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Aun habiendo sido -junto con Carmen Conde, María Cegarra, José María Álvarez y Sánchez Rosillo- uno de los poetas más grandes de nuestra literatura del siglo XX, nunca le dio mayor importancia a este oficio, aunque, entre los amigos, se enorgulleciera de ello. Se jactaba, eso sí, de haber nacido en la Huerta, de conocer el nombre de todos sus árboles, el de sus plantas, el de sus acequias, el de sus brazales y 'escorreores'. Nació en 1925 en un apartado rincón llamado Cabecicos, desde el que se divisa el santo de Monteagudo, muy cerca del Llano de Brujas, localidad en la que hay un centro de Educación Secundaria que lleva, con absoluta justicia, su nombre. Allí, junto a la que fue su casa, el hogar materno, aún existe, en la misma puerta, un enorme y hermoso pino piñonero que él plantó con sus propias manos, y bajo el cual, en muchas ocasiones, he visto refugiarse a los pájaros y a los ciclistas cuando arrecia la lluvia.

A la Huerta, que vio cómo iban destruyéndola poco a poco, dedicó muchos de sus más celebrados versos, muchas de sus mejores composiciones, como aquel soneto, titulado 'Ruego', que convirtió a Paco en una especie de ecologista 'avant la letre', y que arranca con este par de memorables endecasílabos: «Dejad, siquiera, un árbol para el ave/ y una brizna de yerba para el nido».

Sánchez Bautista, como Miguel de Cervantes, tenía fama de 'ingenio lego' por su nula formación universitaria, por sus pocos años de escuela, lo que le sirvió no como mérito, sino para que lo apartaran y lo excluyeran de muchos foros en los que reinaban los relamidos, los cursis y los exquisitos. Y, sin embargo, conocía, como la palma de su mano, a nuestros clásicos: a Garcilaso y a Bocángel, a Lope y a Quevedo. Y leía, en su lengua original, a Homero y a Safo, a Horacio y a Virgilio, de los que hablaba como si fueran sus amigos, sus hermanos mayores.

Fue un destacado discípulo de Miguel Hernández, y amigo y compañero del escritor santomerano Julián Andúgar, con los que compartió el apego al paisaje, la celebración del amor, el gusto por lo telúrico y, sobre todo, el carácter social y, en ocasiones, combativo frente a las injusticias del mundo.

Su humilde testamento lo dejó escrito en una trova: «Mi corazón se va/ consolidando como/ los fósiles. Un día/ será monte de todos».

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