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Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), inviado al Aula de Cultura de LA VERDAD celebrada en Murcia este miércoles en el salón de actos de la Fundación Cajamurcia, donde presentó su última novela, 'Anoxia' (Anagrama), mostró su sorpresa porque en su gira de promoción por España se está encontrando con que fuera de aquí, nadie sabe mucho de lo que ha pasado con el Mar Menor. «Saben cosas, en realidad, pero no es el 'Prestige', no es una catástrofe nacional. Para nosotros es muy importante, pero quizás no hemos sabido comunicar bien, excepto en ciertos círculos». Desde el propio término anoxia [falta de oxígeno], que da título a esta novela. «En Murcia sí lo asociamos al Mar Menor, pero fuera de aquí hay que explicarlo. Y cuando lo explico, a la gente le suena la imagen de los peces muertos, pero lo ven como una catástrofe menor. Al menos esto es lo que he percibido en Madrid, en Barcelona y en Málaga».
Hernández, uno de los autores más queridos en el panorama cultural en la Región de Murcia, y quizás el único que haya podido echarse una siesta en la cama de Buenafuente, nos enseña en 'Anoxia' muchísimas cosas, pero, por encima de todo, algo muy fácil de observar, que todos vamos a comprobar alguna vez, y que es difícil asimilar: «Que la vida se detiene, y que tarde o temprano, siempre vuelve a moverse hacia delante. Que en los alrededores de la muerte también se da la afirmación de la vida». Así lo cree él.
Tras los éxitos de 'El don de la siesta' y 'El dolor de los demás', Hernández vuelve a las librerías con una novela que publica en Anagrama, la casa editorial con la que siempre soñó publicar, y donde él leía a Roberto Bolaño, a Enrique Vila-Matas o a Paul Auster.
En 'Anoxia' nos habla de deseos que se cumplen, de culpas que no se mueven de sitio, del dolor de la desolación, de imágenes que atraviesan nuestra memoria «como astillas punzantes»... Una historia que nos ayuda a tomar conciencia de la fragilidad, y cuyos personajes se mueven «en un mundo quebradizo, que se agrieta y se despedaza», en torno a ese pequeño mar en calma que, en cambio, tanto nos indigna y nos espanta: el Mar Menor. Ese lugar donde todos nos hemos tomado fotografías familiares, felices y sonrientes, alegrías de un mundo que ya no está. Donde la normalidad, dice el novelista, solo es ilusión. Miguel Ángel Hermández compara el Mar Menor con «un Rothko de tonos turbios colgado del revés», donde las playas son desiertos cada vez que llueve reciamente, donde tras esa apariencia de mar domesticado late «algo lúgubre ahí debajo», y no solo peces muertos o agonizantes. Este lugar, donde el mundo se desmorona cada dos por tres, es como un cuerpo apagado, con la respiración extinguida, que espera, como el moribundo, «ese hálito final».
«Cuando empecé a escribir la novela tenía claro que quería escribir sobre la fotografía de difuntos, un tema que me obsesionaba desde hace muchísimo tiempo, y del duelo de una mujer concreta, una fotógrafa. Y quería situar esa historia en un pueblo de costa en invierno, que siempre me había interesado, porque esos pueblos se quedan como fantasmas, aunque sigue viviendo gente. Y eso conectaba muy bien con esa historia de fotografías en el límite de lo mórbido, lo lúgubre y lo gótico. Casi que era el escenario perfecto. Pero en el momento en que comencé a escribirla, experimentamos esas tremendas inundaciones en 2019, la DANA de septiembre y la de diciembre, y después la borrasca 'Gloria', y esos episodios terribles de anoxia, y sentí en ese momento que yo no podía mirar para otro lado. Y ese entorno debía estar».
La idea que atraviesa la novela es una pregunta, en realidad: ¿Qué pasa cuando aquellos a los que queremos dejan de estar, desaparecen, mueren? «¿Cómo los recordamos? ¿Qué ocurre cuando alguien querido deja de estar con nosotros. Alguien querido que es un cuerpo, y que es un entorno, en este caso, el entorno que Dolores [la fotógrafa] quiere apresar. Ella se sitúa mirando al Mar Menor, y le gusta ese mar a la escala de la mirada, que puede abrazarlo como un cuerpo. El entorno, el paisaje, es un cuerpo que se resquebraja, como el de las personas».
Habló de 'El dolor de los demás', una historia que nunca podrá desligar ni cerrar en su vida, y dejó al público perplejo relatando su devoción por las cafeterías de tanatorios y hospitales («me parecen los sitios más felices del mundo, son espacios de esperanza, donde la vida irrumpe»), y, por encima de todo, su amor a la tapa de morro y la cerveza del mesón 'El Yeguas'.
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