
Un país sin Paco Robles
IN MEMORIAM ·
Los editores andantes de Candaya han hecho brotar comunidades de lectores, han cosido las orillas de nuestro idioma, han abierto la puerta a autores imprescindibles...Secciones
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IN MEMORIAM ·
Los editores andantes de Candaya han hecho brotar comunidades de lectores, han cosido las orillas de nuestro idioma, han abierto la puerta a autores imprescindibles...Es de primero de candayología: el nombre de la editorial es cervantino, un reino fantástico por el que Quijano y Panza desfazen los entuertos del gigante Malambruno. Un soplo decididamente quijotesco puso a rodar el proyecto, allá por 2003. Es de segundo de candayología: el capital inicial surge de la venta del terreno en que Olga y Paco tenían planeado construir algún día una casa para retirarse.
En aquellas decisiones de hace casi veinte años ya estaba escrito lo que acaba de ocurrir, la muerte de Paco Robles en un frío lunes laborable de finales de enero. Trabajando en su editorial, junto a Olga. Y cuando digo 'trabajando' no me refiero a esas actividades de relaciones públicas, salseo y copas con que se suele confundir, por desgracia, la labor editorial. Me refiero a mucho curro, a infinitas lecturas, a rutas interminables. Editores andantes, Olga y Paco han hecho brotar en estas dos décadas comunidades de lectores a su paso, han cosido las orillas de nuestro idioma a base de idas y venidas, han abierto la puerta a autores imprescindibles. Pagándolo con su cansancio, con la renuncia a su retiro, un reino literario inolvidable ha podido existir para nosotros, sus lectores. También para los futuros.
No sé si los libros importan tanto. Después de toda una vida rodeado de ellos, no creo que aporten mucha felicidad. Ni sabiduría, tampoco, si entendemos por tal la capacidad de emitir juicios con aplomo y seguridad. A veces, cuando siento que pierdo la fe en la literatura o me atrapa un sentimiento de inutilidad, me gusta intentar imaginarme una vida sin libros, una sociedad no lectora en la que nadie ha abierto un Candaya ni Paco Robles ha firmado nunca ningún contrato. Y entonces los entiendo, a Olga y Paco. Y yo también me liaría la manta a la cabeza. Y me compraría un viejo taller de motos en lo que hasta hace poco era la Barcelona obrera y lo convertiría en la sede de la editorial independiente más importante del país. Y lo haría todo igual, todo igual que ellos. Y contaría los mismos chistes en voz baja que contaba Paco. Y ficharía a los mismos autores maravillosos. Y me recorrería media España acompañándolos por los circuitos más insospechados de librerías de provincia (sí, incluso esa circular de Murcia que lleva ese poeta barbudo que firma estas líneas).
Todo, todo igual excepto que tal vez yo sí habría enganchado de la pechera a Fernández Mallo el día que decidió darles de lado para irse a una multi, y le habría gritado: ¿Pero a dónde vas, insensato? ¿Cómo es posible que no te des cuenta de que la literatura está aquí, que son ellos, la llevan en el coche?
Por lo demás, todo igual. Hasta el lunes pasado. De haber podido. De haber sabido. Porque es verdad que los libros no parecen gran cosa. Hasta que te imaginas un país sin Paco Robles. Y entonces no dudas más.
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