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De Yecla, con Juan Oliver, al cielo
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De Yecla, con Juan Oliver, al cielo

ELENA CONDE GUERRI

Jueves, 6 de marzo 2008, 01:41

No sé cómo sería Yecla al despertar del siglo XVIII, generoso en Europa hasta casi la provocación en arpegios, partituras, arquitecturas palatinas y corsés de seda hilvanados con literaturas de recámara y con mecenazgos. No tengo ni idea, pero sí sé, con melancolía, que la Corte española danzaba en las todas dichas bellas artes bastantes pasos detrás de las europeas. Yecla se acostaría y levantaría desperezándose entre el vino y la seda a la sombra de la torre de la Asunción, donde yo imagino todo azul, azul luminoso de Purísima intuída y azul agrisado de arcabuces roncos en el secano helador. Imagino e imaginemos. Estas líneas son para eso. No persiguen componer un pequeño tratado ni de historia ni de musicología en el panorama de la época mencionada, porque todo eso ha sido ya hecho y con un acierto y una profundidad indiscutibles. Luego mencionaré. Yo persigo imaginar disfrutando para, quien quiera, haga lo mismo en compañía de Juan Oliver Astorga.

Se dice que estamos en campaña electoral y que los diversos candidatos afilan sus encantos y sus estrategias en las horas finales. No teman, que Oliver Astorga no es un nuevo candidato que corra hacia las urnas ya en el toque de queda. Bastante oneroso resulta para la mayoría seguir con los sentidos abiertos el lógico monopolio informativo. Juan Oliver iba por otros derroteros, los de la música y su composición. A priori, es bastante más reconfortante. La música es arte, es deleite, es ciencia y es también relax. Despierta el orgullo de la tierra saber y comprobar que tal compositor nació en Yecla en 1733 y surge también el desconcierto. ¿Qué genes entre prodigiosos y juguetones encerraron en él tal inspiración y qué voluntad de hierro tuvo para desarrollarla plenamente en una sinfonía itinerante que le hizo recalar en los más sagrados círculos musicales de Europa? En las décadas posteriores a la Guerra de Sucesión, que ratificó en el trono español a Felipe V, pero como toda guerra produjo también desconciertos y penurias, los padres de Juan se instalan en Yecla y es ahí donde el fruto de tarraconense y zamorana va tomando cuerpo, como el buen vino, hasta despertar su vocación musical. Algo tendrían que ver los caldos yeclanos, digo yo, pues sólo parece probable que los primeros estímulos sistemáticos vinieran de la música parroquial. No obstante, en el panorama coetáneo del antiguo Reino de Murcia hay hechos innegables que rehuyen la imaginación. La segunda mitad del siglo XVIII es prácticamente unívoca de Francisco Salzillo y eso significa arte, talleres, dinamismo intelectual, entusiasmo ciudadano, pugnas y vivencias y también riqueza. Algo tendría que ver aunque Oliver Astorga decidiese, hipotéticamente, marchar hacia Valencia atraído, dicen los estudiosos, porque esta ciudad contaba ya con «orquestas de violines únicas en España». Probado que Valencia era en este momento bastante más rica en la cultura e instrucción musical que Murcia, aunque yo prefiero imaginar que unas medias de repizco arrastraron al joven violinista desde aquí a Nápoles. De hecho, está ratificado protocolariamente que Juan Oliver Astorga firma en lengua italiana documentos en dicha ciudad en 1752.

¿A quién no le engancha Nápoles, antes, ahora y mientras la tierra siga girando? Nápoles es la bahía, es Mergellina y el Vesubio inerte pero pavorosamente recortado. Nápoles es la tarantella, la pizza genuina y el volante trapalón, pero es también la hija más soberbia de la llamada antigua Corona de Aragón y es arquitectura, lágrima barroca de las Madonna de medio cuerpo, como si quisieran velar esas sugerencias de cintura para abajo, y es también historia y música de arcano y noble mestizaje. La Nápoles que el compositor yeclano se encontró llevaba la huella de Domenico Scarlatti y respiraba también al son de Niccolo Jommelli, intendente musical en la ciudad de Stuttgart aunque napolitano. La tradición en estas décadas de que los músicos napolitanos viajasen y completasen su experiencia al servicio de los príncipes electores de Sajonia, posibilitó que Oliver Astorga iniciase su experiencia germana. Su larguísimo y fecundo viaje profesional no había concluido aquí. Inglaterra, concretamente Londres, fue escenario privilegiado de algunas de sus composiciones y es hermoso imaginar que sus Seis sonatas para violín y bajo, de 1767, fueran compuestas entre las redes de algún amor secreto aun dedicadas a Lord Abingdon.

Es manifiesto que nuestro músico y compositor yeclano había dignificado el nombre de su pequeño lugar de nacimiento por los santuarios musicales de medio mundo. Mérito indiscutible y merecido. Había interpretado y se había codeado con los inmortales, no hay más que repasar las biografías de las elites culturales de la Europa del mencionado siglo. Sin embargo, ya entrado en la madurez -pues vivió casi cien años- viró hacia España y se estableció en Madrid. La ansiada Corte, la suya. Vivió en la Cava Alta y fue nombrado violinista de la Real Capilla pero con escasa remuneración, la del séptimo violín. El dichoso escalafón, quizá proverbial en nuestra miope idiosincrasia burocrática, no corría en la proporción que lo hacían su virtuosismo y sus partituras. En los primeros años de 1800, Carlos IV y su Conde de Floridablanca, aun murciano, no eran particularmente sensibles a la cultura musical. Llegar a centenario comporta muchos inconvenientes, yo siempre lo he dicho.

El devenir de la historia de España preparaba todavía alguna que otra sorpresa a Juan Oliver. Tras la derrota de Napoleón en 1813 y la restauración absolutista de Fernando VII, el músico es tachado de afrancesado al igual que lo fueron muchos intelectuales del momento. Fijación de la historia, desde los tiempos de Pericles, identificar el intelecto y el humanismo, en su más amplio sentido, con la disidencia desestabilizadora. ¿Y dichoso siglo XVIII y su herencia, que fue el del pensamiento pero también el de la guillotina!

Imagino aquí y ahora un cuadro de entonces donde la piedad y el amor fraternal se funde con el olvido y la mezquindaz: Juan Oliver Astorga, peripatético del sublime arte de la música y colega en ejercicio que fue con los olímpicos de la profesión, se extingue como en un adagio muy, muy bajito en un humilde lecho de Madrid atendido por su hermana. En una pobreza y soledad absolutas, en una soledad tan solo sonora para sus recuerdos más íntimos. No pudo legar en su testamento ni siquiera una flauta pulida por el siglo, ni siquiera una cuerda de violín.

Desde hace unos pocos meses, Murcia ha reivindicado la memoria de este músico y compositor especialísimo. Imaginar es bonito pero podemos ya conocer, aprender y gozar con su vida y su música. Alejandro, Enrique y Manolo -así, por orden alfabético como las notas musicales en su justa partitura- lo han hecho posible. Otras personas han colaborado e ilustres entidades han prestado su patrocinio con todo entusiasmo. ¿Quién dijo que Murcia no seguiría dando sorpresas? Háganse con la grabación, dignificada y premiada, lean el estudio anexo y , sobre todo, deléitense escuchando y saboreando Pasión de Yecla, quinto movimiento de la Sonata II en Sol mayor. Será la mejor terapia como obertura al escrutinio.

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