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Cubre invisible una calma extraña la huerta que rodea la casa de Antonio Campillo (Santomera, 1956). Es como si los ecos de la guerra en ... Ucrania tiñesen de inquietud palmeras y frutales. Incluso el atardecer va haciéndose hueco con tristeza. La chimenea encendida aporta confort. 'Orlando', de Virginia Woolf, comparte espacio sobre la mesa junto a un tarro de caramelos de piñones cuyo sabor es un puro milagro. Él se niega a no ver salida al túnel.
–¿Impactado?
–Y muy preocupado y triste. La invasión de Ucrania desestabiliza todo el equilibro político mundial, porque Rusia es una potencia nuclear, y productora de combustibles fósiles, y esa es básicamente su fuerza. Sabe que ni Europa ni Estados Unidos pueden ir a una confrontación directa, y con eso ha jugado Rusia desde el principio. No es un conflicto regional, sino que pone en riesgo el equilibrio político mundial. Y, además, con un proyecto que es del XIX, porque en realidad lo que pretende [Vladímir] Putin es reconstruir el imperio zarista con conquistas territoriales. Europa de pronto se ha despertado, pero la guerra de Siria, que la tenemos al lado, se produce porque está Rusia detrás. Europa ha tenido una ceguera con respecto a Putin tremenda; la propia Alemania de [Angela] Merkel ha mantenido una política de intereses mutuos y, claro, ha tenido que dar un giro de 180 grados porque se ha dado cuenta del peligro que supone esta estrategia de Rusia. La tragedia humanitaria está siendo terrible.
Esta guerra es un mazazo muy importante, que va a suponer un antes y un después en la propia concepción de Europa, que estaba centrada en el dinero, en los ajustes financieros, en la Europa mercado, y ahora se ha percatado de que no basta con el mercado. Además, esta noticia ha llegado acompañada de otra también muy alarmante. Me refiero al segundo informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, que habla de sus impactos, de cómo afecta a todos los ecosistemas y a los humanos; y los datos son realmente estremecedores.
–¿En qué punto de la Historia estamos?
–Llegando al límite de agotamiento de recursos, de contaminación de la atmósfera, de la extinción de especies... Y en un punto de desigualdad social, dentro de los propios países y sobre todo entre en el Norte y el Sur, a una escala brutal desconocida en la Historia. Se celebra justamente este año el 50 aniversario del Informe del Club de Roma, que se llamaba 'Los límites del crecimiento'. Ya entonces se decía: 'Señores, esto no puede continuar'. Pero hemos continuado como si nada. El dogma sagrado del sistema en el que vivimos es el crecimiento ilimitado, y nadie se atreve a tocarlo: ningún Estado, ningún gobierno, nadie. Lo sabe la comunidad científica y lo sabe cualquier persona que salga a la calle y vea cómo cambia la naturaleza: vivimos en un planeta limitado, con unos recursos limitados, y ese crecimiento está chocando frontalmente con los límites de la Tierra. Lo sabemos, pero seguimos con la locura. Nuestra generación es en cierto modo la que tiene la responsabilidad de dar un giro, de cambiar de rumbo, sobre todo pensando en nuestros hijos y en nuestros nietos. Yo tengo dos hijas y tres nietos y pienso todos los días en ellos, en qué mundo les vamos a dejar. Y en la responsabilidad que nos van a exigir por lo ocurrido.
Desde un punto de vista histórico, la Humanidad no ha estado nunca en un momento tan crítico, porque si efectivamente continuamos en la línea de agotamiento de recursos, etcétera, y esto no lo dice ningún loco apocalíptico, sino la comunidad científica más informada del mundo, y llegamos a alcanzar un aumento del calentamiento global de cuatro grados a lo largo de este siglo, que es lo más probable, eso va a significar la muerte de miles de millones de personas y, por supuesto, de tantísimas otras especies. Hay una contradicción tan grande entre lo que sabemos y lo que hacemos, que muchos científicos han pasado a la acción; pensando en el futuro hay mucha gente sufriendo depresiones y ansiedades. El otro día me comentaba un chico que uno de cada cuatro jóvenes que conocía tenía trastornos de sueño, ansiedad... pensando en el futuro. El sentimiento de impotencia se está haciendo presente en mucha gente ante ese no saber qué hacer, ante el pensamiento de que es algo inevitable y no se puede hacer nada, ante la idea de que estamos condenados.
–¿Usted no lo cree?
–No, se pueden hacer muchas cosas y a muchas escalas, empezando por las más domésticas y locales: cooperativas ecológicas, comunidades energéticas, economía de proximidad... Está claro que es urgente que los países, las comunidades autónomas –en el caso de España– y los municipios empiecen ya a asumir que de aquí a unos años va a haber mucha menos energía, y que por tanto se va a desglobalizar la economía. Fíjese que el 90% del comercio mundial se hace en barco a través de los océanos, y llegará un momento en el que por el encarecimiento de los combustibles el transporte va a ser imposible. Esto de la guerra de Ucrania es solo un prólogo de lo que va a ocurrir. Tenemos que empezar a reducir nuestra dependencia del comercio internacional y de los combustibles fósiles y empezar a crear economías mucho más de proximidad, donde tus alimentos y tus fuentes de energía, tus necesidades básicas, estén cubiertas en un área relativamente próxima. Tenemos que volver a relocalizar gran parte de nuestras actividades económicas y sociales.
–¿Qué tendremos que asumir?
–Evidentemente, tendremos que asumir que nos vamos a empobrecer, eso va a ser sí o sí; no vamos a poder hacer viajes de turismo a Cancún o a Vietnam, la aviación y todo el transporte internacional se van a reducir drásticamente, etcétera.
–¿Y cómo afrontarlo?
–La cuestión es si va a ocurrir catastróficamente o de una manera planificada. Esto que a la derecha le da tanto pánico, la planificación, no es más que la consecuencia de la sensatez y el sentido común de una sociedad que decide organizar sus instituciones básicas, el sustento de la población, en una situación de emergencia, como la que hemos vivido con la pandemia. En las situaciones de emergencia, las instituciones tienen que intervenir para garantizar la salud y la supervivencia de la población; necesitamos que las instituciones públicas, que los Estados, las comunidades autónomas, los ayuntamientos... asuman mucho más el control de todos los procesos productivos. No tiene ningún sentido que estemos asistiendo a estos incrementos de la factura de la luz y que los gobiernos no puedan hacer nada mientras que las compañías eléctricas se están forrando, ¡qué disparate! ¿Y qué racionalidad hay en eso? Ninguna. La racionalidad está en que la producción económica esté al servicio de la población, y la obligación de los gobiernos es garantizar que así sea. Hemos vivido en una época de abundancia en la que de eso nos hemos olvidado, pero cuando se libró la Segunda Guerra Mundial, la gente lo tuvo clarísimo, y los Estados de bienestar se construyen en Europa porque la gente había aprendido de esa terrible experiencia. Hubo conciencia de la importancia de los bienes públicos, de la Seguridad Social, de la Sanidad Pública, de los impuestos... La gente aprendió que había que tener un Estado fuerte que protegiera todas las necesidades y los derechos de la población. Pero luego llegó el neoliberalismo y pretendió cargarse todo eso, aunque afortunadamente no del todo.
Pero mentalmente nos hemos dejado colonizar por ese pensamiento individualista, competitivo, de vivir al día...; son las situaciones críticas, las situaciones de emergencia, como ha sido la pandemia y como está siendo ahora esta guerra, las que nos hacen pisar tierra, volver a la realidad. Y la crisis ecológica nos va a volver a obligar a pisarla en el sentido más literal del término, a reconocer que somos seres terrestres, no extraterrestres.
–¿Y qué papel juegan las élites económicas?
–Un síntoma de la situación tan terrible en la que estamos es que ahora el sueño de las élites mundiales, los multimillonarios, los dueños de las grandes empresas tecnológicas –Amazon, Apple, Facebook...– sea viajar a la Luna, o a Marte, organizar colonias espaciales o viajes turísticos al espacio. Y eso, cuando estamos destruyendo la Tierra, cuando está muriendo mucha gente por los efectos del cambio climático, de la pobreza, de las catástrofes naturales. Las élites se han desconectado completamente del destino de la Humanidad. Es un gran drama: los que tienen el poder económico y financiero no asumen su responsabilidad con respecto al destino de sus semejantes. Les importa un bledo que la gente sufra, que la gente muera.
–¿Qué sería importante que ocurriera?
–Que se produzca un retorno de la política, en el buen sentido de la política: que los pueblos tengan gobiernos, representantes, que defiendan, por encima de los intereses económicos y financieros y de los beneficios de las élites, la vida de las personas y de los ecosistemas de los que dependemos.
Es muy importante volver a pensar en las necesidades básicas de la gente, en nuestra dependencia de la tierra, del agua, de las plantas... Somos seres vivos y si destrozamos esas condiciones de vida nos estamos destrozando a nosotros mismos. Lo que ha hecho la economía capitalista es justamente devorar todas esas condiciones naturales, esquilmarlas, contaminarlas...; ¡llevamos ya hasta plásticos en nuestro organismo!
Ha llegado el momento de reaccionar. Qué va pasar cuando realmente las cosas se pongan muy feas, y cuando empiece a escasear la energía y el agua, cuando la cadena de suministros se rompa y falten muchas cosas. Está claro que, o recuperamos ese espíritu de la segunda postguerra mundial, ese espíritu de solidaridad, de cooperación, de garantizar los bienes comunes, de afrontar con realismo la gravedad de la situación, y por tanto remar todos en la misma dirección, o iremos hacia regímenes ecofascistas, porque reactivan lo que hizo Hitler: la idea del espacio vital. Ahora el espacio vital tiene un sentido no solo geopolítico sino también medioambiental; es decir, que los privilegiados nos garantizamos los recursos que necesitamos para sobrevivir, y a los demás que los zurzan. Eso puede ocurrir no ya solo a una escala europea, sino mundial. Debe afrontarse un plan de transición ecológica a escala mundial que tenga una doble cara: no solo la energética, ecológica y económica, sino también la social con el fin de reducir las desigualdades entre Norte y Sur. O eso, o iremos hacía regímenes ecofascistas que luchen por la supervivencia excluyendo a miles de millones de personas.
«En esta Región estamos todavía pensando en que nos traigan más agua, en construir grandes infraestructuras...; se actúa con una mentalidad que está totalmente fuera de la realidad», indica Campillo. «Murcia», añade, «es una comunidad autónoma muy conservadora, muy reaccionaria, con un Gobierno sostenido por la extrema derecha, que está muy desconectada de la realidad del mundo». En su opinión, «necesita una alfabetización ecológica imprescindible en el mundo en que vivimos hoy».
A su juicio, por ejemplo, «lo que ha pasado con el Mar Menor es inconcebible. Que a la joya de la corona de la Región la hayamos matado, con toda la agroindustria del Campo de Cartagena, con toda la negligencia del Gobierno regional, y que la población, a pesar de las manifestaciones y de otras acciones, siga apoyando a los mismos políticos que están destruyendo los bienes naturales de la Región, es grave».
«Me parece», precisa el filósofo, «que lo que está pasando en Murcia es realmente triste: no ver que vamos a ser una de las regiones más perjudicadas por este modelo económico de los grandes monocultivos, la agricultura intensiva, los vertidos de nitratos, las macrogranjas de cerdos...; todos los sectores más contaminantes y perjudiciales no solo para la naturaleza, sino también para la salud humana».
«En esta Región –propone– necesitamos un cambio no solo político, sino sobre todo cultural. Y a la hora de afrontarlo tenemos un problema añadido que agrava la situación». Se refiere al hecho de que «mucha gente joven, muy bien formada, se haya ido a vivir fuera de Murcia. Y es una pena porque necesitaríamos que esas personas protagonizasen ese cambio cultural tan necesario».
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