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Mujer contra mujer. Una defensa de la esfera privada
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Cotillear nos ayuda a entender cuál es nuestra posición socialMi generación es más de rímel que de 'eyeliner', por lo que aquella noche fue la primera en la que me pinté el rabillo del ... ojo. Y vaya rabillo. Era Carnaval y mi hato de fan de Camela me provocó una inesperada sensación de libertad. Decía Chesterton que en ocasiones los disfraces no nos disfrazan, sino que nos revelan. Así que ahí estaba yo, desvelando mi verdadero yo, choni admiradora de Ángeles y Dioni -sin reveses-. La performance era colectiva y mis dos acompañantes optaron por travestirse, porque el cambio de sexo es sin duda el principal atractivo del disfraz. No hay niño normativo que no lo haya hecho. Algunos adultos incluso se intercambian sus trajes de boda en el banquete -como hicieron mis suegros-. Yo misma también asistí a las bodas de oro de mis abuelos emulando a la Dietrich más dandy.
Esta semana ha comenzado PHotoEspaña 2023 y de entre sus más de cien exposiciones me quedo con 'Como un torbellino', una muestra de las obras de las fotógrafas noruegas Marie Høeg y Bolette Berg, que trabajaron en la ciudad de Horten, en el sur de Noruega, entre 1894 y 1903. Ambas compartieron estudio, editorial y hasta una sociedad secreta donde las mujeres luchaban por el sufragio y debatían sobre política. Pero si hoy las conocemos no es por ninguno de estos motivos. Su fama internacional se la propició el hallazgo de unas cajas de negativos marcadas como 'privadas' que se encontraron ocultas entre sus trabajos comerciales. Allí se las veía como la pareja que eran, jugando, fumando, bebiendo, acompañadas por su perro o sus amigos y, sobre todo, posando con bigotes falsos, ropa y actitudes tradicionalmente masculinas.
Explican desde la organización que Marie y Bolette «ya en el siglo XIX abordaron las cuestiones de género y desafiaron los roles y valores que la sociedad tradicional atribuía a hombres y mujeres», que transgredieron identidades y cuestionaron los ideales decimonónicos de feminidad. A ver, no estoy yo por la labor de tirarles la primera piedra, porque ellas fueron firmes defensoras de los derechos de las mujeres, pero estas imágenes nada tienen de especial en este sentido, puesto que pertenecían a su archivo estrictamente privado y por lo tanto no fueron usadas para ese fin. Por eso escribió Hannah Arendt en 'La condición humana' que «la distinción entre las esferas pública y privada, considerada desde el punto de vista de lo privado más bien que del cuerpo político, es igual a la diferencia entre cosas que deben mostrarse y cosas que han de permanecer ocultas».
En realidad, el mayor atractivo de estas imágenes reside en su carácter privado. Y nos interesan, entre otras cosas, porque el cotilleo mueve el mundo. Por eso yo empiezo cebando mis artículos con una anécdota personal. No es un asunto banal, cotillear nos ayuda a entender cuál es nuestra posición social. De hecho, el afán de cotillear está en el origen mismo del lenguaje humano. Lo explica muy bien el biolingüista John L. Locke en 'Eavesdropping. An intimate History'. Con la aparición de las paredes, el ser humano comenzó a sentir la necesidad de fisgonear, esto es, de interceptar un mensaje en el que no es ni el emisor ni el receptor. Hasta hoy. Así, estamos robando unas experiencias que no iban dirigidas a nosotros, porque la fotografía podía ser privada y consumirse en la estricta intimidad -a diferencia de hoy-. ¿Se puede entonces producir algún cambio social si las imágenes que desafían esos roles de género no se hacen públicas? ¿Puede haber transgresión en el ámbito privado? Sus fotografías son maravillosas, pero revisar ahora la vida de estas dos mujeres atribuyéndoles semejantes intenciones políticas a sus imágenes privadas no tiene sentido.
Es cierto que en su enciclopédica obra 'Historia de la vida privada', Philippe Ariès y Georges Duby supieron hacer ver cómo lo íntimo y lo cotidiano son fundamentales para entender la Historia. El matiz viene después; no creo que haya nada intrínsecamente meritorio en fotografiarse travestida en un archivo personal. Como tampoco lo hay en ser sorda y bollera. Ni creo que la labor de la secretaria de Estado de Igualdad sea hablar de orgasmos. Y es que con el afán de disolución de la distinción entre vida pública y privada auspiciado originalmente por el mantra feminista de «lo personal es político», llevado a extremos insospechados por nuestra conservadora izquierda, se está volviendo a deslizar la moral en los espacios privados, como en su momento propugnó la Iglesia. Mi tesis -de la mano de Félix Ovejero- es que esa supuesta ola reaccionaria no se está dando en España, se está dando en la izquierda. Y lo que opinen los demás está de más.
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