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Vienen los naranjos tapizando estos días de primavera el suelo. Sus heraldos son esos diminutos pétalos que, al morir, trasminan su alma balsámica e inundan ... de breves aromas las calles. Al menos, las calles donde crecen árboles tan murcianos. En otras, qué pena, proliferan los 'brachichitos'. O como se escriba tan horroroso nombre como árbol lo ostenta y como fue aquella gestión política de los jardines.
En las pedanías del campo, las flores de los almendros también proclaman que se acerca el buen tiempo, si es que existe algún tiempo malo en Murcia. Ahora andamos en Cuaresma. Y la Cuaresma murciana siempre huele a azahar. Donde quiera que uno esté. Pongo por caso la plaza de San Juan, en cuya parroquia manda el Rescate. El Pleno municipal, ya que del Esclavo escribo, acaba de concederle a su Hermandad la Medalla de Oro de la Ciudad. Por unanimidad de todos los grupos, que no es poca cosa en tiempos tan revueltos.
En esta tierra de dualidades y paradojas, el tiempo litúrgico más riguroso se vive con esa explosión de alegría y belleza que es nuestra primavera. De ella es imposible ayunar. Porque de hacerlo, sería una injusta y terrible penitencia.
Creo que los murcianos que observan estos días la Cuaresma (y son miles, aunque estos días cristianos tengan poca popularidad mediática) bien saben cómo acaba la Semana Santa: en la puerta de Santa Eulalia con el Cristo Resucitado.
El caso es que el ayuno de carne y ricos embutidos de la tierra provocó, tras el paso de los siglos, una fantástica gastronomía cuaresmal. Tan sabrosa y variada, que igual es más pecado comerse estos días un potaje de vigilia que un bocadillo de salchicha. ¿Y qué me cuentan del arroz y 'pava', pero 'pava' de La Arboleja, con sus tropezones de bacalao?
O de los garbanzos con 'pelotas', esos suculentos buñuelos del mismo pescado, a quien mi abuela añadía verdosos alcaciles y hasta macarrones. Sin olvidar el castizo monumento de la cocina local: la aletría (que antaño llamaban de rollo) con bacalao.
Otra dualidad incontestable: la muy humilde haba, esas habicas de ramillete que crecen en la Cuaresma, se convierten en los colmados en apreciados manjares. Si es que, con solo verlas amontonadas en un lebrillo a la puerta de La Pequeña, la de Miguel, por no salir de San Juan, a uno se le alegra el corazón.
Añadan a la carta las inimitables ensaladas murcianas, el zarangollo, las verduras a la plancha… Y de postre, buenos paparajotes y leche frita. Si después les queda hambre, como bromeaban en la huerta, solo puedo recomendarles… una bala de paja.
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