. La mayoría pertenece a familias con recursos muy escasos y algunos acumulan desventaja sobre desventaja: hay, por ejemplo, niñas de la casta más baja que sufren alguna discapacidad intelectual.
«Allí el deporte sirve como herramienta de integración. Tenemos niños de diferentes castas, pero la mayoría son intocables, de manera que otros, aunque quizá no tengan más dinero, no quieren relacionarse con ellos. Y, en cambio, en el centro están jugando juntos niños y niñas de distintas castas. A corto plazo, eso les hace sentirse iguales a los demás; a largo, resulta muy positivo culturalmente para las familias ver cómo se relacionan. Y además, por supuesto, se lo pasan muy bien, van con mucha ilusión», analiza Ana María Parera. La madre de Nadal visita todos los años las instalaciones y ha tenido ocasión de conocer las casas de algunos niños, recintos mínimos con suelo de tierra que carecen de electricidad y agua corriente. «Impresionan las circunstancias en las que viven estas familias, y aun así te lo ofrecen todo, te agradecen muchísimo lo poco que haces se admira. Los niños valoran una sonrisa, un beso, todo».
Los diablillos de Rapthadu
«El tenis, además de salud, les aporta valores como el respeto, la cooperación o el sacrificio. Además, hemos viajado con ellos y han podido descubrir otras formas de vida», explica el tenista canario David Paniagua, que ha pasado un año en Anantapur como coordinador de la escuela de tenis del centro. De allí se ha traído el recuerdo imborrable de críos como Dilip, con su inglés de ametralladora y un viejo baúl de hierro en el que guarda cuidadosamente el tesoro de sus diplomas, o Pavitra, la niña con microcefalia que se ha integrado en el proyecto, o los veinte de Rapthadu, un grupo de diablillos temerarios que caminaban por el arcén de la autopista los tres kilómetros que les separaban del centro, hasta que les pusieron un bus. «El tenis es superelitista en la India y la mayoría de estos niños son muy pobres. Cuando les regalamos el uniforme, algunos estuvieron un mes con la misma camiseta. Y las zapatillas, ni te cuento, porque normalmente van descalzos».
A David Paniagua le asombró el celo obsesivo de los pequeños por no perder las pelotas que usaban en los entrenamientos, tan valiosas para ellos: cuando las renovaron, las contaban y recontaban tras cada ejercicio, para comprobar que no faltase ninguna de aquellas espléndidas bolas recién estrenadas. Y también le ha quedado un gran recuerdo de la visita de Ana María y Xisca al centro: «Conociendo a la familia, te das cuenta de que para Nadal era casi inevitable acabar haciendo algo así, porque se trata de personas humildes, sencillas y cariñosas. ¡No le quedaba otro camino!».
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