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Cuando ya se han superado las 72 horas consideradas críticas para rescatar a los miles de desaparecidos bajo los escombros de los edificios derrumbados por ... el terremoto que sacudió el viernes Myanmar (Birmania) y Tailandia, la cifra oficial de muertos supera los dos mil (2.056) y hay más de 3.900 heridos. La web birmana DVB eleva el número de víctimas mortales a 2.928. Y crece. Los equipos de rescate, con la ayuda de perros y escasa maquinaria pesada, lograron ayer sacar a algunos supervivientes bajo los cascotes, entre ellos una mujer embarazada. Según la web independiente Myanmar Now, los crematorios no dan abasto. Muchas familias queman a sus seres queridos en hogueras clandestinas. El hedor de la putrefacción se respira en muchos barrios de la antigua Birmania.
«Las posibilidades de encontrar supervivientes son escasas», asumió el gobernador de Bangkok (Tailandia). En este país el número de fallecidos es mucho menor. Buscan sin cesar a 75 trabajadores atrapados en las ruinas de un rascacielos. Mantienen la esperanza. «En Turquía encontraron vivas a personas sepultadas una semana», alentó el gobernador de la ciudad, Chadchart Sittipunt.
3.900 heridos
y miles de desaparecidos bajo los escombros con consecuencia del seísmo que azotó el viernes esta zona de Asia. Muchos de los afectados sufren traumatismos graves y, ante la falta de medios, pueden surgir brotes contagiosos.
El seísmo de magnitud 7,7 que abrió la tierra el viernes en esta zona de Asia supuso el inicio de una catástrofe que continúa y que ha sumido en el caos, sobre todo, a Myanmar, un país muy pobre y dividido. A las restricciones impuesta por el régimen militar, incluido un toque de queda, se unen los cortes de electricidad e internet, temperaturas de 40 grados y la falta de agua potable y de médicos. Este cóctel letal agudizará la crisis humanitaria que viene. Para colmo, el servicio meteorológico anuncia la llegada de lluvias torrenciales. En estas circunstancias, la ayuda internacional es clave. Pero no es fácil acceder a un país que tiene los aeropuertos cerrados y muchas de sus carreteras destrozadas.
En Mandalay, la segunda ciudad de Myanmar con 1,2 millones de habitantes, muchos afectados no quieren volver a sus hogares. Hay réplicas del seísmo, algunas de magnitud superior a 5. Pasan las horas en los pocos parques de la urbe y en los patios de unos monasterios y templos que, en su mayoría, se han venido abajo.
El calor es sofocante y dificulta las labores de rescate. Aun así, entre las ruinas de un hotel los equipos de búsqueda lograron sacar a una mujer. También liberaron a otras cuatro personas de otro edificio, entre ellas, una embarazada y un niño. Todos están bien. En cambio, otra mujer embarazada falleció. Tuvieron que amputarle una pierna para librarla de los escombros y los rescatistas no pudieron salvarla. Por cada superviviente, aparecen cientos de cadáveres. Hay más viajes al cementerio que al hospital.
La Organización Mundial de la Salud ha pulsado el nivel máximo de emergencia. Urge la llegada de ayuda internacional en los próximos treinta días. Y alerta sobre la situación de miles de heridos, algunos con traumatismos graves y alto riesgo de infección. Sin luz ni agua potable, aumenta la posibilidad de brotes contagiosos.
Tampoco ayuda la situación política de Myanmar. La antigua Birmania lleva cuatro años sumida en una guerra civil tras el golpe de Estado de 2021. De hecho, la junta militar que gobierna ha ordenado una docena de bombardeos sobre zonas bajo control de las milicias rebeldes y que también se han visto afectadas por el seísmo. La ONG Info Birmania denuncia que en el reparto de ayuda humanitaria el Gobierno militar está dando prioridad a la capital, Naipyidó, y a zonas leales al régimen. Mientras, el reloj corre en contra de los miles de desaparecidos.
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