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Manuel Enrique Mira, en el Real Casino de Murcia, esta semana. JAVIER CARRIÓN / AGM
«Amo a Murcia, y todo lo hago por ella»

«Amo a Murcia, y todo lo hago por ella»

Manuel Enrique Mira, escritor ·

El autor de 'La última llave' y 'El murmullo del tiempo', finalista del 50 premio de Novela del Ateneo de Sevilla, narra la vida de la judería de Murcia en un homenaje a Sefarad, la patria añorada

Sábado, 11 de mayo 2019, 01:44

En 2018, Manuel Enrique Mira (Murcia, 1944) fue finalista de la 50 edición del premio de Novela del Ateneo de Sevilla con una historia inspirada en la vida de los judíos de la aljama de Murcia: 'La última llave (Retorno a Sefarad, la patria añorada)'. Una investigación de cuatro años que Mira, autor del exitoso 'El murmullo del tiempo' (Algaida), ha novelado con el noble propósito de recuperar una historia que queda muy atrás en el tiempo. Ese cabalgar de siglos sobre la historia no ha borrado, sin embargo, la añoranza de los sefardíes hacia España, una querencia y un amor que ha sobrevivido y que Manuel Enrique Mira ha recuperado, con una sencilla y envolvente musicalidad, para deleite de sus miles de lectores en la Región. Este próximo martes, a las 19.30 horas, el autor presentará este libro, editado por Ateneo de Sevilla, en un acto en el Aula de Cajamurcia en Murcia, y estará acompañado por Antonio Botías y Consuelo Mengual.

-Un día usted iba caminando por Murcia, y se detuvo en una placa en la plaza Sardoy, con palabras de Torres-Fontes: «Esta plaza Sardoy fue centro de la judería y en ella estuvo ubicada, durante más de dos siglos, la principal sinagoga de las existentes en la ciudad. '... Un oasis de paz. En la ciudad, ni un solo judío sufrió muerte violenta a manos de cristianos, ni la judería sería asaltada o robada'». ¿Qué se le vino a la mente entonces?

-Ciertamente, nadie puede decir que Murcia no fuera un oasis de paz y que la judería fuera asaltada. ¿Sabes que esa placa ha desaparecido? Era de piedra, porque luego pusieron una de policarbonato con letras adhesivas, que no se ve nada, que comete un error gravísimo, pues dice que en el siglo XVIII había judíos, cuando no es así. Es una pena. Aunque Murcia no está en la red 'Camino de Sefarad', esta novela va a hacer que haya un itinerario urbano, y que se recupere la huella judía. [En el prólogo, «necesario», dice el autor, cuenta que sintió la curiosidad de saber cómo vivían, cómo sentían y amaban, cómo trabajaban y sufrían... y cómo se marcharon de España aquellos que habitaron por siglos la ciudad de Murcia, «que también era la suya, en esta España nuestra a la que llamaron después Sefarad». Indagó en su historia, buscó en archivos, visitó lugares y anduvo los caminos del destierro para concebir varias historias entrecruzadas de encuentros y desencuentros, de amistad y enemistad, «pero, sobre todo, contiene entre sus páginas la historia de un gran amor»].

«La historia de España no puede entenderse sin situar a los judíos en un primer término, decía Américo Castro»

-¿Por qué lo dedica a los Adatto?

-En la última entrega de los premios Princesa de Asturias habló el filósofo estadounidense Michael J. Sandel, que recibió el premio en la categoría de Ciencias Sociales, y dijo en su discurso que tenía una muy buena relación con España porque su mujer es también judía y ha pedido la nacionalidad española por ser sefardí. Ella se llama Kiku Adatto, y es catedrática en Harvard, como Michael. Yo la localicé a ella y le pedí permiso para dedicarle este libro. Habla español perfectamente, e inmediatamente me respondió, nos intercambiamos varios correos, y le dije que le quería dedicar este libro a su padre, Alberto Adatto, porque en el año 1992, en el 500 aniversario de la expulsión de los judíos de España, le pagó un viaje a Sevilla a todos sus hijos y nietos porque de allí salió su familia. [Sandel contó que «emprendieron camino a Estambul, donde vivieron durante generaciones en el Imperio Otomano. A principios del siglo XX, Alberto Adatto emigró de niño a los Estados Unidos. Su lengua materna era el ladino, el idioma judeoespañol escrito con caracteres hebreos. Kiku creció cantando canciones en ladino, todas muy románticas, y diciendo las bendiciones del Sabbat en ladino»]. Por eso es que 'La última llave' lleva esta dedicatoria: «A los sefardíes que tuvieron que abandonar Sefarad dejando aquí una parte de ellos mismos. Y a sus descendientes, como Alberto Adatto y su hija Kiku Adatto, que después de tantos siglos aún conservan su amor a España y la siguen recordando como el hogar añorado».

-Poca gente siente ese amor hacia España como los sefardíes, obligados a marcharse de su tierra querida, emoción que incluso es heredada generación tras generación.

-Me dijo un sefardí: «España fue una mala madre, pero, sin embargo, te amo». ¡Nunca han olvidado sus raíces! Américo Castro dijo que la historia del resto de Europa puede entenderse sin necesidad de situar a los judíos en un primer término, pero la de España no. El senador Ángel Pulido [promotor en 1904 de las campañas para restablecer las relaciones entre España y las comunidades sefardíes repartidas por todo el mundo] escribió, como digo en el libro: «... Oía a varios individuos, procedentes unos de Sofía, Adrianópolis y Philipópolis, y otros de Bucarest y Belgrado, y les oía, digo, hablar con una emoción tan intensa, con un estremecimiento de placer y de adoración tal de España, que hasta lágrimas saltaban de sus ojos, recordando los tiempos pasados y oyendo hablar a otros españoles en un idioma que creían que solamente ellos en aquellos sitios poseían». Es increíble ese amor que sienten, y para mí que ellos amen a España hace que en mí nazca amor por ellos.

-Esta no es una novela fácil de escribir. Cuenta cómo en una noche de tormenta, un fraile trinitario excomulgado -fray Francisco de Yecla-, confiesa sus pecados a otro fraile franciscano -fray Raimundo de Caravaca-. Esta historia se cruza con la vida de un joven médico judío: Tobí ben Haím, y nos va contando, tal y como señala, a su vez, la otra historia de aquellos años vividos: costumbres, vidas, profesiones, alegrías, incomprensiones, las consecuencias de la peste, la Inquisición, la expulsión, el exilio y la añoranza de Sefarad. Nombres reales y ficticios, lugares reconocibles en esa aljama en la que vivían 200 familias, un millar de individuos, en el centro de Murcia, y su periplo por el mundo, con distintos escenarios: Lorca, Córdoba, Lucena, Lisboa, Olivenza, Cartagena, Orán, Salónica...

-Yo llevo 40 años leyendo la Biblia, y eso me da un conocimiento como para hablar de los profetas. Hay tópicos heredados de la infancia, como que los judíos eran distintos a nosotros. Te das cuenta de que las cosas no son como nos las han contado. Yo descubro en ese barrio judío de Murcia que ahí hubo personas que como yo han vivido, han amado, han llorado, han reído... y a mí me sale esta curiosidad grandísima por ellos. Quería imaginar allí una casa, y quería que sus habitantes me hablaran. En 1492 concurren una serie de acontecimientos, como la conquista de Granada, de modo que la unidad de España se conseguía; el descubrimiento de América y la expulsión de los judíos. La grandeza de los dos primeros hechos ocultó la pobreza del tercero. Tuve conocimiento de que de Cartagena, que era una ciudad muy pequeñita, salieron quince barcos con judíos. Cada vez me emocionaba más conforme conocía más cosas. Me sirvió para descubrir mejor mi ciudad. La historia me entusiasma, y lo que he querido es devolverle a ellos algo que es de ellos. Si de alguna manera contribuyo quedo satisfecho.

-¿Es el amor lo que mueve la historia? Al menos, en esta sí.

-Aquí nos encontramos con varios amores. El de Tobí y Rebeca, el de fray Francisco de Yecla y Leonor, y el de Beatriz y Samuel. Hay otro amor: a la profesión médica. Tobí quiere devolverle la vista a una persona ciega. Quiere ser oftalmólogo, como su padre. Pues en aquella época ya se operaban cataratas. Me he emocionado mucho escribiendo la novela... Yo tengo que sentir algo para escribir, si no no puedo. Luego, yo tengo una imaginación grande, y me gusta meterme en la historia. Sé como están hechas las casas, de qué materiales, la tipología, el patio central de la casa, por dónde recibe la iluminación, la palmera, el pozo...

-Y la poética puerta de cristal...

-Sí, efectivamente, esa puerta la tengo yo en mi vida... Hubo un momento en que la novela pudo haberse llamado 'La puerta de cristal'. Yo suelo escribir siempre el primer y el último capítulo de una historia, porque sé de donde parto y a donde voy, y luego hago la sinopsis. Nunca escribo en papel, y necesito una primera frase de partida. Por ejemplo, 'Cuando el hermano portero abrió el portalón del convento, el cielo entero se desplomaba...'. Necesito una imagen, me imaginaba el convento del Plano de San Francisco, con un hombre mayor allí, bajo un diluvio, teniendo que ir al convento de la Trinidad, que estaba en la Condomina, lloviendo a cántaros, y planteándose la duda de ir a ver a un amigo, fray Francisco de Yecla, que está muriéndose, que una vez le perdonó la vida para darle otra mejor... Es importante una imagen, ponerme en trance para arrancar...

-Este libro es un homenaje a Murcia y a su pasado glorioso.

-Soy ingeniero técnico industrial, he viajado por todo el mundo. No sé los años que Dios me dará para vivir, pero amo a Murcia, y todo lo que haga será por ella. La quiero, para mí es la ciudad más hermosa que hay. Y siempre he vuelto aquí. No amamos suficiente nuestra historia, la desconocemos. Mis hijos [tiene siete, y 15 nietos] no la conocen, y quiero aportar algo para ellos. Lo mismo me pasó en 2014 con 'El murmullo del tiempo'...

-¿Ha llegado a contar cuántos granos tiene una granada?

-¡613! Es un símbolo de la cultura judía, es una fruta sagrada.

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