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Si la bajada de la Virgen puso a la ciudad en feria el pasado jueves, fue ayer cuando Moros y Cristianos levantaron sus mandobles y cimitarras para asumir el protagonismo de los festejos. Fue esta vez el consejero Economía, Hacienda y Empresa, Luis Alberto Marín, el encargado de poner las espadas en alto con la lectura del pregón de la fiesta en el principal escenario de la ciudad, el del Teatro Romea. En el desembocaron kábilas y mesnadas tras un pasacalles que arrancó en la plaza de la Cruz y que les permitió lucir, por primera, vez sus espectaculares atuendos por las calles del centro de Murcia.
Se integraba en él, junto a festeros y abanderadas, embajadores, reyes e infantes, el propio pregonero, para el que esta fiesta ha supuesto una parte más de su vida, y no una cualquiera. «He visto pocas familias que volvieran tan contentas de sus vacaciones veraniegas como la mía; lo que para el común de los mortales es volver cariacontecido porque se acababa el descanso y se volvía la rutina, se tornaba felicidad y alegría en mi casa», confesaba Marín al que fue ayer su público. Y es que se recuerda el consejero como adolescente «zascandileando por el campamento medieval», cuando este se ubicaba en el jardín de San Esteban, «el sitio natural de la fiesta en el que tan felices fuimos».
No en vano, es el consejero casi moro de cuna, con un padre que, de hecho, fue presidente de la Federación en los primeros años 90 e inculcó a su familia el amor por una celebración «indispensable en nuestra Murcia del alma» y que supone «un viaje en el tiempo que conecta a los murcianos con su pasado», «fomentando el amor por Murcia a través de sus tradiciones». Así, esta «responsabilidad de los festeros por mantener viva la memoria» se plasma en «una Murcia que se engalana para recibir a los murcianos que han ido a refrescarse a las orillas del Mar Menor y ofrecerle el mayor espectáculo histórico y cultural festero del año», destacó el pregonero.
Esta conexión emocional de Marín con la fiesta se deja traslucir especialmente en su relación de amistad con el actual presidente de la Federación de Moros y Cristianos de Murcia, Alfonso Gálvez, frente al que no pudo mantener «su resistencia inicial» y ante el que tuvo que capitular, aceptando el ofrecimiento para pregonar la fiesta. También se manifestó ese lazo indisoluble en el repaso cariñoso que hizo Marín por cada una de las ocho kábilas y mesnadas, poniendo, además, nombre y apellidos a muchos de los que trabajaron «sin descanso por la fiesta en sus albores» y a otros tantos, incluyendo a los actuales cargos, que siguen implicándose en su pervivencia y crecimiento.
«No debemos olvidar que nuestro legado cultural no es solo un reflejo del pasado, sino también un compromiso con el futuro», remarcó el pregonero, que incluyó a los Moros y Cristianos en ese póker identitario que forman junto a nazarenos, huertanos y sardineros. En relación a ese brillante presente y porvenir, calificó de «acertado» el traslado del campamento al disuasorio del Malecón, que permite ganar en «comodidad y accesibilidad». También aventuró «un próximo reconocimiento para la fiesta del Interés Turístico Internacional que nos merecemos».
«Estamos más vivos que nunca, somos más fuertes que nunca», ultimó Marín, antes de definir a los Moros y Cristianos como «historia, cultura, familia y tradición». «Festejad, disfrutad y vivid», concluyó, dirigiéndose a festeros y autoridades (incluyendo al alcalde Ballesta, y a las consejeras Conesa y Ruiz), para dar paso a la procesión festera que desembocó, a través de la Gran Vía, en un campamento que estrena acceso por Murcia Río. Allí se cerrará la fiesta en una semana, en una larga noche, justo antes de subir a la Virgen en romería. Hasta entonces, el protagonismo es suyo.
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