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Cuántas vidas caben en una mochila. Qué coge uno cuando sabe que tiene por delante miles y miles de kilómetros hacia la nada. Hacia ninguna ... parte. Hacia algún campo de refugiados donde será gente sin nombre, sin propiedades, sin casa. Quizá pierda a la familia por el camino. Quizá no llegue. Quizá consiga cruzar a Europa y allí muera de frío... Cuántas de esas vidas que migran y acaban en un limbo se pueden conocer en un viaje, en dos, en tres. ¿Y en diez? Solo el cura Joaquín Sánchez sabe cuántas vidas caben en diez viajes, a cuántos refugiados ha conocido en los cinco años que lleva moviéndose por esos campos «de concentración; porque aunque allí no haya exterminio, sí son de concentración: la gente se concentra en espacios pequeños donde la comida es escasa y vomitiva», explica el sacerdote.
Cinco años y una decena de viajes acumula junto a sus compañeros de la Asociación Amigos de Ritsona. Él por su cuenta comenzó yendo a los campos de Katsina (Nigeria). «Compartí tanto dolor y tanto sufrimiento humano que, al volver, empecé a dar charlas y a comunicar lo que había vivido. Fue así como la gente se me unió a los viajes. Yo tenía previsto ir a Ritsona, y fue el primer sitio al que acudimos como asociación». Entre otros, también han visitado lugares como Lampedusa (Italia) y Lesbos, Atenas, Inofitas y Moria (Grecia). Pero todas sus palabras son insuficientes para contar lo que ha vivido en ellos, las vidas que se ha traído en el corazón, las caras que no ha vuelto a ver, las que sigue viendo «desde hace tres años viviendo en esas condiciones».
De su último viaje, a Moria, los Amigos de Ritsona volvieron en Nochevieja. Dice Joaquín que en seis meses el campo ha duplicado su población y llega a los 20.000 refugiados. «Hay miles y miles de tiendas de campaña pequeñas hechas polvo, encima de palés para intentar aislarse de la humedad. Allí el frío es impresionante. Mueren de frío. No tienen agua ni luz. Solo hay tres médicos y no tienen más que ibuprofeno de 200».
Cada vez que los visitan, su misión es «compartir un trozo de vida con ellos el tiempo que vamos, y luego intentar con nuestra ayuda económica que la vida sea mejor. Hemos compartido 9.000 euros con ellos, ayudándoles con la compra de calzado, medicina y ropas». Pero el auxilio que ellos les pueden proporcionar tan solo es una parte de su labor, porque Joaquín y los suyos se han convertido ya en «la esperanza» de muchos refugiados. «Ellos agradecen que vayan voluntarios, pero la mayoría van solo una vez y ya no vuelven. Y lo entienden, pero les llena mucho ver que nosotros seguimos yendo a verles. Con muchos de ellos hemos creado verdaderas relaciones de amistad».
En su mochila llena de vidas, Joaquín guarda muchas historias. Madres que han visto morir a sus hijos sin poder hacer nada por salvarlos, hombres que huyeron por negarse a matar a sus vecinos, verdaderas tragedias ante las que Europa «mira hacia otro lado. Para mí es incomprensible que existan campos de refugiados en Europa en las condiciones en las que están. Allí desaparecen menores no acompañados porque a nadie les importan. Todos saben que se trafica con ellos, para órganos o abusos, pero la Policía que se supone que vigila los campos, pasa. Nadie hace nada... Una vez uno de ellos me dijo: 'Aquí nos tienen enjaulados; nos tratan como a animales; nos convierten en eso'. Es desgarrador».
Para él, que se ha propuesto transmitir al mundo la realidad de los refugiados, la solución es sencilla: «Tenemos que presionar para que las guerras terminen. Huyen de los bombardeos, de la miseria, del hambre... Europa para ellos es una vía de escape temporal, pero lo que quieren es volver a su tierra y te lo dicen. Además, tampoco quieren que nadie les regale nada: quieren trabajar. Son gente con un nivel cultural, una educación y una conciencia cívica muy altos. Te sorprende al principio, no te esperas que sean tan cordiales».
Por todo lo que ha vivido junto a ellos, este cura tiene claro que «rechazamos a los refugiados porque no los conocemos. Levantamos el muro del miedo, de la amenaza, y se nos olvida que lo único que han tenido es mala suerte, que de pronto empezaron a caerles bombas y no sabían por qué caían». Y aunque su asociación recoge donaciones, él no pide dinero, solo está empeñado en «que entendamos por qué vienen, que la inhumanidad y la indiferencia no tengan la última palabra. Si queremos un país de valores y principios, tenemos que tener una capacidad de acogida digna».
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